Feral 22 #2
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22 #2

Con torpeza, le posé la mano en el brazo. Le rocé el bíceps con suavidad, una caricia lenta en la que intenté calmar al felino que había en su interior, aunque no tuviera ni idea de cómo se hacían esas cosas. O de si era posible siquiera.

—Era pequeña y estaba desesperada. Me he arrepentido muchas veces porque no habría arreglado nada. Ahora es diferente. ¿No? —No dijo nada—. ¿No?

Gruñó algo que no entendí, pero, poco a poco, una sonrisa reticente surcó su apuesto rostro. Su cuerpo se balanceó hacia el mío y me capturó la mano. Al trazar mis nudillos con el pulgar, sentí que el calor brotaba en mi interior en lugar de provenir de fuera.

—Un día dejarás de sentirte culpable, florecilla. Eso también te lo prometo.

Mis ojos descendieron por decisión propia hasta su boca. Contemplé las tres líneas que partían del centro del labio inferior hacia el mentón y volví a subir.

—Faye —gruñó.

Se le habían encendido los ojos. Me encantaba cuando ocurría.

Al no verme obligada a retirar la vista, gozaba del privilegio de saber qué pasaba cuando a un alfa lo embargaban sentimientos fuertes.

Energías insondables se acumulaban allí, fuerzas superiores que la ciencia todavía no lograba desentrañar (y yo había sido testigo de lo mucho que se esforzaban para ello).

¿Serían verdad los rumores? ¿Había algo más aparte de hormonas y biología detrás de los cambiaformas? ¿Existirían esos espíritus que algunos mencionaban y a los que atribuían sus dones?

Antes de darme cuenta, estaba acariciando la comisura de uno de sus ojos y él me lo estaba permitiendo. Sus pestañas, oscuras y tupidas, aletearon. Exhaló otro gruñido y ese olor de antes, el que hacía que la garganta me cosquilleara, regresó.

—Es precioso —susurré.

Se le encendieron los ojos incluso más. Eran esmeraldas vivas y pulsantes, como el liquen en la penumbra.

—No soy precioso .

Me reí.

—Bueno, tú...

Una musiquilla nos interrumpió y explotó la pequeña burbuja que nos rodeaba. De pronto, fui consciente de cuánto nos habíamos acercado en realidad. Sus piernas rozaban las mías y tenía el cuerpo encorvado hacia mí.

Masculló algo por lo bajini y se apartó para contestar el teléfono.

—¿Sí? —Toda la energía de sus ojos desapareció cuando se concentró. Su expresión decayó—. ¿Dónde? Voy para allá.

—¿Va todo bien?

Remi se guardó el teléfono.

—Era Fabian. Ha habido una infiltración rápida en nuestra frontera, al sudoeste. Alguien ha entrado y salido en menos de tres minutos y los sensores han detectado un objeto.

Aquello me descolocó.

—¿Eso suele pasar?

—No. Nadie es tan estúpido como para jugar con nuestra manada de esa manera. Y los que lo son, como los Tierrasangre, no suelen ser tan sutiles.

Sabía que las manadas con territorios como aquel, que abarcaban tantos miles de kilómetros a la redonda, no podían dejar la seguridad completamente en manos de sus miembros.

Contaban con sistemas de última generación cuyos parámetros solo se conocían a nivel interno.

Se rumoreaba que dos de los ingenieros informáticos más destacados del país eran cambiaformas y trabajaban para la protección de su propia especie.

Había sido objeto de debate político años atrás.

Pensé en las palabras de Remi.

—¿Han entrado, dejado algo y vuelto a salir?

—Eso parece. Vamos, te acompañaré de vuelta.

No tenía ganas de regresar a la casa después de tan poco tiempo al aire libre.

—¿Puedo ir contigo?

—Mejor no. Puede ser una trampa.

Enarqué una ceja.

—¿Y vas tú, el miembro más importante de la manada?

Me sonrió con sorna y me giró para que echara a andar.

—Y el más fuerte.

—Entonces no me pasará nada si estoy contigo.

—No quiero discutir.

—Yo tampoco. ¿Quién iba a pensar que estaríamos de acuerdo?

Deshice el camino a paso rápido y, cuando tuvimos de nuevo la casa a la vista, lo miré con una gran sonrisa. Refunfuñó en voz baja, pero me señaló un Wrangler azul con la pintura un poco desconchada y ruedas gruesas y embarradas.

Una vez dentro, me amenazó con las llaves.

—Te mantienes a mi lado y, si algo huele mal, te quedas en el coche. ¿Entendido?

Me apresuré a aceptar.

La pista que conducía hacia el sudoeste estaba en buen estado, pero no dejaba de ser una carretera de tierra secundaria que habían creado los propios Colmilloscuro.

Según Remi, la mayor parte de los recorridos largos los hacían en forma animal e intentaban respetar lo máximo posible el entorno.

Habían construido pocas carreteras, las necesarias para desplazamientos que inevitablemente tuvieran que realizar en coche.

Su filosofía y uno de sus mayores lemas frente a los humanos era ese: el respeto hacia la naturaleza y el medioambiente.

El viaje duró casi una hora y me sirvió para conocer la parte más salvaje de Willamette.

El paisaje se volvió áspero y hermoso al mismo tiempo, con las montañas precipitándose hacia afilados pasos, los ríos perdiéndose entre los terrenos escarpados y el suelo volcánico volviéndose intransitable para piernas humanas.

Remi se dio cuenta de que unos cuantos abetos habían caído a un costado de la carretera. No obstaculizaban el paso, pero dijo que era necesario retirarlos.

—La última tormenta fue bastante copiosa —me explicó—. El suelo se satura por tanta agua, se vuelve lodoso y los árboles pierden agarre. Como si estuvieran plantados en mantequilla.

Asentí pensativa. Un bosque como aquel debía requerir atención y cuidados constantes.

Reconocí a Fabian y su pelo rosa. Nos estaba esperando junto a la pista.

Como la mayoría de las veces que lo había visto aquellos días, solo llevaba unos pantalones.

Si bien no parecía capaz de romperte todos los huesos de la cara de un solo puñetazo, como Micah, sí daba la sensación de que no le acertarías un solo golpe si no quería.

Y que podía jugar y jugar y jugar contigo solo por el placer de verte sufrir.

Tenía la marca de los Colmilloscuro en el hombro izquierdo, el puma alzado sobre las patas traseras y enroscado alrededor de un árbol.

Fue la primera vez que no le hizo gracia verme. Cada vez que nos cruzábamos me dedicaba una sonrisa y me suplicaba que tuviéramos un segundo round .

Se acercó a Remi y bajó tanto la voz que me perdí la mayor parte de lo que dijeron mientras rodeaba el coche.

—... dirigido a ella.

—¿Qué? —Noté algo raro en cuanto ambos se giraron hacia mí—. ¿Qué pasa?

—Espérame en el coche —ordenó Remi.

Lo esquivé antes de que me agarrara.

—Es por mí, ¿no? —Los observé con atención—. Han dejado algo para mí.

Había dicho «han», pero en mi interior estaba segura de que era cosa de mi padre. Y cuanto más cerraba la boca Remi, más claro lo tenía.

—Sabe que estoy aquí —murmuré—. Es lógico. El chip debió emitir por última vez cerca del mirador o de vuestro refugio.

—Por favor, Faye, dame un momento. Lo examinaré y volveré a hablar contigo.

—No. —Me dirigí a Fabian, que tenía una gran mueca de disgusto—. Quiero verlo. Llévame, por favor.

Pero el morfo sacudió la cabeza y me contestó sin sarcasmo, solo con la más pura verdad.

—Solo obedezco órdenes de un ser en este planeta, bonita. Y no siempre.

—Por favor —le repetí a Remi.

Como si detestara muchísimo todo aquello, farfulló algo que no entendí y le hizo un gesto a su guardián. Seguimos a Fabian a través de los árboles, con el corazón palpitándome con la fuerza suficiente como para retumbarme en los oídos.

Caminamos hasta que vimos algo blanco que resaltaba contra el suelo oscuro. Un rastro de hierbas y plantas aplastadas indicaba por dónde lo habían arrastrado. Hasta que no rodeé una raíz que sobresalía de la tierra no pude verlo por completo.

El aire se me atascó en los pulmones.

Allí, desmadejado sobre el suelo de Willamette con su bata blanca del laboratorio, estaba el doctor Dominic Drummond.

Con un grito ahogado, corrí hacia él. Estaba muerto.

Desde hacía días, además. Me tembló la barbilla al verle la piel cetrina y la enorme mancha de sangre seca y oscura en el pecho.

La rocé con la punta de los dedos y luego bajé la vista hacia su mano y la bonita alianza que una vez, para hacerme sentir bien, me contó que había elegido su mujer para su veinticinco aniversario.

También estaba salpicada de sangre.

—Lo siento —susurré—. Lo siento, doctor.

—Tenía esto encima —oí que le decía Fabian a Remi.

Sin embargo, la respuesta del alfa se perdió en un intenso pitido que lo invadió todo. Una punzada terrible me atravesó la cabeza de lado a lado y jadeé.

Oh, no. Las visiones. Iba a suceder de nuevo.

Había sido una tonta al pensar...

Con un espasmo, cerré las manos sobre Dominic y la costra en su pecho.

Un parpadeo y no era Dominic el que estaba tendido allí.

Era una chica humana. Joven, bonita, de ojos grises que suplicaban clemencia.

Llevaba una bata de laboratorio y estaba cubierta de vendas en brazos y piernas; sabía lo que eso significaba, la cantidad de pinchazos que le habían perforado la piel.

Se retorcía y gritaba tanto que estuvo a punto de reventarme los tímpanos.

—¡Tranquila! —grité angustiada. Intenté agarrarle las manos, pero ya había más personas allí conteniéndola contra una mesa de metal—. Tranquila, tranquila...

—¡No! ¡Por favor! —chillaba ella. Tenía el pelo oscuro sucio y despeinado y un hematoma verdoso en la mandíbula—. ¡Otra vez no! ¡No!

Y entonces la oí, aquella voz. La protagonista de la mayor parte de mis pesadillas.

—Cuanto antes dejes de berrear, antes empezaremos y terminaremos. —La doctora Ravena Moreau se situó a los pies de la mesa de examen. Reconocí el lugar. Era el nivel menos tres del laboratorio—. Y menos daño te haremos, Amanda.

La chica temblaba de los pies a la cabeza y me hacía temblar a mí.

—Prometió lo mismo la última vez. Y usted... ustedes...

—No hago promesas. Afirmo hechos. ¿Quieres que todo acabe rápido? —Envolvió sus frías y pérfidas manos alrededor de los tobillos de la chica, de mis tobillos, y sentí que el asco me zarandeaba el estómago—. Obedece.

—Obedece —le susurré yo—. Hasta que podamos encontrarte. Obedece.

Ella no podía oírme. Aquello no estaba ocurriendo.

Ocurriría.

El asco se convirtió en náuseas y rápidamente la primera oleada de vómitos llegó. Las arcadas me sacaron de la visión y regresé al bosque. Un par de brazos fuertes me tenían atrapada, conteniéndome mientras echaba sobre la tierra los restos de la tarta de marionberry .

Remi apareció frente a mí con un paño húmedo. Me limpió la boca y la frente mientras recuperaba el aliento. Quien me sostenía era Fabian.

Poco a poco, los sonidos también regresaron a mí y, con ellos, su voz ansiosa.

—¿Estás aquí? ¿Conmigo?

Asentí con debilidad. El alivio hizo caer los hombros de Remi. Fabian me pasó con una suavidad asombrosa a los brazos de su alfa y capté de refilón su ceño preocupado.

Pero mientras me llevaban de nuevo al coche y a la casa, yo solo podía pensar en una cosa: la pobre Amanda no sobreviviría mucho tiempo en manos de la doctora Moreau.