Feral 27 #2
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27 #2

Contuve una sonrisa complacida. Sabía que Juniper sería la que menos podría evitar acercarse a Faye.

Dejando atrás la desconfianza inicial, le supondría un rompecabezas de lo más interesante a su lado entrometido.

Y si le había dado uno de sus estimados pads, significaba que también quería agradarla y ayudarla.

Faye movió las manos como si sostuviera una especie de bola invisible.

—Probaré una combinación que debería desinhibirlos, aumentar su sensación de euforia y volverlos más sugestionables.

Eso implica tocar la corteza prefrontal, el hipocampo y la amígdala —explicó puntualizando con los dedos lo que entendí que eran áreas cerebrales—.

Debo aclarar que es la primera vez que intentaré algo así.

Puede que no funcione para nada o que les haga más daño que otra cosa. Soy... novata en estas cosas.

Juniper sonrió.

—No serás menos amable que yo, te lo puedo asegurar. Vamos, estoy deseando verte en acción otra vez. ¿Te parece bien si tomo notas de todo?

—Claro.

Los cazadores, un hombre y una mujer humanos que rozaban los cuarenta, estaban sentados tras una mesa de acero. Se tensaron cuando la puerta se abrió, pero tragaron auténticos nudos al ver a Juniper, su carcelera oficial.

—Hola de nuevo —sonrió mi guardiana.

Echaron un vistazo a Faye y, al darse cuenta de que era humana, volvieron su atención a nosotros. Suponían que éramos el único peligro presente.

«Ilusos».

Llevaban la misma ropa que la noche del ataque y no tenían el mejor aspecto.

Estaban demacrados, exhaustos, y sabían que no iban a salir de allí.

No podía decir que estuvieran viviendo su mejor vida, pero los habíamos alimentado para que resistieran los interrogatorios.

Por desgracia, habían resultado ser firmes en su lealtad.

E, incluso si cantaran como pájaros, tendríamos serias dificultades para usar sus declaraciones como pruebas. No nos servirían de nada ante tribunales humanos, porque la mayoría de ellos consideraba nuestras leyes y acciones como «justicia paralela».

Arrastrábamos racismo y falta de flexibilidad desde los años setenta.

Los humanos siempre habían pretendido tener el derecho a entrar en nuestros territorios si uno de los suyos cometía un crimen allí.

Querían poder defenderlo, leerle sus derechos y juzgarlo bajo las leyes humanas.

Consideraban que había riesgo de abuso si dejaban la cosa en nuestras manos.

En cambio, jamás se habían planteado que eso pudiera ser a la inversa también. Que nosotros tuviéramos el derecho de actuar en sus territorios con nuestras propias leyes si era uno de los nuestros el afectado.

Por eso a mi madre le habían pegado un tiro en la cabeza y ninguna de las autoridades involucradas había pestañeado siquiera. Veían normal que un humano pudiera cargarse a un morfo, aducir que era defensa propia sin mostrar pruebas de ningún tipo y que nadie pagara por ello.

Una jaguar hembra había ido en busca de su revoltoso cachorro, pero, como los humanos solo nos veían como animales salvajes, era lógico que el cachorro quedara huérfano.

Si hubiera sido a la inversa y una humana se hubiera metido en nuestro territorio tras su hijo, se esperaría de nosotros que preguntáramos antes de disparar.

Que auxiliáramos a la mujer y al niño y los devolviéramos a su hogar. De no hacerlo, seríamos bestias.

Pero ¿los humanos? Pobrecitos, solo se estaban defendiendo. Por no hablar de la inmunidad que le proporcionaba a Valentin Kovalenko su extensa red de contactos.

Arrastré una silla para Faye y me quedé de pie tras ella.

—Un solo movimiento raro y estáis muertos.

Pero si la tocáis o lo intentáis siquiera, me temo que no seré tan benevolente.

En ese caso, la muerte os parecerá un sueño húmedo.

—Trasladé todo el salvajismo de mi animal a los ojos—.

Recordad que aquí nadie vendrá a atenderos ni a recoger vuestros restos.

Ninguno contestó, helados.

Juniper dio unos cuantos toques a su pad.

—Cuando quieras, Faye.

Como la anterior vez que había desplegado su habilidad, no sentimos nada. No hubo un pico de energía propagándose por el aire, ni le brillaron los ojos ni la rodeó un aura incandescente. Al contrario que en las películas, los dones de Faye eran invisibles e intangibles.

Eso, en mi opinión, los hacía más peligrosos.

Nos dimos cuenta del momento exacto en el que comenzó a trabajar en los cazadores porque, de pronto, ambos se quedaron rígidos. Sus respiraciones se volvieron superficiales y las fugas eran mínimas: un parpadeo veloz, un espasmo leve en la mejilla.

—Creo que los tengo —dijo Faye. Tenía las manos entrelazadas en el regazo, tranquila, y no hacía nada más que mirarlos.

Me pareció... increíble.

Juniper se apoyó el pad en la cadera.

—Bien, empecemos por lo básico. ¿Trabajáis para Black Edge?

La referencia directa a un nombre que nadie debería saber los puso nerviosos. Se resistieron cuanto pudieron, pero no fue más que unos segundos en los que estuvieron a punto de ponerse azules.

Tras un pestañeo de Faye, el hombre tosió con violencia.

—Sí —escupió como si no pudiera retener la palabra.

—¿La doctora Ravena Moreau es quien os da las órdenes?

Un asentimiento rígido. La mujer no movía ni un músculo y, si seguía así, se reventaría alguna arteria cerebral y moriría al instante. Así que emití un gruñido calmante y la obligué a oscilar entre el poder de Faye y el mío.

—¿Quién está por encima de la doctora Moreau?

—No... no lo sabemos.

Juniper sonrió.

—Venga, chicos, no puede ser que seáis tan tontos de meteros en algo tan turbio sin saber quién paga vuestros sueldos en realidad. Lo preguntaré otra vez: ¿quién dirige Black Edge?

—Ra... Ravena Moreau.

Jun y yo intercambiamos una mirada. Era evidente que los cazadores no poseían toda la información ni conocían la implicación de Valentin Kovalenko. Tenía sentido. Si cualquiera supiera el nombre del mandamás, sería más fácil que acabaran delatándolo.

Me encorvé sobre Faye para murmurarle al oído.

—¿Vas bien?

La recorrió un pequeño escalofrío.

—Sí. Sin debilidad, ni mareo. Seguid.

Juniper lanzó las preguntas sin piedad.

—¿A dónde lleváis a los cambiaformas que capturáis?

—Nosotros no... No conocemos el lugar. Somos intermediarios. Solo nos encargamos... de las capturas.

—¿A quién los entregáis, entonces?

—El punto de entrega cambia... cambia cada vez. Solo lo conoce el conductor y ese puesto... Nadie lo ocupa mucho tiempo.

Me pasé los nudillos por la boca. El sistema era complejo y eso no debería sorprendernos. No habrían permanecido en las sombras tanto tiempo si no fuera así.

—¿Cuáles han sido los anteriores puntos de entrega?

El hombre barbotó una serie de direcciones, a veces incompletas. Me sonaban algunos lugares, todos aislados o donde no llamarían la atención, como parques industriales o aserraderos.

Los ojos de la mujer estaban ya inyectados en sangre. De momento no había pronunciado ni una sola palabra.

—¿Por qué os arriesgáis a esta clase de trabajo? Deberíais saber que manadas como la nuestra no son fáciles de aprisionar y que, de salir mal, podríais acabar como estáis ahora.

Faye enfocó su mirada en la mujer y esta, al fin, se rompió.

—Os damos... un motivo de existencia —dijo supurando odio —.

Sois aberraciones. Necesitamos saber qué escondéis, qué más trucos os guardáis.

.. para el día en el que decidáis que os.

.. os habéis cansado de vuestros territorios.

No deberíais existir. Miraos... ¿Creíais que nos quedaríamos de brazos cruzados mientras.

.. nos pasabais por encima? —Se rio y se le escaparon hilos de baba mezclados con sangre—.

Las bestias que van al laboratorio... solo salen de una manera.

Ignoré por completo el penoso intento de provocación y le sonreí.

—Lástima que solo seas un peón y no sepas nada en realidad, ¿verdad? ¿Qué hay de ti? —pregunté al hombre—. ¿Qué quiere hacer Moreau con los trucos que creéis que guardamos?

—N-no lo sé... Solo he oído rumores... —En cuanto lo dijo, la mujer estiró la mano con dificultad para coger la de su compañero. No la detuve porque aquello no impediría que el hombre escupiera las verdades que tenía—. Dicen que seremos libres de vuestras influencias. La... la mirada áurea. Y...

Se detuvo un instante y Faye bajó la barbilla. Con un jadeo roto, el hombre se rindió.

—Se supone que crearán armas. Quieren equilibrar la balanza. En Portland...

Me incliné hacia él, apoyando la cadera en el hombro de Faye.

—¿Qué hay en Portland?

—Un cuchicheo. De un cambiaformas búho que cayó en un cepo experimental... Y fue, bueno, fue... Una masacre. Mitad hombre mitad ave, sangre por todas partes... sin ser capaz de alcanzar ninguna de las dos formas.

Se me heló la maldita sangre al escuchar aquello. Desde el pasillo nos llegó el gruñido bajo de Micah. ¿Habían descubierto la forma de detener la transformación? ¿De atraparnos a medio camino?

Juniper se aclaró la garganta. Al hablar, sonaba visiblemente afectada por aquellas noticias.

—Deberíamos pausar el interrogatorio. Están al límite.

De pronto, el hombre emitió un gorjeo húmedo y la cabeza le cayó hacia delante. Los temblores de la mujer se multiplicaron hasta convertirse en convulsiones.

Levanté a Faye de un tirón.

—Para, florecilla. Se están viniendo abajo.

—No soy yo.

Diez segundos más tarde ambos humanos estaban muertos. A ella casi se le habían salido los ojos de las órbitas, tenían los cuellos inflamados y desprendían un ligero olor a chamusquina.

—¿Qué mierda ha pasado? —prorrumpió Micah al entrar.

Faye se frotó la frente, poco impresionada por ser testigo de dos muertes tan aparatosas. Juniper examinó los cuerpos. Al despegar las manos unidas, masculló una maldición. Mostró quemaduras en las palmas de ambos y rescató pequeños trozos oscuros de entre la piel derretida.

—Microcápsulas de nitrato sólido. —La guardiana olisqueó con fuerza—. Recubiertas para evitar que detectáramos el olor químico. Por eso estaban cogiditos de la mano, las activaron con el calor.

—No creo que hubiéramos conseguido mucho más de ellos —gruñí observando fijamente los cadáveres—. Entre estos soldaditos y el laboratorio debe haber varias capas infranqueables. Pero ahora sabemos algo que antes no.

—Armas —murmuró Faye—. Eso es lo que hacen en el menos seis.