Feral 26
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Remi

Evacúan la Universidad de Nueva York por el celo de una pantera. Los estudiantes aseguran que era imposible concentrarse con aquel olor.

Titular de un periódico neoyorquino hace dos años

–¿Estás segura?

—Sí. He estado dándole vueltas y creo que puedo hacerlo. —Como no me moví, Faye insistió—. Estoy segura de que puedo hacerlo.

Yo no. Y tal y como estaba en mi naturaleza, me costaba ceder el control. En especial en todo lo que concernía a la propia Faye.

En lugar de pedirme que habláramos de la visita de Lachlan y su compañera o incluso que le mostrara la guarida, como pensé que haría en cuanto hubiera tiempo, Faye me había interceptado a punto de salir por la puerta y me había solicitado ver a los cazadores retenidos. Creía que era capaz de hacerlos hablar.

—¿Y si te debilitas de nuevo?

—Estoy mucho mejor. Normalmente, tras un episodio de la enf... Tras una visión —se corrigió a sí misma con una mueca— quedo inu­tilizada un tiempo y necesito medicación para la cabeza y el estómago. Tras lo del otro día en el bosque ni siquiera me desmayé.

—Vomitaste, deliraste un buen rato y temblabas como una hoja. ¿Consideras eso una victoria?

Alzó la barbilla, lo que solo resaltó la profundidad de sus ojeras. Y, ¿era cosa mía o había empalidecido de nuevo? Sus ratos al aire libre alrededor de la casa habían ido dorando su piel, tornándola más saludable.

—¿Teniendo en cuenta mi historial? Claro que sí. Además... —De brazos cruzados, se balanceó un pelín sobre los talones—. He estado practicando.

—¿Cómo dices?

Incliné tanto la cabeza que casi me toqué el hombro con la oreja. Faye puso los ojos en blanco.

—Conmigo misma y todo bastante teórico. No he estado invadiendo cerebros ajenos sin permiso, tranquilo. Tu manada está a salvo.

—No es mi manada la que me preocupa. Eres tú.

—Estoy mejor que nunca —afirmó en voz baja—. Aquí me estoy curando.

Sentí que mi bestia se elevaba, desconfiada, y supe que se me había asomado a los ojos brevemente. Vi mi propio brillo reflejado en los suyos, un tono verde musgo sobre el ojo marrón y otro mucho más verdeazulado sobre el azul hielo.

¿Me estaba mintiendo? Con Faye no podía fiarme de mis sentidos como con otros humanos. Ella era capaz de evadirlos de muchas formas. Eso me molestaba intensamente. A un nivel visceral.

Tal vez por eso hice otra gilipollez.

Me incliné hasta que le rocé los labios con los míos. Dio un respingo tan diminuto que apenas se alejó unos milímetros. Nos estudiamos desde aquella distancia ínfima, yo a la expectativa de su reacción.

—No puedes... —Se tocó el labio inferior con la punta de los dedos.

—No puedo, ¿qué?

Frunció el ceño, claramente molesta, pero... no se apartó. No olía a rechazo, que en los humanos se parecía a la leche cortada porque exudaban ácido butírico.

Olía a ella. A hembra inteligente, deseable y un pelín suspicaz.

Mi jaguar ronroneó. ¿Sería ella consciente de que, si su cuerpo no me rechazaba, mi parte animal se envalentonaba? Tal vez no.

Entre morfos felinos, era algo que las hembras aprendían con rapidez.

Nosotros siempre iniciábamos el acercamiento, en especial los dominantes, y se esperaba que fueran ellas las que decidieran.

Tenían el control y lo esgrimían con destreza.

Sabían cuándo y cómo pararnos los pies, impidiéndonos marcar el territorio o mostrarnos posesivos antes de tiempo, y las más listas tenían a su pretendiente rondando a su alrededor durante semanas (meses en el excepcional caso de Willard) antes de sucumbir al deseo.

No había nada más tajante que el rechazo de una gata y nada más dulce que su aceptación. Se sentía como la mayor victoria de todas, o así me lo había descrito mi padre una vez, cuando me había relatado su danza de apareamiento.

Y, aunque Faye no era una gata, tenía el espíritu de una. De eso estaba seguro.

Bajó la mano. Le asomó la punta de la lengua, humedeciendo la comisura, y me derritió las entrañas. Sentí un cosquilleo en los testículos y un tirón en la entrepierna.

Bueno, aquello podía ponerse muy interesante en el peor lugar posible.

—¿Sueles hacer esto? Besar a la gente cuando la conversación no va por donde tú quieres.

Sonreí ampliamente.

—Eso cabrearía bastante a Micah.

—Entonces, ¿por qué lo haces?

No estaba confundida. Ella intuía por qué lo estaba haciendo, pero quería que yo lo dijera.

¿Era un juego? Porque a los jaguares nos encantaba jugar.

Le deslicé la mano por la espalda y tironeé de las puntas de su largo cabello. Tuvo un escalofrío fuerte que me hizo entrecerrar los ojos.

—Bien, te lo diré.

La miré profundamente antes de salvar de nuevo las distancias.

Aquella vez empujé con decisión contra su boca.

La llevé hasta la pared del vestíbulo, protegiendo su cabeza con la mano, y no paré hasta que la tuve pegada al cuerpo.

Me ardieron las venas ante su pequeño quejido, así que aproveché sus labios entreabiertos para deslizar la lengua en su interior.

Di un barrido contundente. Tomé su sabor con codicia.

«Solo un poco», me dije. «Para saciar la curiosidad».

Sí, joder, sabía mucho mejor de lo que había imaginado. Pero si me perdía en ella de esa manera... No, era mejor que dejara ese placer en particular, el de saquear su boca sin piedad, para otro momento.

Repartí besos por su boca jadeante y bajé hacia el mentón. Estiró tanto el cuello, dándome acceso, que tuve que reírme en voz baja.

—Florecilla... —Aproveché la posición para mirarla desde arriba—. No me mentirías sobre tu salud, ¿verdad?

—¿Qué? —jadeó.

—Si algo no va bien, tienes que decírmelo. —Pasé el dedo con suavidad por la hendidura de sus ojeras—. Puedo perdonarte cualquier cosa, excepto que me mientas sobre tu bienestar. ¿Entendido?

Esperé su respuesta con el corazón aporreándome las costillas.

—Eso suena muy autoritario y condescendiente por tu parte, lo cual es una mierda. Parece un buen momento para recordarte que no eres mi alfa.

Si un jaguar pudiera sonreír, el mío lo estaría haciendo. Aquella era la clase de provocación que un macho como yo no podía resistir.

Faye Kovalenko estaba jugando con fuego y no lo sabía.

—Estás en mi territorio, en mi casa y en mis brazos. No importa que no me consideres tu alfa, porque en este momento me perteneces.

Bloqueé cualquier protesta besando el punto donde le latía el pulso.

Me bebí sus pulsaciones y le acaricié la cintura por encima de la ropa, omitiendo los insultos bajos que me lanzó y que pronto se transformaron en suspiros de placer.

Quería tocarle la piel y no como lo había hecho en la ducha.

Deseaba poder desatarme y tenerla desnuda en mi cama, contemplándola y preguntándome por dónde empezar.

Eso era, quería que mi mayor problema fuera qué parte de Faye besar y adorar primero.

Le aparté el pelo hacia un lado y me sobrevino el repentino deseo de marcarla.

Fue tan inesperado que incluso yo me sorprendí por la imagen que destelló en mi mente: Faye delante de mí, de espaldas, en la postura más sumisa y bonita de todas, con el trasero bien alzado.

Tendría la nuca despejada y yo podría poseerla por detrás de las dos formas que más ansiaba mi alma: física y espiritualmente.

Era tan real que casi podía sentirla bajo las manos, su piel caliente y resbaladiza por el sudor, el aroma de su excitación chorreando y lo fácil que sería colocar la cabeza de mi polla en su entrada y empujar. Hasta el fondo, sin vacilar.

Se me alargaron los incisivos y, por primera vez en mi puta vida, noté el ardor en las encías que significaba que estaba produciendo la enzima del anudamiento. La boca se me llenó de un sabor metálico y dulce al mismo tiempo. Como almíbar sobre acero.

Para ese momento tenía la erección más furiosa que recordaba y necesitaba alzar a Faye para poder encajarme entre sus piernas.

—Dios —me quejé—. ¿Por qué tienes que oler tan bien?

Faye estaba sonrojada y con la respiración entrecortada.

—¿A qué... a qué huelo?

—A la mayor puta delicia del mundo.

Le di dos lametones en la piel que la hicieron temblar porque había desplegado las púas flexibles de la lengua. Se me estaban desdibujando los bordes de la visión. Sabía lo que significaba eso. El mundo exterior estaba desapareciendo, invitándome a olvidarme de todo.

¿La había lamido otra vez?

«Debo ablandar la zona.

»Cuanto más cachonda y preparada esté, menos le dolerá.

»La ropa estorba».

Estaba acumulando el bajo de su camiseta en las manos cuando interfirió un ruido molesto. Pasos. Cambiaformas cotillas. Estreché a Faye con más fuerza y mi jaguar rugió. No quería que nos separaran. Percibí los olores de Juniper, Micah, Inaya y Fabian.

Alguien dijo algo y Faye, la única voz que me importaba en aquel momento, contestó:

—Lo tengo.

Me vi obligado a apartarle la cabeza del cuello cuando Faye me tiró de las orejas (a falta de pelo, supuse) con decisión.

—Elige: o te tranquilizas o lo hago por ti.

El contorno del rostro le vibraba, una distorsión que repelía todo lo que la rodeaba para que mi único foco, mi único interés y motivación, fuera ella.

Y parecía decidida a terminar con aquello.

Cerré los ojos y respiré hondo. Tal vez no fuera la mejor idea teniendo en cuenta que ahora todo me olía a ella, pero apoyé las manos en la pared, lejos de su piel, y dejé caer la cabeza en su hombro.

Tampoco podía alejarme sin más, sería contraproducente.

Cuando el hiperfoco se retiró y reaparecieron las paredes, el suelo y el mobiliario, recordé que estaba en el vestíbulo.

Joder. Le había dado un único beso para tentarla y había estado al borde de hacer algo. ..

Me gustaba demasiado. La conexión era enorme y no me hacía falta más que su presencia para desearla hasta el punto de ser una locura. De no pensar y solo guiarme por el instinto.