22
Faye
No hay nada más tonto que un cambiaformas macho durante la danza de apareamiento. De verdad, NADA.
D AO S UWAN , alfa de la manada Marfilargo, en Tailandia
Remi Callahan entró en la cocina y me pilló sentada sobre la isla de mármol, balanceando las piernas y devorando un trozo de tarta de marionberry que apenas acababa de salir del horno. Me había quemado la lengua del modo más dulce posible e Inaya había puesto los ojos en blanco.
—Buenos días —murmuró.
Llevaba unos vaqueros desgastados y una camiseta gris con las mangas arrancadas, y venía descalzo.
Eso significaba que había estado en forma animal y se había vestido antes de entrar a la casa.
Ya había visto toda clase de combinaciones extrañas en los demás cambiaformas, y alguna nalga y teta desde las terrazas superiores (y puede que un pene).
Sin querer, claro. Me daba la vuelta en cuanto era consciente de que había una persona desnuda entre los árboles, aunque era más por mí que por ellos.
Estaba claro que los morfos no veían su propia desnudez como algo censurable o íntimo.
—Buenos días.
Me lamí los dedos, manchados de la mermelada morada, y sus ojos verdes siguieron el movimiento estrechamente.
—¿Quieres? —Señalé la tarta—. La he hecho yo.
Inaya resopló con fuerza. Remi untó el dedo en un poco de la mermelada que se había escurrido y la probó. Fui una persona decente y no me quedé mirando cómo la lengua le asomaba y recogía el dulce.
¿Sería verdad que la lengua de los felinos a veces...?
«Ni de coña. No es el momento de pensar en eso».
Había empezado a tener pensamientos... peculiares cuando Remi estaba cerca. Todo desde su beso. El beso que, según él, no debía tomarme tan a pecho porque «los gatos son muy afectuosos».
Que tampoco podía considerarse un beso. Más bien un roce de labios muy escueto.
El alfa emitió un murmullo que parecía salirle de lo más profundo del pecho e hizo vibrar mi piel.
—Te ha quedado deliciosa.
—Gracias —acepté con satisfacción. No pensaba restarle mérito a poner la harina en la mesa y medir las cantidades escrupulosamente.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó limpiándose las manos con un paño.
—Como supongo que se siente la gente después de varios días en un hotel de lujo.
Esbozó una pequeña sonrisa.
—Entonces estás lista para dar un paseo.
Salté al suelo en un santiamén.
—Voy a por los zapatos.
Al pasar por su lado, me detuvo agarrándome del brazo con suavidad. Tenía la mano caliente. Lo miré curiosa y me quedé muy quieta cuando me pasó ese dedo por la comisura de los labios. Y lo volvió a lamer.
—Te quedaba un poco de tarta —murmuró.
Respiré a trompicones. De cerca, Remi siempre olía a bosque.
Su aroma se imponía a cualquier otro, incluso en una cocina saturada de fragancias.
Sin embargo, en aquella ocasión me pareció que había algo más.
Algo que me cosquilleaba en la nariz. No se trataba de perfume ni loción, los morfos con olfatos tan agudos usaban productos inodoros porque no soportaban los químicos.
Llevaba días bañándome con una pastilla de jabón neutro.
Oímos un estropicio y nos giramos hacia Inaya. Se le había caído el pelador de patatas. Lo recogió y le lanzó una mirada extraña a Remi.
El alfa me soltó.
—Te espero en la puerta.
—Vale.
Convivir con cambiaformas siendo humana significaba que, a veces, no tenía ni idea de qué estaba ocurriendo.
Me sentó genial salir a estirar las piernas.
Mi cuerpo se activó de forma agradable, la energía corría a raudales hacia mis extremidades.
Remi se dirigió hacia el bosque y tomó un sendero bordeado de madreselva.
Me condujo a través de su mundo particular con la naturalidad de quien lo ha transitado toda la vida.
Me bebí todas y cada una de sus palabras sobre los senderos y los cuadrantes de los guardianes, y sonreí cuando señaló los paquetes de ropa de emergencia que estaban por todas partes, bien guardados en bolsas impermeables.
Los árboles se levantaban como columnas interminables, con troncos tan gruesos que parecían haber estado allí desde antes de que existiera el mundo.
La humedad colgaba en el aire, impregnada del olor a musgo y a madera mojada; Remi me explicó que Willamette era un bosque templado cuyas coníferas gigantes creaban un dosel muy cerrado.
Bajo nuestras botas la tierra cedía, amortiguada por capas de agujas de pino y hojas en descomposición que crujían con un sonido apagado y. .. rítmico.
El sol no caía de golpe, se filtraba en hebras doradas entre las copas.
Una ligera brisa otoñal agitaba el dosel y hacía que el bosque entero pareciera murmurar.
Y en esos murmullos había mucha más vida e intensidad de la que había sentido jamás: el chasquido de alguna ardilla huyendo, el tamborileo lejano de un pájaro carpintero, el zumbido de un afluente cercano.
Lo que más me impresionó fue la escala, todo era grandísimo. Helechos que me llegaban a la cintura, setas que parecían pequeños altares rojos y blancos, pedruscos del tamaño de coches cubiertos de líquenes.
En retrospectiva, me pareció que la casa del alfa no era para tanto, más bien un refugio levantado en medio de tierra prestada.
Inspiré hondo.
Muy muy hondo. Por, probablemente, primera vez en mi vida.
—Tienes buen fondo —comentó Remi al cabo de un buen rato. Se había dado cuenta de que me adaptaba sin problemas a su ritmo. Y eso que un paso suyo eran dos míos y que yo iba esquivando las raíces e intentando no aplastar nada vivo—. ¿Es por el baile?
El recuerdo de Remi invadiendo el Hana me sobrevino. Había estado acojonada, sí, pero también obnubilada. Por él, por lo que representaba, por el mero hecho de estar en presencia de un depredador.
—Sí. Lo practico desde hace años. Mi técnica es burda, pero me ayuda muchísimo a... desconectar.
—Teniendo en cuenta tu historia, me sorprende que tu padre te dejara ir allí. Y que conservara el estudio.
—Lo compró en secreto tras la muerte de Kanon.
—Aunque pensaba en ella como mi madre, jamás había podido llamarla así.
No había tenido la oportunidad. Y ahora sentía que no lo merecía, de algún modo—.
Podría haber designado otro director y mantenerlo abierto, era una academia muy prestigiosa. Pero lo cerró y lo dejó pudrirse.
«Otra forma más de castigarla».
Estaba convencida de ello, igual que lo estaba de que la muerte de Kanon poco después de mi nacimiento no había sido natural.
—Nunca me ocultó quién era ella. Me contó ciertas cosas, como lo de la anomalía en el embarazo y demás. Y cuando averigüé la existencia del estudio y el legado de Kanon, le pedí ir.
Dudé. La historia de cómo y por qué había accedido mi padre a que visitara el estudio y bailara era retorcida.
Aunque, pensándolo bien, ¿qué parte de mi vida no lo era?
Remi se quedó callado, permitiéndome decidir si seguía hablando o me callaba.
Sospechaba que era un gran ejercicio de contención para él y su tendencia a mandar y dirigir.
—No tienes que contarme todo, florecilla —me recordó en voz baja—. Tus intimidades son tuyas. Solo te haremos preguntas acerca del laboratorio y sobre cualquier detalle que nos pueda llevar hasta él y detener a Kovalenko. Nada más.
La luz del sol me acariciaba intermitentemente la frente, la nariz y las mejillas. Pero, más allá de eso, la notaba filtrándose en mi interior.
Me recordé que estaba muy muy lejos de casa. Todavía no había logrado la distancia emocional que me haría sentir tranquila, así que, de momento, la distancia física tendría que valer.
No, no merecía la pena romper aquel momento para contarle que había estudiado en casa y que mi primera profesora había desaparecido tras descubrir que algo no iba bien y prometerme que me ayudaría.
Y que, al tener once años y llevar varios en el laboratorio presenciando barbaries, decidí que el mundo no era un lugar seguro ni placentero.
Y que no me apetecía seguir en él.
—Hice algo que puso en jaque a mi padre, porque me escapé a su control tomando una decisión que, bajo su punto de vista, solo puede tomar él.
—Acaricié el tallo de unas violetas al pasar—.
Eso, junto con la recomendación de uno de los médicos de que me vendría bien para mi correcto desarrollo físico y mental realizar alguna actividad, me permitió esa pequeña libertad.
Como tenía el rastreador, mi padre acabó cediendo.
Ese mismo médico fue el que modificó el programa del chip para ayudarme.
—Joder —exhaló Remi, gruñendo de rabia.
¿Había deducido lo que no había dicho? Tal vez.
Sonreí sin humor. El enfado era más propio de él y, al contrario de lo que él podría pensar, su reacción me alivió.
Su ira era reconfortante porque expresaba todo aquello que yo siempre había intentado reprimir.
Era caliente, categórica, afilada. Nunca me habían gustado las cosas blandas, los silencios, la quietud.
No encontraba paz ahí y hacía tiempo que me había dejado de preguntar por qué o por qué no.
Era consciente de que hallar consuelo en la rabia de otra persona probablemente no era lo más apropiado, pero me daba igual. Me hacía sentir...
«Estás muy viva. Real y viva».
Sí, me hacía sentir real. Importante. Si no lo fuera, alguien como Remi Callahan no expresaría una emoción tan intensa.
Me cortó el paso entre dos cedros rojos, emitiendo oleadas de frustración. Allí, su altura y complexión parecían adecuadas. Era tan imponente y salvaje como el mismísimo bosque.
—Nunca, jamás, volverás a pasar por algo así. Lo juro.
—¿No debería jurarlo yo? —bromeé, a pesar de que no cabía ni una pizca de humor entre nosotros.
—No. Es mi promesa, Faye. Nunca volverás a tener razones para pensar que esa es la única solución. Yo mismo me aseguraré de ello.