Feral 20 #2
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20 #2

Con un toque de los dedos de Micah, el mantel se iluminó.

Un mapa a todo color apareció, mostrando varios condados que no tardé en reconocer: Benton, cuya capital era Corvallis, Linn, Lane, Douglas, Jefferson y Deschutes.

Vaya, la totalidad de acres que ocupaba el bosque de Willamette y que se había cedido a los Colmilloscuro y los Tierrasangre.

—Mucho cuidadito con cómo tratas a mi bebé —murmuró Juniper, alisando con mimo los bordes del material.

—¿Qué es? —pregunté curiosa.

Remi apartó la silla a su derecha, una indicación silenciosa. No me apetecía sentarme, pero me acerqué para limar asperezas después de lo de la otra noche, cuando había descubierto mi cambio de dormitorio.

Había abierto de forma intempestiva la puerta, sobresaltándome mientras escribía, y me había mirado de una forma... extraña. No estaba enfadado, tampoco feliz. Me dio la sensación de que le habría encantado cogerme en brazos para volver a ponerme donde él quería.

Yo le había mantenido la mirada sin pestañear y una pequeña parte de mí (pequeñísima, en serio) había pensado: «Venga. Inténtalo».

Pero no lo había hecho. Sus fosas nasales habían aleteado y, tras mascullar un «Que descanses», se había marchado.

—Nuestro proyector táctico portátil, el PTP —contestó Juniper—. Es un prototipo carísimo y único.

—Es increíble... —Como cada vez que ensalzaba algo relacionado con su especialidad, la cambiaformas no pudo evitar sonreír. Era guapísima, como iluminada por la salud y la fuerza de su especie—. Y la gente pensando que vivís en cuevas y os peleáis por trozos de carne.

Inspiró con horror fingido.

—No, por Dios. Ni que fuéramos Tierrasangre.

Solté una risita.

Micah nos ignoró. Fabian no estaba. Según había descubierto, solía estar controlando las guardias y los perímetros, asegurándose de que las fronteras se mantenían vigiladas y nadie descuidaba su trabajo. Era su principal cometido y, al parecer, era muy bueno en eso.

—Cualquier lugar aquí dentro está a cuarenta o cuarenta y cinco minutos de tu casa —explicó Micah, pulsando la superficie.

Me concentré en las líneas rojas que aparecieron, un círculo que abarcaba varias ciudades. En el centro estaba mi casa, la gran casa solariega de Valentin Kovalenko. Su «pequeña carta de amor a la madre patria», como él mismo decía.

—Es enorme —musité desalentada.

Por las noches, me estaba costando dormir pensando que había salvado a Summer y, tal vez, condenado a otra inocente en su lugar.

Amanda Lebow. Así que había aprovechado los desvelos para organizar mis pensamientos y transcribir todo lo que se me ocurría sobre el laboratorio: cada cuánto me llevaban, detalles de los traslados, las pruebas, los niveles, nombres, sistemas de seguridad.

.. Incluso olores. ¿Quién sabía? Alguno en concreto podía ser una pista importante para sus olfatos.

Había dado muchos datos, pero la realidad es que eran vagos. No conocía el exterior del laboratorio, solo el interior.

Micah asintió.

—Contábamos con ello. He filtrado con todos los datos que aportaste y tengo varias isócronas razonables.

—¿Isócronas?

Remi apoyó un codo en el borde de la mesa, observando con intensidad el mapa. Llevaba un rato tirándome del pantalón para que me sentara, pero estaba harta de descansar aquellos días.

—Las líneas que parten de un punto de origen y van a todos los lugares posibles en determinado tiempo. Micah ha descartado aquellas que no cuadraban con tus explicaciones, lo que ha reducido bastante la lista.

Con otro gesto del beta de la manada, una segunda capa holográfica se elevó sobre el mapa. Si esa era la lista reducida...

—No esperábamos que fuera fácil —me consoló Juniper—. Hasta que llegaste no teníamos ni un punto de partida. Alegra esa cara.

Bueno, tenía razón. No podía esperar que un laboratorio que había permanecido fuera del foco tantos años fuera fácil de encontrar. Mi padre era mucho más listo que eso y tenía auténticos genios desquiciados a su cargo.

—Estas son las rutas ajustadas a tus recuerdos: el cambio en el asfalto, el número de paradas, las rotondas, la ausencia de pasos por túneles y los giros que memorizaste. Lo que más me llamó la atención fue ese camino de grava final y la peste que te llegaba de vez en cuando al salir del coche.

—¿Estiércol? —apuntó Juniper.

—Puede ser. Pero dice que a veces detectaba algo químico, como amoniaco. ¿No, Faye?

—Sí, un olor fuerte y ácido. Siento no poder describirlo mejor, ojalá tuviera vuestro olfato.

El beta, que había vuelto a concentrarse en el mapa, contestó en tono distraído:

—Bueno, ojalá nosotros pudiéramos paralizar o marear a nuestros enemigos con un solo pensamiento.

—Exacto —murmuró Remi.

Noté que me ruborizaba y recé para que no se dieran cuenta. Cambié el peso de una pierna a otra.

Una tercera capa se elevó sobre el PTP.

—Estas son mis hipótesis más probables. Apuesto por el área del Valle.

—Señaló una tira estrecha de mapa que iba desde Portland, al norte, hasta Eugene, al sur.

Más de trece mil kilómetros cuadrados, según las cifras centelleando en un extremo—.

Hay miles de granjas, ranchos y comunidades agrícolas que podrían servir de camuflaje a unas instalaciones subterráneas.

El olor cuadra perfectamente con una explotación de avellanos, y el Valle es el mayor productor de avellanas de todo el país.

Utilizan fertilización nitrogenada intensa, así que cuando echan urea o amonio se puede generar esa peste de la que hablas.

No siempre huele: depende del viento, la humedad, la distancia.

.. Por eso no era un olor fijo. —Puntos azules comenzaron a brotar en el PTP, uno por cada granja o terreno dedicado a las avellanas—.

Carreteras privadas, terrenos aislados, pocos vecinos y controles.

.. Me parece el escenario ideal para cometer crímenes sin que nadie lo sepa y que un loco invierta millones en experimentos ilegales.

Remi examinó con atención la zona.

—Hay cerca de mil plantaciones de avellanos. Una aguja en un pajar.

Eso era justo lo que estaba pensando. Me mordí el labio inferior.

—Intentaré recordar más detalles.

Micah estiró los brazos por encima de la cabeza y le crujieron varios huesos a la vez.

—Estaría bien, pero tampoco te fustigues.

Tu padre se esforzó precisamente para que no pudieras encontrar tú misma el laboratorio ni conducir a nadie hasta allí.

Pero estoy seguro de que no contaba con que acabarías con nosotros.

—Al rotar los hombros, la determinación brillaba en aquellos ojos azules—.

Te subestimó a ti igual que subestima a nuestra especie.

—Y esa será su perdición —sentenció Juniper.

Los miré y sentí... algo parecido a la esperanza. Me contagiaron un poco de su seguridad y me hicieron recordar una vez más que el mundo no empezaba y terminaba con Valentin Kovalenko y Black Edge.

La tecnología era el ejemplo perfecto. Mi padre jamás esperaría que unas bestias contaran con tantos medios, mucho menos que supieran emplearlos a su favor.

Empezaba a darme cuenta de que siempre lo había visto todo a través de su ego y su sesgo: lo que opinaba de los cambiaformas, lo que los humanos merecíamos, las justificaciones para lo que hacía. ..

Me vinieron a la mente los altos muros electrificados de nuestra casa.

«Les tiene miedo», pensé de pronto. «Siempre los ha temido».

Y si toda su empresa y locura nacían del miedo al poder de los cambiaformas, no de creer que debíamos estar en igualdad de condiciones, significaba que yo estaba bajo el ala de uno de sus mayores temores.

El pensamiento me hizo sonreír.

«Aquí estás a salvo, Faye».

Remi me rozó la rodilla con la suya.

Micah rompió la pequeña burbuja cambiando la imagen del Valle por una maqueta en 3D de Black Edge. Un borrador diseñado con todo lo que yo había podido ver, descubrir o escuchar a lo largo de los años.

—Repasemos esto. Dices que el menos uno es un área de control, una planta vacía excepto por ciertas medidas de seguridad.

Bien, tenemos el menos dos para almacenamiento; el menos tres con los laboratorios; el menos cuatro con las áreas de descanso y vivienda de los empleados que vendieron su alma a Black Edge.

.. Que calculamos que debe ser una plantilla de unos cincuenta humanos, ¿cierto?

—No esperó a que yo contestara y siguió con su monserga.

Juniper me guiñó un ojo—. Las oficinas y los despachos están en el menos cinco, que es donde deben guardar toda la información.

No tienes ni idea de qué hay en el menos seis y en el menos siete están las celdas de contención.

¿Estás segura de que no hay más subniveles?

—Sí, el menos siete es el último. Cuando me llev...

Me quedé callada.

Tres pares de ojos cambiaformas se clavaron en mí.

Los labios de Remi se entreabrieron.

—¿Kovalenko te metía en las celdas?

Sí, cuando infringía las normas y les hacía perder el tiempo.

Noté que me sonrojaba un poco.

—Solo hay siete plantas. Y me imagino que el cero es el nivel de la calle.

Todos aceptaron mi torpe forma de escurrir el bulto.

Incluso el jaguar alfa que no me quitaba los ojos de encima.