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Remi
Fallece Kanon Minagawa, referente de la danza clásica, a los treinta y siete años
La coreógrafa y empresaria fue hallada sin vida en su domicilio.
El mundo de la danza amaneció ayer conmocionado tras conocerse el fallecimiento deKanon Minagawa, bailarina de prestigio internacional y fundadora delHana Atelier, uno de los estudios de danza más influyentes y respetados del país.
Minagawa fue hallada muerta en su residencia durante la mañana del martes.
Según fuentes cercanas a la investigación, todo apunta a que la causa de la muerte habría sido unfallo cardiaco, aunque se está a la espera del informe forense definitivo.
Artículo de periódico de hace veintiún años
Juniper fue a buscar a Micah mientras yo conducía a Faye al cubil, que era como llamábamos al salón del primer nivel.
—Toda esta planta es territorio comunitario para la manada —le expliqué mientras sus ojos bicolores recorrían el amplio espacio.
Una pared entera estaba formada por cristaleras con acceso directo a una terraza y, de ahí, al bosque.
Solía ser la entrada preferida para la mayoría de los miembros.
El resto del cubil era un rompecabezas de sofás, sillones, alfombras, estanterías empotradas deterioradas por el tiempo y otras nuevas, camareras a rebosar de velas o de las labores de costura de Inaya, y unas cuantas mesas que habían llegado en distintas épocas y no tenían nada que ver las unas con las otras.
El minibar del rincón tenía unos veinte años y lo había diseñado y lijado mi padre—.
Entran y salen a placer. Aquí pueden descansar y reunirse, aunque suelen venir para hablar conmigo o para encontrar a otros miembros.
Tal vez para Faye aquello era un caos. Kovalenko era uno de los hombres más ricos de Norteamérica y me imaginaba la clase de casa que tendría.
Sin embargo, abrió sus preciosos labios, respiró y sonrió.
—Tiene mucho encanto.
Me relajé y olfateé con discreción su delicioso aroma a cedro y ámbar. Parecía estar bien, despierta y sin temblores. Según Inaya, había mostrado una resiliencia digna de uno de los nuestros. Yo no podía estar más de acuerdo.
El pelo oscuro le caía en cascada sobre los hombros, liso y brillante. Se había puesto otro de los conjuntos que había conseguido para ella, pidiéndolos prestados a mujeres de la manada con medidas parecidas, y los pies descalzos le asomaban bajo unos vaqueros acampanados.
Debía conseguirle ropa propia. Si a una parte de mí le pareció absurdo porque tal vez ella no se quedara mucho tiempo más, la silencié de un portazo. La imagen de Faye en mi casa, descalza y cómoda, me activaba todos los sentidos más perversos y egoístas.
Cuando Juniper y Micah entraron al cubil, su mirada revoloteó hacia ellos. Se demoró una milésima de segundo más en mi beta, pero, si opinaba algo o le habían causado alguna impresión las quemaduras, no lo demostró.
Con eso mostró más aplomo que la mayoría de los aspirantes a guardianes.
—Hola —saludó.
—Faye, te presento a mi círculo. Juniper es la jefa de informática y bioseguridad de la manada. Este es Micah, mi beta. Y por alguna parte debe estar Fabian, tocando los cojones en silencio.
Faye asintió.
—Encantada de conoceros. ¿Es posible que ese sea Fabian?
Señaló las cristaleras, apuntando directamente hacia una de las ramas del pino ponderosa que llevaba años ganando terreno sobre la casa. En breve habría que recortarlo.
Todos nos quedamos pillados.
El propio Fabian abandonó su postura agazapada sorprendido.
Al moverse, su pelaje dorado brilló tenuemente entre la hojarasca.
Sin embargo, Faye no debería haber sido capaz de verlo.
Los humanos no solo no poseían la capacidad de detectar depredadores así como así (de ahí que no estuvieran en lo más alto de la red trófica, ni cerca), sino que Fabian era, con diferencia, el más furtivo de los Colmilloscuro.
Por eso llevaba más de un año intentando convencerlo de que diera clases de acecho a los novatos.
Faye percibió el cambio en nuestras expresiones y bajó el brazo.
—Estaba escondido, ¿no?
Juniper soltó una risita.
—Acabas de joder el gran ego de nuestro Golden Boy. Gracias.
—No era mi intención.
—Gracias —repitió Juniper, para luego hacerle una mueca a Fabian.
El susodicho enseñó los dientes y desapareció de un salto.
Faye suspiró.
—Bueno, esto me vale como prueba de todo lo que os voy a contar. Yo... quiero ir al grano y deciros algo importante.
Micah tomó asiento en su butaca preferida, uno de los muebles más viejos del cubil y que tenía los faldones destrozados por los zarpazos y mordiscos de varias generaciones de cachorros.
Los muelles y la madera crujieron bajo su gran peso. Clavó la mirada azul y hostil en Faye.
—Somos todo oídos —murmuró.
Lo miré al mismo tiempo que estiraba las orejas hacia atrás, el jaguar gruñendo en silencio, y mi mejor amigo suspiró y se arrellanó en la butaca. Había captado el mensaje: «No te pases».
Rodeé la mesa de centro que unos cachorros gamberros habían forrado el año pasado con piedras del río, pegatinas, tachuelas y chapas de botellas.
A Inaya le había gustado tanto que lo había cubierto con resina para que nadie se cortara y había dado el visto bueno.
Indiqué el sofá color calabaza a Faye. En cuanto se sentó, me deslicé a su lado, apoltronándome contra el respaldo, y no me preocupé por cuestiones humanas como el espacio personal.
En mi opinión, los diez centímetros que nos separaban eran una muestra gordísima de educación por parte del jaguar, que no paraba de agitar la cola por el olor de Faye.
Juniper pateó los cojines del sofá naranja (que en su día fue marrón y anteriormente azul) y balanceó las piernas sobre el respaldo.
Si Inaya pasaba y la veía así, le caería una buena bronca.
Los ojos avellana saltaban de Faye a mí constantemente.
Solo le faltaba un letrero en la frente que retransmitiera sus pensamientos.
Era obvio que tener toda aquella atención incomodaba un poco a Faye. Tenía la espalda tan tiesa que, incapaz de resistirme, enrosqué un mechón de su cabello en el dedo.
Me miró por encima del hombro, regalándome una vista cercana y completa de sus preciosos ojos. No podía dejar de pensar que el izquierdo estaba hecho de lo mismo que los glaciares de Nunavut. Acto seguido apartó la vista del tirón. Si pensaba que estaba siendo sutil rehuyendo mi mirada...
—Supongo que lo primero que os habéis preguntado es cómo puedo ser hija de Valentin Kovalenko si, a ojos del público, no tiene descendencia.
La historia completa es... complicada y hay detalles que desconozco.
He averiguado cosas aquí y allá conforme iba creciendo.
Al menos sé quién era mi madre: Kanon Minagawa.
El nombre me resonó enseguida.
—¿La fundadora del Hana Atelier?
—Sí. —Faye se colocó el pelo tras la oreja, tirando con mucha sutileza para que lo soltara—. Podríamos resumirlo en que ninguno quiso hacer pública su relación ni mucho menos el embarazo. Y, si alguien preguntara a mi padre, este diría que me ha mantenido oculta por mi propia seguridad.
—Eso no parece muy propio del Kovalenko que conocemos —murmuré.
—No, no lo es. Mi padre no hace nada que no sea en beneficio propio.
La atmósfera de la estancia cambió junto con sus palabras. Fuera, el coro de ranas arborícolas y lechuzas hacía que el aire temblara como si llevara electricidad.
—Los cambiaformas en general no tenemos aprecio a personajes como tu padre —añadió Micah con acritud—. Se ha posicionado públicamente en nuestra contra y financia asociaciones que atentan contra nuestros derechos.
Faye no parecía ofendida por las palabras de Micah, como si estuviera de acuerdo con él. Antes de que pudiera contestar, Inaya apareció con una bandeja a rebosar de tazas de chocolate y platillos. Micah se levantó enseguida para ayudar a su madre y Juniper bajó los pies del respaldo con disimulo.
—Os traigo un refrigerio, estoy segura de que no habéis comido.
Colocó todo sobre la mesita de centro, repartiendo el trozo más grande de tarta de zanahoria a Faye.
—Todavía no he digerido lo de antes —murmuró la chica.
Inaya se limitó a mirarla y, tras unos segundos, Faye suspiró y cogió la tarta. La sanadora no se marchó hasta que la vio dar dos bocados.
Bien, eso significaba que se había tomado a pecho la alimentación de Faye.
—Busqué información sobre ti —dijo Juniper. Tomó su taza de chocolate y se la llevó al pecho—. Averigüé que eras la hija de Valentin Kovalenko gracias a una minúscula fuga de datos de una empresa subsidiaria. Allí aparecía tu nombre completo.
Faye parpadeó asombrada.
—Debes de ser una informática asombrosa. Vireon cuenta con una infraestructura digital completamente blindada y yo ni siquiera estoy registrada públicamente.
Mi amiga sonrió de oreja a oreja. Nada como alabar sus habilidades para contentarla.
—Fue como intentar colarme en un castillo medieval rodeado de lagos de fuego pixelados y dragones digitales.
Faye asintió.
—No lo dudo. El caso es que probablemente todo lo que habéis estado investigando durante años conduce al mismo punto, y eso es de lo que os quiero hablar.
Hay un lugar en el que mi padre pasa la mayor parte de su tiempo, cuando no tiene que hacerse cargo del resto de las filiales, y es el laboratorio.
—¿Qué laboratorio? ¿El de Vireon Corp en Portland? —inquirí.
—No. Este pertenece a Black Edge.
—¿Black Edge? —Juniper había sacado su pad, dejando a un lado su chocolate, y ya estaba tecleando—. No me suena.