20
Faye
Los grandes felinos no ronronean. Vibran. Y esa vibración ha dejado más de un colchón fuera de servicio.
Anécdota anónima en la revista Feralité
Remi Callahan era peligroso.
Y no por lo que todo Oregón sospechaba, por su figura mitificada y el terror que generaban las historias sobre los Colmilloscuro.
Era peligroso porque estaba acostumbrado a salirse con la suya y parecían importarle un pimiento las opiniones de los demás.
Los siguientes días, Inaya hizo de restaurar mi salud su misión personal.
Más de diez años de malos tratos no podían remediarse solo con comidas deliciosas, suplementos vitamínicos y siestas largas, pero me sentí tan acogida y cuidada que no dije ni una sola palabra.
Y la verdad era que cada día me levantaba con más energía.
Cada ducha era más refrescante que la anterior, porque no solo lo hacía para espabilarme y quitarme recuerdos de encima (tocamientos sin permiso, sangre, pegamento de esparadrapos), sino porque era agradable.
Mi propio reflejo en el espejo seguía siendo un problema, pero no iba a dejar de serlo así como así.
El centro neurálgico de la actividad de la sanadora era allí mismo, en la casa del alfa.
En una de las decenas de habitaciones de la primera planta (primera si entrabas desde la pequeña loma que se alzaba a la izquierda de la casa; la planta baja si accedías desde la puerta principal.
Aquello era un lío). Me acostumbré a seguirla como un bebé pato en sus primeros días, al principio para no estar sola.
No tardé en sentirme cómoda en las tres salas interconectadas que componían su consulta.
Me gustaba la ventana ovalada con vistas al bosque y que justo debajo hubiera una estantería a ras de suelo repleta de libros de medicina.
Que todo estuviera forrado en madera, oliera a canela y hubiera colores por doquier, un contraste gordísimo con las instalaciones del laboratorio.
La sala más pequeña carecía de cualquier tipo de aparato o instrumento médico, y por los sofás reclinables y las mullidas alfombras daba toda la pinta de ser un lugar en el que escuchar más que curar.
Entre esa zona y la enfermería propiamente dicha estaba el despacho de Inaya.
La primera vez que entré revoloteé por todas partes como una polilla atraída por distintas luces resplandecientes.
Leí todos sus títulos y diplomas, admirada por sus logros, acaricié el lomo de un vademécum que daba la impresión de ser muy antiguo y me sorprendí muchísimo al ver los módulos repletos de tecnología de vanguardia: un ECMO portátil, con tubos y conexiones pensadas para mantener a alguien con vida cuando los pulmones fallaban; láseres quirúrgicos; una EMT de alta precisión, capaz de estimular zonas concretas del cerebro sin abrir el cráneo; un escáner de cuerpo completo que generaba imágenes en 3D. ..
—¿Esto es un espectrómetro genético instantáneo? —Señalé el aparato boquiabierta.
Inaya me observó como si la que tuviera objetos a los que muy pocos centros en el mundo tenían acceso y que suponían una auténtica revolución en el mundo de la medicina fuera yo, no ella.
—¿Cómo lo...?
Pero yo estaba tan asombrada que ni me percaté.
—Se supone que solo están en instalaciones gubernamentales. —Hice una mueca—. Bueno, y en Black Edge.
Mientras seguía trasteando entusiasmada, sentí la mirada de Inaya en la espalda.
—Debe de interesarte mucho el tema si aprendiste tantas cosas a pesar de los motivos por los que te llevaban al laboratorio.
Asentí distraídamente. De primeras lo había visto como una cuestión de supervivencia: cuanto más supiera sobre todo lo que me rodeaba, menos miedo me daría.
Más control (aunque fuera imaginario) tendría.
Con el tiempo, casi a regañadientes, había empezado a emocionarme en pequeñas dosis cuando aparecían máquinas nuevas en el laboratorio.
Se lo conté a Inaya sin darme la vuelta.
—Seguro que piensas que estoy loca. Me comportaba como una niña la mañana de Navidad por aparatos destinados a, muy probablemente, hacerme daño a mí o a otros.
La sanadora tardó tanto en contestarme que, presa de la curiosidad, me giré. Incluso sentada tras su amplia y atiborrada mesa, se notaba su altura y el aura de poder que desprendía. Ella aportaba toda la calidez a aquel lugar, le salía por los poros del cuerpo, le llameaba desde el pelo rojo.
—Creo que conseguiste darle un poco la vuelta a una situación nefasta —afirmó, pillándome desprevenida—. Podrías estar aterrorizada de solo ver un bisturí y, en cambio, creo que tienes más conocimientos que muchos estudiantes de tercero de medicina.
Me sonrojé.
—Vaya, gracias, pero no creo que...
Señaló la silla de escay verde frente a ella.
—Coge el tensiómetro.
Acepté el corte brusco y dejé que me hiciera otra revisión.
—¿Dolores de cabeza repentinos? —Negué con la cabeza—. ¿Sueños o visiones?
—Nada desde la última visión sobre Summer, antes de lo del mirador.
—Y dices que hasta ahora no han seguido un patrón, ¿verdad?
—No que yo notara. Nunca sé cuándo será la próxima ni sobre qué. Solo me avisa con un poco de margen la punzada en la cabeza.
Y una parte muy pequeñita y tonta de mí quería creer que, ahora que había podido ayudar a una persona... Ahora que las imágenes de la sangre no se habían cumplido...
Tal vez...
No le comuniqué mi esperanza a Inaya. Era algo que, en el fondo, ni yo misma me creía.
Luego la sanadora me ordenó que arrastrara la silla hasta colocarla junto a la suya y me enseñó los programas informáticos que manejaba para controlar a todos los miembros de la manada.
Al día siguiente, me explicó el orden de los suministros en la alacena.
Y al otro, hizo una prueba con el sistema de guiado por ultrasonido de alta gama solo para mostrármelo.
Por sus sonrisas cada vez que yo hacía algún ruidito de asombro, me dio la sensación de que no había muchas personas por allí que compartieran su amor por la salud, la biología y los diagnósticos.
Y por fin, tras varios días en el territorio de los pumas (despierta, los que había pasado inconsciente no los contaba), decidí que priorizaba mi tranquilidad mental por encima de cualquier consecuencia y me trasladé a otro dormitorio tras preguntarle a Inaya cuáles estaban libres.
—¿Estás segura? —me preguntó con un brillo divertido en los ojos azules.
—Segurísima. —Solté mis pertenencias (que seguían cabiendo en el bolso) sobre la cama individual y asentí con firmeza—. Lo he visto durmiendo en una rama. ¡En una rama!
La mujer se rio por lo bajo.
—Bueno, eso no es tan raro como crees. Pero bien hecho. A un macho como Remi le hace falta que le lleven la contraria de vez en cuando.
—No lo hago por eso.
—Lo sé. —Me guiñó un ojo—. ¿Me ayudas con la comida?
—¿Con estas manos que no son capaces ni de pelar una manzana? Cuenta conmigo.
Tenía nulas habilidades en la cocina, pero Inaya era una mujer paciente en extremo.
Supuse que era la cualidad básica de una sanadora.
Aquellos seres vivían, respiraban y amaban el caos.
Y dentro de ese caos había unas directrices firmes que todos seguían sin cuestionar, con una obediencia que no venía del miedo, sino del más profundo de los respetos.
La casa, que era un laberinto de madera hermoso y lleno de ventanales, terrazas y recovecos para trepar, se llenaba y se vaciaba de miembros de la manada constantemente.
Siempre había guardianes que pasaban a comer, descansar, visitar la consulta de Inaya o a hablar con Remi cuando este no se encontraba fuera.
Aprendí que el groso de las fuerzas de los Colmilloscuro rozaba los ciento cincuenta integrantes, todos escogidos de entre los más fuertes, protectores e intimidantes y sin importar si eran machos o hembras.
Llegaban, me echaban vistazos muy poco disimulados, remoloneaban todo lo que podían y se marchaban sin dejar de mirar hacia atrás, hacia mí. Yo los saludaba y sonreía, consciente de que lo único que les impedía interpelarme directamente era alguna orden de su alfa.
Un alfa que siempre estaba ocupado. Bueno, ocupadísimo.
Entraba y salía de la casa decenas de veces al día.
Su teléfono no paraba de sonar. Parecía que siempre estaba ocurriendo algo que requería su presencia o su intervención.
Sin embargo, había captado las miradas de su círculo un par de veces.
Micah Campbell, Juniper Becker y Fabian Mendoza.
Los pumas más bestiales de toda la manada.
Duros, eficientes y envueltos alrededor de Remi de una manera.
.. hermosa. No me costaba ver los lazos que los unían, como auténticas hilachas brillantes que entrelazaban sus vidas.
Un atardecer, por fin, me reuní con Remi y su círculo en la sala táctica, una habitación destinada a cuestiones oficiales de la manada. La mayor parte del espacio lo ocupaba una enorme mesa de roble barnizado.
—Este es el radio de búsqueda que hemos establecido con tus directrices —me espetó Micah en cuanto entré.
Estaba claro que Remi había llegado a algún consenso con su beta y, aunque ni de broma podía afirmar que confiaba en mí o que me recibía con los brazos abiertos, no volvió a mencionar trasladarme a otro lugar o que mis peculiares habilidades fueran peligrosas.
Me pregunté si le había dicho la misma patochada que a mí.
«La razón siempre la tiene el alfa».
Pondría la mano en el fuego a que no. Un beta daría la vida por su alfa, pero Micah no tenía pinta de aguantarle las tonterías a nadie.
Eso sí, me miraba tanto como el resto de la manada. Como si esperara que de pronto me arrancara la ropa, me pusiera un cuenco sobre la cabeza y me pusiera a correr y a gritar. Vaya, como si estuviera loca.
Desenrolló de golpe lo que en un principio me pareció un mantel blanco de material sintético. Ocupó casi por completo la superficie de la mesa, unos cuatro metros de largo por dos de ancho. Juniper rescató su taza de cacao antes de que el mantel le pasara por encima.