Feral 19
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Remi

Es difícil determinar cuándo empieza la danza de apareamiento de los felinos. Se dice que su animal lo sabe antes que ellos mismos y que, para cuando su manada lo descubre, ya están todas las cartas echadas.

Manual no oficial sobre comportamientos de morfos felinos de los años noventa

Faye tenía poderes.

Por más que insistía en llamarlo anomalía o enfermedad, no podía (no podíamos) verlo de otra forma más que... poderes mentales.

El cubil se convirtió en un hervidero de preguntas. La atención de todos se dividía entre Faye, que se había vuelto a sentar en el sofá, y Fabian, que la observaba con fascinación desde la pared en la que se había recostado.

Inaya le estaba tomando el pulso a Faye con los ojos cerrados.

Noté una punzada en las cervicales y supe que se aproximaba otra migraña.

Que Faye hubiera tumbado en cuestión de segundos a Fabian era difícil de creer, pero cuadraba con lo sucedido en el mirador y las palabras de Summer.

Y la historia sobre sus visiones y el hecho de que hubiera comenzado a tenerlas a los ocho años. ..

«Hola. Te estaba esperando». Eso era lo que me había dicho aquella noche catorce años atrás. Y sí que me había estado esperando, de pie justo en el punto por el que yo había ingresado al jardín.

«He estado soñando contigo. Con este momento».

Cuando Inaya terminó, la miré. Todos aquellos años de convivencia y el haberme criado le permitieron interpretar la pregunta en mis ojos.

«¿Necesita descansar?». Era probable que Faye se hubiera hecho la valiente para cumplir las demandas de Fabian.

Hasta hacía nada había sido incapaz de salir de la cama.

La sanadora asintió sutilmente con la cabeza.

Fui hacia el sofá, me incliné y tomé a Faye en brazos. Esta soltó una exclamación.

—¿Qué haces?

—Es suficiente por hoy. Podemos hablar cualquier otra cosa por la mañana.

—Pero...

Micah se interpuso en mi camino. Ignoró mi expresión de advertencia.

—Sugiero trasladarla a uno de los refugios o a la cabaña de guardia más próxima.

—Sugerencia desestimada.

—Remi...

—Si le tuviéramos miedo porque puede hacer algo que nosotros no, tendríamos que comprarnos camisetas y banderines de las asociaciones antimorfos. En eso se basa su odio. En que nuestras diferencias los aterrorizan.

Lo dejé con la boca cerrada, incapaz de replicar.

Sabía que todos, incluido yo, necesitábamos tiempo para asimilar lo que acabábamos de descubrir: la existencia de una humana con, aparentemente, habilidades psíquicas, y que una conspiración científica secreta contra los cambiaformas era la causa de las desapariciones entre los de nuestra especie.

Todo capitaneado por un magnate que nos odiaba, que a su vez era el padre de la humana con habilidades psíquicas.

Era raro de narices.

Noté la mirada inquisitiva de Faye, pero también hice caso omiso hasta que llegué a mi dormitorio. La puse en el suelo a los pies de la cama y la observé.

La observé de verdad, ahora que sabía todo lo que ocultaba. O eso esperaba.

—¿Hay algún poder más del que deba tener constancia antes de bajar a pelear con mis guardianes?

Apretó los labios.

—No quiero que discutas con ellos por mí. Tienen razón.

—La razón siempre la tiene el alfa.

Enarcó una ceja.

—Si eso fuera así no necesitarías un círculo a tu alrededor.

Me pareció tan bonita replicándome en ese momento, a pesar de que el cuerpo le temblaba como una hoja al viento, que no pude resistirme a tocarla de nuevo.

Le acaricié la mejilla y medí su reacción.

Las pestañas le aletearon un pelín, pero no exudó ni una pizca de miedo o repulsión.

No lo había hecho ni una sola vez. Como si supiera instintivamente que podía confiar en mí.

Mi jaguar se acicaló presuntuoso. Le satisfacía que ella no nos rehuyera, pero era peligroso para mí saber que nos aceptaba con tanta naturalidad. Mi parte codiciosa era gigantesca. Y mis rasgos dominantes estaban alerta desde que había vencido con tanta facilidad a Fabian, con un solo pensamiento.

¿Podría tumbarme a mí? Pensarlo me excitaba.

Le tracé el pómulo con el pulgar y suspiró entreabriendo los labios. Eran voluptuosos y apetecibles y deseé que las circunstancias fueran otras, daba igual cuáles, y que ella estuviera en mis dominios porque quería y no porque no le había quedado otro remedio.

—Gracias por estar vivo —susurró.

Mi corazón se estremeció.

—¿Ya lo has deducido?

—No creo que haya muchos más jaguares negros de ojos verdes por Oregón, la verdad. Pero ¿cómo es posible? Los empleados de mi padre... te mataron. Te dispararon.

—No fui yo el que murió aquella noche.

Me estrujó la camiseta entre los dedos.

—¿Qué?

No era el momento de hablarle de mi madre, y ni siquiera se trataba de ella. Faye era fuerte, pero yo no me sentía con ánimos de contarle la verdad.

—Se confundieron y mataron a otro morfo. Yo escapé.

—Dios. —Sacudió la cabeza—. Sigue siendo espantoso, pero... Agradezco que estés vivo, de verdad. Estuviste en peligro por mi culpa.

—Yo salté ese muro —le recordé con calma. Le recorrí el rostro con la mirada, absorbiendo cada detalle e intentando compararlo con los recuerdos borrosos de aquella noche—. Lo mismo digo, ¿sabes? Gracias por estar viva, porque llegué a creer que ni siquiera eras real.

Se le escapó una pequeña sonrisa triste.

—Es curioso que nos hayamos vuelto a reunir... y que tú hayas resultado ser tú, y yo ser yo.

Sí, curioso era un término suave para definirlo, pero algo en mi interior tenía otra palabra guardada para aquello.

—¿Cómo es que eres un jaguar? Pensaba que todos los Colmilloscuro eran pumas.

—Lo son. Hubo una excepción hace dos generaciones, cuando mi abuelo materno decidió abandonar Willamette para viajar antes de establecerse como el alfa.

En Panamá conoció a Alison Tatlock, otra cambiaformas viajera.

Ella pertenecía a una manada de jaguares del sur del continente y, además, había nacido con melanismo, por lo que mostraba un pelaje sorprendentemente negro.

Se emparejaron y tanto la subespecie de Alison como su mutación resultaron hereditarias; pasaron a mi madre, Tessa, y posteriormente a mí.

—Una mutación —repitió en un susurro.

Fuera lo que fuera lo que estaba pensando, no me gustó cómo se le opacaron los ojos.

—Aquí estás a salvo, Faye.

—Sí, eso ya me lo has dicho antes.

Di otro paso hacia ella, cerrando la distancia entre ambos, y le incliné la cabeza hacia atrás.

Nuestra diferencia de altura me permitía observarla desde arriba, con la yugular vulnerable, y, aun así, sentirme insignificante al verme reflejado en sus ojos y en la negrura fisurada del izquierdo.

Me parecía una estrella misteriosa en medio de un rostro precioso.

La contemplé al mismo tiempo que ella me contemplaba a mí y no tuve dudas: era hermosa y frágil por las circunstancias, pero eso no la convertía en alguien débil.

Había una intensidad bajo su piel que hablaba de una persona que no era fácil de moldear.

Alguien a quien habían golpeado como hierro caliente y que había resistido todos y cada uno de los empellones.

Era excepcional.

Le deslicé el otro brazo por la cintura, despacio, y noté su escalofrío.

La piel expuesta de su cuello me llamaba como un canto de sirena.

Me hacía preguntarme si su sabor sería tan magnífico como imaginaba.

Sabía que era suave después de haberla duchado, después de haberla tenido entre las manos húmedas, y maleable.

A veces podía ser un caballero y lo había omitido delante de ella, pero no podía quitarme la imagen de la mente.

Ni quería.

—Lo digo en serio. —Con sutileza, le colé un dedo bajo la camiseta y le acaricié la piel de la cadera. Su respiración se tropezó—. Te quedarás aquí tanto tiempo como quieras y, como mínimo, hasta que todo se solucione y estés a salvo. Nadie cuestionará eso.

—No tengo otro sitio al que ir, así que gracias. Pero tal vez debería cambiar de dormitorio.

Estreché la mirada.

—¿Por qué?

—Porque este es el tuyo.

—¿Y?

—Y me gustaría disipar las dudas de tu círculo, no generar más.

—Cuando lleves aquí un tiempo te darás cuenta de que el trabajo de mi círculo es tener dudas, preguntas, exigencias y preocupaciones. Les encanta angustiarse.

—Incluso así...

—Te quedarás aquí. —Le tracé la línea de la mandíbula con los nudillos mientras pasaba el resto de la mano bajo la camiseta y sacaba un pelín las garras.

Lo suficiente para que ella las sintiera como una caricia más brusca, una declaración de intenciones, y se quedara sin aliento por la sorpresa—. ¿De acuerdo?

Antes de que pudiera replicar, bajé el rostro y deposité el más ligero de los besos en sus labios.

Apenas un roce, propagando fuego por mi cuerpo y agitando al jaguar.

Separé la cabeza antes de no poder seguir pensando con claridad, con su aroma clavado en lo más profundo y su respiración chocando contra la mía.

Para los felinos, aquello no era nada. Las muestras de afecto eran muy comunes.

Los marcajes solían ser más profundos y contundentes, imposibles de ocultar.

Pero supe que ella no estaba preparada para algo así todavía.

Los humanos tenían toda clase de protocolos ridículos cuando les gustaba alguien que los morfos no entendíamos.

Pestañeó, completamente confundida. El contacto había sido tan breve que no había tenido tiempo de reaccionar. Su aspecto justo en ese momento me gustó. Prometí que conseguiría más expresiones así en el futuro.

—Me tomaré eso como un sí.

—¿Me has besado?

Era probable que se tratara de su primer beso, pero no le di muchas vueltas para que el jaguar no se pusiera a rugir victorioso por las distintas mierdas prehistóricas ligadas a mi parte animal.

Esbocé una amplia sonrisa.

—No te lo tomes muy a pecho, los gatos somos muy afectuosos. Buenas noches, florecilla.

—¡Oye, me has besado !

Cerré la puerta y me alejé por el pasillo todavía sonriendo. El conato de migraña había desaparecido.