23
Remi
Me he enterado de algo sobre los morfos felinos. Creo que es uno de sus mayores secretos. ¿Sabes ese tema de las feromonas que supuestamente exudan cuando están cachondos? Hay un olor en concreto que solo emiten una vez en la vida, con una sola persona.
Confesionario de la revista Feralité
Si a alguien le quedaba alguna duda sobre si Amanda Lebow había acabado en el laboratorio de Black Edge, se evaporó cuando Faye nos contó lo que había visto.
Pensé en ocultarle la nota que habían grapado a la bata del hombre fallecido, pero no sería justo ni lógico. Ella venía de ahí, había sobrevivido a todo aquello. Había sobrevivido a sí misma, incluso.
«Ya es suficiente con ocultarle lo de mi madre», pensé.
Recuperada de su crisis, Faye leyó la nota en silencio, sentada en uno de los escalones del porche. Había dicho que prefería estar allí, sobre la madera y respirando el aire frío, que en el cubil.
La nota estaba escrita a mano con letra irregular y furiosa; la tinta se acumulaba allí donde habían presionado el papel con fuerza.
B UENA JUGADA, ME HAS IMPRESIONADO.
E L JEFE TIENE MUCHAS PREGUNTAS, EN ESPECIAL SObrE LO QUE ME HICISTE.
L OS DOS DESEAMOS QUE VUELVAS A CASA.
Era evidente por qué la última palabra estaba subrayada varias veces. Tampoco eran tontos y no se mencionaba directamente a Kovalenko, solo al «jefe».
Me jodió vivo el temblor que se había quedado en las manos de Faye.
Sabían qué teclas pulsar para desmoronarla.
Había querido regalarle un rato de tranquilidad, sacarla de la casa y mostrarle el hogar de los Colmilloscuro.
Inaya me había confirmado que estaba en mejores condiciones y la propia sanadora estaba asombrada.
—Ha pasado por innumerables horrores, pero su espíritu es dulce —me había dicho—. Alegre. Y esto no es un diagnóstico, pero también es culo de mal asiento. Necesita moverse.
Pero mi idea de paseo se había convertido en otra atrocidad más.
Si mi círculo todavía desconfiaba de las habilidades de Faye a aquellas alturas, su reacción había disipado las dudas. Fabian había sido testigo de la forma en que se había retorcido sobre sí misma y había gritado a personas que no estaban presentes. Al contárselo a Inaya, él mismo había dicho:
—Era como si estuviera en otro lugar. Veía y oía cosas que no estaban allí.
Todo por el cadáver de Dominic Drummond.
Habíamos trasladado su cuerpo al edificio que empleábamos para los asuntos más turbios, el Centro.
En sus celdas subterráneas estaban los dos cazadores del mirador.
Drummond era el doctor que había manipulado el rastreador para darle más margen a Faye.
Probablemente era el único que había mostrado humanidad hacia ella en aquel laboratorio, y así lo había pagado.
—Encontraremos a su familia y, si están bien, nos encargaremos de ellos —le prometí a Faye.
—No podrán daros respuestas —musitó releyendo una y otra vez la nota—. Los empleados de Black Edge tienen prohibido hablar sobre su trabajo incluso con sus seres queridos; a veces pasan meses sin salir del laboratorio. No habrá rastro que seguir.
Le quité el papel con suavidad y lo arrugué.
—No lo hago por eso. Los pondremos a salvo.
Asintió, despacio, tan ida que tuve ganas de reventar otra pared.
—Gracias.
—No me las des —gruñí—. ¿Quién escribió la nota?
—Ivan. —Se humedeció los labios—. Ivan Demidov, el secretario de mi padre.
—Lo conozco.
Su mirada saltó hacia mí de golpe y no me gustó nada la alarma que mostró.
—¿Cómo?
—Hace años que le seguimos la pista a tu padre y su empresa.
Cuando Demidov comenzó a aparecer en ruedas de prensa cerca de Kovalenko hace unos años, Juniper lo investigó.
Tiene un currículum que hace que Bob Denard parezca un niño con pataletas.
—Estudié minuciosamente su gesto. No se sorprendió ni dijo nada y mi impaciencia aumentó—.
¿A qué se refiere con «lo que le hiciste»?
Se reclinó contra los escalones, como si buscara alejarse de mí. Me acuclillé frente a ella y no me molesté en parecer tranquilo. Porque no lo estaba, joder.
—Esto sí necesito saberlo, florecilla. El mensaje y el medio por el que han decidido contactarte son una clara advertencia y les ha importado una mierda iniciar un posible enfrentamiento con nosotros.
—Lancé la nota al suelo—. ¿Qué le hiciste a Demidov?
Y ten claro que, cuanto peor sea, mejor me va a parecer.
Como sospechaba, su postura se suavizó y la sombra de una sonrisa le asomó a los labios. Era inconcebible, pero, cuanto más hosco me mostraba, cuanto menos ocultaba mi parte visceral, más se relajaba ella.
Se inclinó un poco hacia mí al responder.
—Al día siguiente de nuestro encuentro en el estudio, mi padre me llevó al laboratorio.
Quedé inconsciente varios días y temía no llegar a tiempo para ayudar a Summer, y tampoco sabía si vosotros me haríais caso.
—Hizo una pausa, buscando las palabras. Le deslicé las manos por las rodillas y le di un apretón—.
Por suerte , o eso prefiero pensar, Ivan me despertó justo esa noche.
Su tono, su mirada esquiva y la forma en que tragó saliva activaron la parte cazadora del jaguar.
Me quedé muy quieto y recé para que no fuera lo que me estaba imaginando.
No la presionaría para que hablara de lo que le habían hecho durante todos aquellos años y que le había provocado aquel sinnúmero de cicatrices, pero su relación con Demidov. ..
«Que no sea lo que pienso. Porque, si es así, Valentin Kovalenko va a necesitar una pala para recoger lo que quede de su secretario».
—¿Te despertó? —inquirí sorprendido por no estar gruñendo—. ¿En tu dormitorio?
—Aprovechó que mi padre no estaba y creyó que, tomándome desprevenida, podría conseguir lo que lleva un par de años persiguiendo.
—Los dedos de Faye toquetearon los míos sobre sus rodillas.
Se instaló una atmósfera extraña entre ambos.
Ella emitía una energía oscura llena de recuerdos de mierda; yo, la certeza de que lo único que me impedía cometer un asesinato era la falta de tiempo y medios—.
Se equivocó. Lo pagó caro, te lo aseguro.
—No lo suficiente si está vivo. —Sentía la mente a mil por hora—. ¿Qué hizo exactamente? Descríbemelo.
Midió mi expresión con cuidado.
—Poco. Le di un par de oportunidades para parar y, cuando no hizo caso, me defendí.
—Dime que no le provocaste solo un poco de vértigo.
—No. —El asomo de sonrisa anterior se extendió y le llegó a los ojos—. Es probable que necesite un babero para comer el resto de su vida.
El jaguar siseó, entre satisfecho y furioso.
Me gustaba que ella se hubiera defendido y que tuviera esa parte cruel que no se sentía mal por protegerse, pero no bastaba.
El escenario en mi cabeza seguramente era mucho peor que lo que había ocurrido en realidad.
Inaya había examinado a Faye al llegar. Yo mismo la había duchado.
No tenía heridas ni lesiones graves recientes, mucho menos en. ..
«No lo pienses. No vayas por ahí».
Aun así, la sed de sangre era ingobernable. Los felinos defendíamos con ferocidad lo que era nuestro y había varias reglas inamovibles para los cambiaformas. Conceptos sagrados.
Faye arrugó la naricilla.
—¿Hueles eso? Llevo notándolo todo el día.
Me quedé inmóvil unos segundos. Mierda. Inaya ya me lo había advertido.
No podía fingir que el olor no existía.
—Es petricor —musité a regañadientes.
—¿Petricor? —Miró hacia el espectacular día de octubre sobre nuestras cabezas. El cielo estaba despejado y del azul más claro posible—. Pero si no ha llovido.
—Ya te expliqué que Willamette es muy húmedo.
Tras unos instantes, se encogió de hombros.
—Bueno, huele genial. Como a... tormenta de verano. Y a savia triturada. —Se frotó la nariz—. Hace cosquillas.
Sentí que un rubor de lo más inoportuno me subía hacia las mejillas. Por suerte para mí, Micah y Juniper, esta en su forma de puma, aparecieron en ese momento bordeando la casa. La expresión de mi beta me lo dijo todo: más problemas.
Cerré los ojos un instante.
—¿Qué cojones ocurre ahora?
—Los osos han cruzado la frontera sin permiso. Vienen hacia aquí liderados por el propio Lachlan Northwood. Fabian y Quinn están siguiéndolos.
Agitó un comunicador, con el que sin duda estaba en contacto con nuestros guardianes. Juniper rondaba la linde del bosque, inquieta y olisqueando, como si hubiera un rastro en el aire. Pasados unos segundos, sentí su mirada castaña clavada en mí.
Era lógico que detectara el petricor. A Inaya solo le había hecho falta un instante.
Micah, en cambio, guardaba un gran secreto del que pocos teníamos constancia: su olfato era un desastre.
Durante el incendio que lo había dejado marcado de por vida, de niño, había inhalado tanto humo que su pituitaria se había atrofiado.
La manada no lo sabía, solo nosotros, el círculo y su familia. Mi mejor amigo era tan excepcional como guardián que nadie sospecharía que contaba con un sentido menos que el resto. Se había esforzado para que eso jamás supusiera un problema.
A mí me beneficiaba en ese momento, por mal que estuviera pensarlo.
—¿Por qué harían eso? Es suficiente para romper la tregua entre las manadas.
—Intentar saber por qué Lachlan hace las cosas es meterse en un agujero de ratas —dijo Micah con acritud—. Pero, según Fabian, vienen en forma humana.
Fruncí el ceño. ¿Un gesto de paz en medio de un acto de guerra?
Juniper siseó, erizando los bigotes. Faye la contemplaba, obnubilada, como cada vez que veía a uno de los nuestros en su forma animal.
—Sí, sí —la calmó Micah—. Vienen en forma humana y con una humana.
Lo miré como si se hubiera vuelto loco.
—¿Viva?
—Y coleando. Camina hombro con hombro con el mismísimo Lachlan. Traen a Roderick, Gaia y Bjorn.