Feral 26 #2
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26 #2

Faye me frotó la espalda hasta que los incisivos se retrajeron, junto con la enzima, y la lucidez despejó mi mente. El jaguar estaba disgustado. No entendía que pausáramos algo que, para él, era un hecho ineludible.

Sentí un buen pellizco de vergüenza cuando me giré hacia mis mejores amigos y hacia una de las mujeres que me había visto crecer. Estaban observándonos con estupor. Sobre todo a mí, mi deseo descarnado y la erección que tardaría un poco más en desaparecer.

Por no hablar de la peste a feromonas que debía haber invadido toda la puta casa.

Fabian tenía una sonrisa de oreja a oreja.

—Creía que la etapa de adolescente cachondo nos la habíamos ahorrado.

Lo censuré con la mirada. Faye tenía las mejillas encendidas y la piel un tanto enrojecida en el cuello, allí donde me había entretenido y fantaseado.

Cuando el hiperfoco hizo amago de regresar, me apresuré hacia la puerta.

—Llevadla al Centro. Os espero allí.

Micah hizo un gesto a Fabian y, por suerte, su amigo no se entretuvo con bromas. Le indicó a Faye que lo siguiera y la sacó de la casa. Remi debía estar ya en el bosque.

Luego, el beta se giró hacia su madre y Juniper.

—¿Es lo que creo que es?

Inaya hizo una mueca en la que Micah intentó no pensar. Siempre pasaba lo mismo cuando, por las razones que fueran, salía a relucir su lesión olfativa. Lo ocultaba siempre, pero a veces, joder, no podía evitarlo. Eran una manada de felinos, los olores conformaban un gran porcentaje de sus vidas.

Juniper asintió.

—Petricor. Está empezando y no debería ser tan potente todavía, pero es un jaguar alfa. —Se pasó la mano por la coleta con ligereza, como si no estuviera hablando de un tema jodidamente importante. Vital para el destino de la manada, si le preguntaban a él—. En Remi todo es más intenso.

—Joder —masculló. Se llevó la mano a la frente y observó el parqué del suelo, repleto de rasguños—. Lleva un tiempo sin parejas sexuales. Puede ser que lo tenga acumulado.

Ambas hembras lo miraron como lo que estaba siendo en ese momento: un cabezota.

El petricor siempre era una señal del vínculo y estaba presente en las primeras etapas de la danza de apareamiento.

Los machos no lo exudaban bajo ningún otro concepto, ni siquiera por parejas hacia las que se sentían muy atraídos o en las temporadas en las que las feromonas se disparaban, como en verano.

La naturaleza era sabia y contundente.

—Remi se ha mantenido estable desde que regresó de Nunavut —le recordó Juniper, aunque no hacía falta.

Ni ellos ni la mayor parte de la manada olvidarían jamás los años que estuvieron sin alfa y el miedo de perder a Remi para siempre.

O peor: verlo convertido en un rogue también—.

Es fogoso como cualquier gato, pero nunca lo habíamos visto así.

Micah no se lo quería creer.

—Hace muy poco que se conocen. ¿Cómo...?

Su madre carraspeó. Sí, no hacía falta que preguntara cómo era posible. Inaya y Landon, sus padres, se habían emparejado rápida e innegablemente a las tres horas de conocerse. Por no hablar de que, siendo sincero, Faye y Remi se conocían desde hacía mucho más tiempo. Desde niños.

Gruñó entre dientes frustrado. Su madre se apiadó de él.

—Valoraremos la situación. —Ante la mirada locuaz de Juniper, Inaya le propinó un suave codazo—. Y si se trata del vínculo, lo apoyaremos y celebraremos como se debe que los espíritus les hayan concedido un regalo tan hermoso.

Micah inclinó la barbilla, pero por dentro libraba su propia batalla.

Respetaba con fervor los vínculos de los cambiaformas.

La capacidad para encontrar a sus parejas destinadas era una de sus mayores virtudes, una unión sagrada por la que muchos morfos habían recorrido países enteros durante siglos en busca de su otra mitad.

Pero ¿era Faye la pareja que Remi necesitaba ?

Ya habían estado a punto de perderlo una vez y Micah se había sentido como si le arrancaran un puto brazo, una parte de sí mismo. No quería que nada lo hiciera sufrir de nuevo, y mucho se temía que la hija de Kovalenko no era la persona que más paz le iba a traer.

Inaya se retiró y Juniper aprovechó que estaban solos para abrazarlo y besarle la mejilla.

Se frotó contra él, ronroneando, hasta que el desasosiego remitió un pelín.

Entre felinos, el contacto físico podía significar muchas cosas y lo más común no era deseo sexual, como solían pensar los humanos. Era consuelo, apoyo, solaz.

—Para, manipuladora.

—¿Recuerdas lo que te dije hace años? Remi es nuestro alfa y antes de eso fue nuestro hermano.

Podemos guiarlo y aconsejarlo, pero debe vivir su vida.

—Le tocó las cicatrices como pocas personas tenían permiso de hacer, sacando a la luz su vulnerabilidad al instante—.

No todo el mundo necesita que lo salven, Micah.

Agobiado, apartó las manos de Juniper. Le besó los dedos para no disgustarla.

—Vamos. Quiero ver qué puede hacer Faye con esos cazadores.

A Juniper no se le escapaba nada, pero aceptó que el tema estaba zanjado por el momento.

—Y yo.