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Remi

Un cordial saludo.

E-mail del teniente Reed al correo de los Colmilloscuro

Buenas tardes, Connor:

Es maravilloso saber de ti nuevamente. ¿Cómo está Rita? ¿Y la pequeña Susie? Respecto al «presunto» que decís que cruzó nuestra frontera por error, no tengo constancia alguna de tal evento. Pero si vemos a algún pobre despistado en nuestro bosque, no dudes que te lo haremos saber. ¡Besos!

Respuesta de C INDERA D UNN , portavoz de los Colmilloscuro

El Centro era la edificación más reciente de todas. Se había construido poco antes de la muerte de mi madre, cuando se había hecho evidente que los Colmilloscuro teníamos más enemigos de lo que parecía.

Estaba bastante apartado de la guarida y se alzaba en la ladera de una quebrada.

Un lado de la estructura parecía colgar en el aire a unos cincuenta metros del paso de montaña, con cristales ahumados antirreflectantes y paredes de piedra recubiertas de musgo.

El otro, como nos gustaba a los felinos, ocultaba la entrada e impedía que nadie, ni por accidente ni a propósito, se metiera en nuestros asuntos. Ni siquiera los cachorros más curiosos.

Como, por ejemplo, la puma que vigilaba el punto en el que Fabian había aparcado. El aire fresco de las montañas me había traído el olor de unos cuantos miembros más que vigilaban sus cuadrantes.

Cuando Faye se bajó del coche, sus ojos me buscaron curiosos. Por suerte, había tenido tiempo para regular las hormonas y la mente. Todo en mí había protestado por alejarme de Faye, de su olor, del calor de su cuerpo. Pero, si no lo hubiera hecho...

Apreté los puños.

—Por aquí.

En lugar de seguirme, Faye miró directamente al lugar desde el que la puma nos acechaba reposando el mentón sobre las patas delanteras.

—Summer, ¿verdad?

El animal dio un respingo y, segundos más tarde, la cambiaformas se estiró en forma humana. Aunque permaneció tras el salal, con sus hojas verde oscuro cubriendo la mayor parte de su cuerpo desnudo, a Faye estuvieron a punto de salírsele los ojos de las órbitas.

—Creo que nunca me acostumbraré a esto.

—Dicen que tú sabes dónde está Amanda, a dónde la han llevado —proclamó Summer.

No sonaba hostil o de lo contrario estaría gruñéndole para que aprendiera modales. Parecía... desesperada. Y todos podíamos entender por qué. Capté con los oídos la carrera apresurada de otro puma que venía, probablemente, en su rescate.

Suspiré.

—Regresa a la guarida.

—Pero...

La miré hasta que agachó la cabeza.

—No es el momento. Si quieres hablar con ella, sabes qué tienes que hacer.

—No sé dónde está, pero os ayudaré a descubrirlo —le dijo Faye con lástima—. Te lo aseguro.

Los ojos de Summer se humedecieron justo cuando Johnny aparecía al trote abrochándose torpemente unos pantalones. Le echó una amplia camiseta a la chica por encima.

—Lo siento, alfa. Intenté detenerla...

Los observé a ambos atentamente. Todavía eran muy jóvenes, pero ningún macho de dieciséis perseguía a una gata revoltosa por todas partes si no había algo más grande instándolo a ello.

—Me lo imagino. Llévala de vuelta, por favor.

—Claro.

Summer siseó, pero Johnny no la soltó. Lo sucedido la noche del mirador podría haber arruinado sus posibilidades de ser un guerrero Colmilloscuro para siempre.

Se le había dado una última oportunidad tras valorar que había aprendido definitivamente la lección.

Había necesitado varios días de charlas serias, mimos y comprensión para asimilar que había acabado con una vida y que todos los actos tenían consecuencias.

Summer por fin asumió que no tenía nada que hacer, porque preguntó a toda prisa:

—¿La humana vendrá a la fiesta del equinoccio?

Ah, joder, el equinoccio. Los Colmilloscuro celebrábamos los fenómenos astronómicos desde hacía siglos. Eran eventos importantes y sagrados para nosotros, especialmente para quienes seguían creyendo que los espíritus estelares nos habían concedido nuestra existencia dual.

—Johnny —gruñí.

El chico no necesitó más instrucciones. Se inclinó, se echó a Summer al hombro y se internaron en el bosque. Una bandada de estorninos alzó el vuelo por culpa de los berridos indignados de la muchacha.

—Fab, hazme el favor de comprobar que esos dos no se desvían ni se matan a mordiscos —pedí.

Lo único que escuchamos fue el movimiento de la hojarasca y una ligera vibración en los pies cuando un puma de ciento cincuenta kilos echó a correr.

Faye parecía divertida.

—Está claro que están bien. Me alegro.

—Te lo dije.

—¿Todos vuestros adolescentes son así?

—¿Desobedientes, cabezotas y demasiado curiosos? —Asentí y tanto Juniper como yo replicamos a la vez—. Sí.

—Qué guay.

—Eso lo dices porque no estás a cargo de mantenerlos con vida, incluso a pesar de sí mismos.

Ella seguía sonriendo con suavidad cuando la conduje entre el denso follaje que hacía las veces de camuflaje para la entrada del Centro. Un lector biométrico titiló cuando extendí la mano y la roca falsa retumbó. La puerta se abrió, revelando un pasillo oscuro.

Las luces led se encendieron a nuestro paso y el aire se vició y se enfrió más.

Le mostré a Faye mi lugar menos preferido de todo Willamette con una sensación rara en la boca del estómago.

Aquel edificio daría crédito a todas las historias terribles sobre las manadas depredadoras.

Era todo lo que los humanos más temían de nosotros.

Allí la justicia no pertenecía a nadie más que a los Colmilloscuro.

Faye observó en silencio la planta alta, donde entraba luz natural desde la quebrada.

El Centro era sobrio y funcional, nadie se había molestado en decorarlo porque ni al círculo anterior ni al actual le encantaba pasar tiempo allí.

Íbamos cuando debíamos y solo porque era necesario.

Había una pequeña oficina, una sala de reuniones y el despacho que en su día utilizó mi madre y en el que yo rara vez trabajaba.

Las paredes exhibían mapas, informes y fotografías, y el aire olía al cuero del mobiliario y a resina.

El ascensor se abrió tras otra lectura biométrica y descendimos a la zona menos amigable de todas.

Examiné la expresión de Faye mientras sus preciosos ojos recorrían los pasillos estrechos excavados en la roca, reforzados con cemento y acero, y las tres celdas de polímero traslúcido con los prácticos drenajes en el suelo.

No había que ser muy listo para saber su función.

No detecté nada en ella. Absolutamente nada y eso no era normal. Cualquier otro sentiría un poco de aprensión.

Hice un gesto a Micah y Juniper para que se adelantaran.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Faye.

Le aletearon las pestañas. Me observó con indecisión.

—Estaba pensando en el laboratorio, eso es todo.

—Bien, nos vamos. —Antes de poder tocar el panel del ascensor, Faye me detuvo.

—No del modo que crees. Está claro que no habéis organizado este sitio por gusto.

Ninguno parecéis felices de entrar. No hay máquina de café ni sofás para descansos entre torturas, y mira.

—Señaló hacia la celda a nuestra izquierda, vacía en aquel momento—.

Habéis puesto cama y retrete. Y no huele a. .. Bueno...

Conmovido, sostuve su mano.

—¿Muerte? —Tiré de ella hacia mí—. No voy a mentirte, ha muerto gente aquí abajo. Probablemente menos de los que los humanos piensan, pero más de los que a cualquiera de nosotros nos gustaría.

—No. No huele a crueldad .

Le aparté un mechón de pelo de la mejilla e intenté no fijarme en los rastros que todavía tenía en el cuello.

—Prefiero no pensar cómo conoces ese aroma.

—El caso es que aquí no está. Venga, vamos.

Micah estaba por fuera de la sala de interrogatorios, de brazos cruzados contra la pared. Rara vez participaba en ellos y era por una muy buena razón. La cuerda que lo sostenía era tensa y frágil, propensa a partirse. Su puma siempre estaba demasiado cerca del lado salvaje y primario.

Juniper estiró el brazo hacia la puerta de forma teatral.

—Todo tuyos —le dijo a Faye—. Averigüé sus identidades e investigamos toda su vida por si podíamos encontrar algo que los vinculara a Black Edge o, al menos, a las empresas de tu padre. No hay nada, ni en sus historiales ni en sus casas.

—Ningún empleado tiene que poder relacionarse con el laboratorio —confirmó Faye—.

Los externos desconocen su ubicación y la mayoría de los que trabajan dentro también viven allí para evitar filtraciones.

Solo algunos empleados, como el doctor Drummond, tienen familia y salen de vez en cuando.

Pero, por lo que sé, están fuertemente vigilados y amenazados por eso mismo.

Juniper resopló.

—Lo suponía. Estos dos aparecían como empleados de empresas fantasma.

¡Pero no me rendiré! Alguien tiene que saber algo, o haber cometido un error o haberse emborrachado algún día en un maldito bar y haber hablado más de la cuenta.

—Se pasó las manos por la cara, frustrada—.

Tengo curiosidad, ¿qué piensas hacerles exactamente?

—He investigado los sueros de la verdad de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Sí, sé que no está demostrado que fueran realmente eficientes, pero su fundamento científico me dio la idea.

—Veo que has usado el pad que te di.

Me crucé de brazos.

—¿Le has dado un pad?

Los pads eran nuestra versión de las pantallas táctiles.

Para garantizar que no hubiera filtraciones ni intentos de hackeos por parte de los humanos, cualquier tecnología de los Colmilloscuro había sido creada específicamente para nosotros.

Con Juniper al mando de ese departamento, la manada se había actualizado a pasos vertiginosos en los últimos años.

Ambas me observaron al mismo tiempo.

—¿En qué planeta vives? Yo reparto progreso a todo el mundo —bufó Jun—. Necesitaba tener al instante cualquier dato que se le ocurriera sobre el laboratorio para sumarlo al algoritmo. Así, todas sus pistas descartan o suman posibles ubicaciones sin perder un segundo.