Feral 25
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Faye

No sabía dónde más contarlo o quién me podría creer. Algo raro le está pasando a mi hermano. Tiene once años y a veces... A veces hace cosas extrañas. Hemos empezado a ponerle gafas de sol porque sus ojos...

[…]

El mensaje se eliminó a los pocos segundos de su publicación.

[…]

Hola, LunaByte77. Nosotros podemos ayudar a tu hermano.

Me arrebujé dentro de la cazadora de cuero que Remi me había dado. Estábamos a mediados de octubre y allí, en plena naturaleza, el frío serpenteaba por las ramas de los abetos y se colaba por cualquier abertura.

Morgan se había traído su propia chaqueta y me había hecho preguntarme lo más absurdo de todo: ¿ella también habría tenido que vivir un tiempo con ropa prestada al mudarse con los Tierrasangre?

Seguramente no. Era probable que tuviera familia (mínimo una prima) y que hubiera hecho una mudanza normal.

Paseamos por la linde del bosque, lo más alejadas que podíamos de la casa, sus luces y sus ocupantes, pero bajo la estrecha mirada de muchos cambiaformas malhumorados e inquietos.

En especial los Colmilloscuro. Era evidente que a ninguno le sentaba bien que los Tierrasangre supieran algo que ellos no.

Remi no había dejado de lanzar dagas con los ojos a Bjorn.

A mí me costaba encontrar las palabras. O, más bien, elegir qué preguntar primero. Al final me rendí; no había forma correcta de abordar un tema tan alocado.

—Entonces, ¿crees que esto que nos pasa es una cuestión evolutiva?

—No solo lo creo, estamos bastante seguros. —Allí estaba de nuevo, ese plural que hacía que se me agitara el corazón—. No sabemos cuándo empezó con exactitud; creemos que siempre ha estado ahí, pero hubo un aumento significativo de casos dos generaciones atrás.

Eso sería hace unos cincuenta o sesenta años.

Y por esa época...

—¿Te refieres a cuando los cambiaformas revelaron su existencia?

Morgan se subió la cremallera de la chaqueta hasta la barbilla y me atreví a mirarla por primera vez desde que habíamos salido. Las pálidas mejillas estaban coloreadas por el frío, y el tono lima de los ojos parecía brillar en aquel crepúsculo.

Pero lo que me quitaba todo el aliento eran las pupilas.

Rotas.

Como mi ojo izquierdo.

—Si lo piensas tiene todo el sentido del mundo.

Hasta ese momento habían vivido en las sombras.

Si tenían relaciones íntimas con los humanos, que no era muy a menudo, lo mantenían en secreto, así como el nacimiento de híbridos.

Ya había mutaciones en humanos por aquel entonces.

Conocemos casos incluso del siglo XIX , pero eran pocos.

Aislados y, en la mayor parte de las ocasiones, las propias personas lo ocultaban por miedo.

—Ante mi silencio estupefacto, continuó—: Pero cuando los morfos empezaron a integrarse, a socializar, intimar y exigir su lugar en el mundo, la respuesta evolutiva se activó.

Sus palabras flotaron unos instantes en la penumbra del bosque cuando exhalé.

—Mencionaste algo de una carrera armamentística.

—Es un concepto muy común en biología y consiste en que dos especies enemigas van desarrollando mejores ataques o defensas para adaptarse y ser más fuertes que el contrario.

—Me dedicó una pequeña sonrisa, como si estuviera recordando algo divertido—.

A mí me lo explicaron con el ejemplo más tonto de todos: el tritón y la serpiente de liga.

Cuanto más fuerte es la toxina del tritón, más inmunidad desarrolla la serpiente.

Al final, esta podría comerse un tritón con suficiente veneno como para matar a varias personas en el acto.

El concepto me parecía fascinante y no me era del todo desconocido.

—Nosotros combatimos virus y bacterias constantemente mejorando nuestro sistema inmune.

—Exacto.

—En ese caso, ¿se supone que estas mutaciones son un modo de defensa contra las habilidades de los cambiaformas?

—Es la teoría que sostenemos. Hay algo que todos los que hemos evolucionado hacia esta dirección tenemos en común, una habilidad concreta que es una constante: la inmunidad a los imperativos biológicos.

—¿Tú también puedes resistir la mirada áurea y sus emisiones hormonales?

—Todos podemos.

Inspiré aire con un poco de inseguridad.

—¿Cuántas personas como... como nosotras conoces?

Los ojos de Morgan brillaban de emoción cuando nos detuvimos junto a una secuoya colosal. La casa le quedaba a la espalda y los lejanos farolillos hacían que su cabello rubio adquiriera el color de la miel caliente.

—Personalmente decenas. —Hizo una pausa que me llenó de expectación—.

Pero tenemos constancia de miles de casos, Faye.

No solo en este país, sino en todo el mundo.

Y es solo una pequeña parte, porque estamos seguros de que la mayoría no saben lo que les ocurre y, por tanto, no buscan respuestas y no podemos dar con ellos.

Nuestra propia organización es pequeña y vamos dando pasitos cuidadosos para no levantar sospechas.

Distinguí la figura de Remi en lo alto del porche, vigilando. No tenía dudas de que era él a pesar de la distancia; el contorno de los anchos hombros y la cabeza rapada eran inconfundibles.

Me concentré en la conversación y lo que suponía. Ahora tenía sentido que Morgan afirmara que no estaba sola.

—Imagino que, en estos cincuenta años, las cifras pueden haber crecido exponencialmente de la misma forma que lo ha hecho la población de morfos.

Se estimaba que, desde que no tenían que esconderse, su número se había triplicado (aunque seguía habiendo manadas que preferían vivir aisladas).

En los años noventa hubo tantos emparejamientos mixtos, producto de la primera generación de humanos que convivía normalmente con morfos, que se produjo un baby boom de híbridos histórico.

Y el gen MORPH-1, que portaba la capacidad de cambiar de forma, siempre era dominante.

Los casos de parejas híbridas con bebés humanos eran escasísimos.

—Cuanto más averiguamos, más nos sorprendemos. Están por todas partes, escondidos. Algunos ni siquiera serán conscientes de qué les ocurre, en especial si son latentes.

Nos apoyamos contra el tronco de la secuoya, de cara a la casa. A pocos metros de la figura de Remi estaba la de Lachlan Northwood, inmensa y hostil. Un alfa deseando tomar a su compañera y marcharse a casa.

Fabian estaba varias ramas sobre nuestras cabezas, inmóvil, pero preferí omitirlo.

—¿Latentes?

—Conocemos el caso de un niño de tres años en Florida.

Su madre tiene un alto nivel de telepatía y quiso saber si el niño había heredado algo.

Están dentro de nuestra red segura de apoyo y se les pudo realizar pruebas comparando el cerebro de la madre y del hijo.

Ambos muestran una serie de mutaciones similares.

Pero, como el niño es muy pequeño, todavía no ha manifestado su habilidad. A eso lo llamamos un latente.

Me observé las zapatillas y pensé en ello. ¿Y si Kanon también había tenido alguna clase de mutación y yo la había heredado de ella? Sabía muy poco sobre la mujer que me había dado a luz y mucho me temía que había perdido cualquier oportunidad de descubrirlo a través de mi padre.

—Telepatía —murmuré—. Dijiste eso antes. Y hablaste de habilidades principales o preponderantes.

—Porque lo normal es que todos tengamos más de una. En tu caso, como he dicho, está la neuroquinesis. Pero esas visiones que has estado teniendo me indican que eres, ante todo, una clarividente.

No oculté mi estupor. Es decir, siempre lo había sospechado.

Si había un nombre para lo que me ocurría, para la enfermedad y las visiones, sin duda era ese.

Pero interiormente lo había asociado siempre a tanto sufrimiento y soledad que no había sido capaz de admitirlo.

¿Para qué? ¿Para qué buscar lógica a algo que me destruía y me hacía sentir un títere?

Pero ahora...

—¿Y la telepatía no es tu habilidad principal?

Calidez y algo de picardía resplandecieron en los ojos fragmentados de Morgan.

—No. Hago algo mucho más cojonudo.

Extendió los brazos y las mangas se le subieron un pelín.

Esperé, casi por inercia, a que algo saliera de ella.

Luz, energía, una vibración similar a la de los cambiaformas.

.. Pero no sucedió. Lo cual tenía sentido, porque yo tampoco emitía nada concreto al ejercer mis poderes.

Gracias a eso había podido pasar desapercibida todos aquellos años en el laboratorio.

Entonces, a varias decenas de metros, el Wrangler chirrió y se elevó en el aire poco a poco. Un coche de más de dos mil kilos flotó como un diente de león, giró y volvió al suelo. La suspensión se balanceó y un jaguar alfa muy cabreado saltó del porche mientras Lachlan sonreía abiertamente.

—¿Qué cojones...? —tronó Remi.

Morgan bajó los brazos. Yo estaba ojiplática.

—Mueves objetos con la mente.

—Te lo dije. No estás rota. —Se enfocó en mi ojo izquierdo y fui muy consciente de cómo se me aceleró el corazón—. Al contrario, estás llena de poder.

—¿Por qué...?

—¿... lo del iris y las pupilas? —terminó por mí. Asentí—. Queda mucho por descubrir, pero parece que la actividad psíquica genera microdescargas irregulares en nuestros nervios ópticos. Las pupilas no son estructuras rígidas, dependen de dos músculos distintos.

—El esfínter y el dilatador —murmuré.

Una vez más, Morgan pareció gratamente sorprendida.