Feral 16 #2
27%

16 #2

Me apoyé en la porcelana y traté de serenar la mente.

¿Qué era lo mejor que podía hacer dadas las circunstancias?

La Faye que fantaseaba desde su cama con una vida distinta... Esa Faye, ¿qué creería que podía hacer aquí? ¿Qué decisiones tomaría desde la comodidad de creer que era poco probable que sucedieran?

Esa Faye era optimista, valiente y romántica de un modo tonto.

Vería el hecho de estar con los Colmilloscuro como una oportunidad increíble de aprender más sobre los cambiaformas que siempre la habían fascinado.

Creería que podía ayudarlos. No sentiría vergüenza al explicar lo que le había ocurrido y buscaría la forma de darle la vuelta a la situación.

Se enfrentaría a lo que había hecho, diría la verdad y asumiría lo que decidieran los Colmilloscuro, porque tenían derecho a saberlo. Ellos y todas las manadas afectadas.

Pero, sobre todas todas las cosas, esa Faye indagaría en el hecho de que Remi Callahan fuera un jaguar negro de ojos esmeraldas.

No había dejado de frotarme la nueva cicatriz. ¿Podía ser la única marca en mi cuerpo que me gustara? Con cada pasada de los dedos sobre la piel nueva, más renovada me sentía. Tal vez esa sensación podía extenderse. Tal vez extirpar el chip era solo el primer paso.

Tal vez estaba en el único lugar en el que mis anomalías no serían mal recibidas.

Salí a un pasillo iluminado, repleto de ventanas exteriores. Pude ver el sol entre las frondosas ramas de los abedules y deduje que eran al menos las cuatro de la tarde.

Seguí el rumor lejano de unas voces sin hacer el más mínimo ruido. Literalmente.

Con los años había aprendido que mi maestría para escabullirme o pasar desapercibida no era normal.

Lo había estado haciendo de forma natural, inconsciente, y no fue hasta casi la adolescencia cuando me di cuenta de que se trataba de otra ramificación de la enfermedad: no solo podía influir en el sistema nervioso de los demás, sino en el mío propio.

Mi sigilo dependía de dos factores: que mis pasos no impactaran como los del resto y que mis propios huesos y articulaciones no se unieran a la fiesta crujiendo en el momento menos oportuno.

En definitiva, hacía una modulación muscular consciente en las plantas de los pies y me convertía en una amortiguadora andante, realizando microajustes y redistribuyendo el peso.

También me movía en un rango de fuerza mínima que me silenciaba el propio cuerpo, activando una especie de modo silencioso.

Las voces me guiaron a una preciosa escalera barnizada. Descendí hasta que pude distinguir las palabras.

«No los estoy espiando», me dije. «Solo... necesito evaluar la situación».

Escuché un golpe seco.

La voz de Remi Callahan musitó con hartazgo:

—Adelante, Micah. Habla antes de que te dé un aneurisma.

—Como si eso fuera posible —murmuró otra voz masculina.

Alguien gruñó y el que solo podía suponer que era Micah contestó:

—No debería estar aquí.

—Es inocente.

—¿Cómo lo sabes?

Estaban hablando de mí, no tuve ninguna duda. Me acuclillé con cuidado en mitad de la escalera. Tenía ante mí un recibidor de múltiples arcos sin puerta. Las voces provenían de la izquierda, junto con el delicioso olor de dulces horneándose.

Las energías de todos esos cambiaformas me repicaba contra la piel, haciéndome cosquillas. El salvajismo que transmitían sus animales interiores era abismal. Todos los que estaban allí eran dominantes, estaba segura.

Remi no contestó y Micah prosiguió:

—Todavía tenemos que averiguar muchas cosas que no cuadran. Entiendo por qué la proteges, sabes que lo hago. Pero no podemos descartar un peligro potencial.

—Sube y habla con ella un rato. Luego ven y dime si te sigue pareciendo una amenaza.

—Sé qué aspecto tiene una damisela en peligro y cuán engañosa puede ser. ¿Quieres que hablemos de que le enseñaste los colmillos a Fabian la otra noche?

—¿Por qué? ¿Estás celoso? —La voz de Remi sonaba amortiguada, como si estuviera masticando algo—. Puedo mostrarte los dientes cuando quieras.

—Vamos, vamos —intervino la voz de Inaya—. Necesito ayuda para volver a meter la bandeja en el horno.

Tras un momento de tensión, dos pares de pasos se alejaron hacia lo que supuse que era la parte posterior de la casa.

Alguien empezó a chuparse los dedos.

—Te la juegas mucho con Micah, ya sabes lo rencoroso que es. —La que hablaba parecía una chica joven y sonaba a medias entre divertida y resignada—. Si yo fuera tú, revisaría todas mis bebidas a partir de ahora.

—Parece que todavía no te has recuperado de aquel laxante. —Sin saber muy bien por qué, me imaginé a Remi sonriendo con sorna.

— Nadie se recupera de no poder abandonar el retrete durante quince días. —La chica hizo una pausa—. Dicho esto, estoy un poco de acuerdo con Micah.

—¿Tú también, Juniper?

—Estamos todos en el mismo barco. ¿Verdad, Fab?

—Nadie respondió—. Vale, acógete a la quinta enmienda si quieres, pero ambos sabemos que piensas lo mismo.

Entendemos que la hayas ayudado y estamos de acuerdo.

Salvó a los cachorros, guardas un recuerdo muy especial de ella y necesitamos respuestas.

Pero ¿era necesario que se quedara en tu casa?

—Hizo otra pausa dramática—. ¿Y en tu cama?

—Necesitaba asistencia y vigilancia, y yo descansar. Me pareció lo más eficiente.

—Ya. —La voz de la chica, Juniper, goteaba escepticismo.

Cerré los ojos con fuerza.

«Guardas un recuerdo muy especial de ella».

¿Qué recuerdo podía ser ese?

¿Era... era posible? No era tan tonta como para que la posibilidad no se me hubiera pasado por la cabeza, pero...

Se suponía que lo habían matado los empleados de mi padre aquella noche. Una mujer se había desangrado delante de mí por eso, de hecho.

Juniper cambió de tema con ligereza.

—El teniente Reed ha solicitado acceso a las grabaciones del coche en el que se llevaron a la chica humana.

Contuve el aliento. ¿Una de las chicas había sido secuestrada? ¿Sería una de las que había oído gritar en el bosque?

—Dáselo, ese hombre es un auténtico grano en el culo cuando quiere algo —gruñó Remi—. Pero que Cindera le deje claro que lo estamos investigando. No dejaremos de buscar a Amanda, eso fue un ataque coordinado contra cambiaformas.

Hubo una pausa de unos segundos.

—Summer está destrozada —murmuró Juniper con voz grave—. No para de culparse.

—Lo imagino. Se escabulleron para pasarlo bien y su vida ha dado un vuelco. No quería eso para ella... No quiero eso para ninguno de nuestros cachorros, joder.

—Yo tampoco, Rem.

El silencio volvió a alargarse y, de fondo, podía escuchar el murmullo de las voces del tal Micah e Inaya, junto con el sonido de platos entrechocando. Me puse en pie y tomé una decisión con tanta impetuosidad como había decidido abandonar mi casa para ir hasta el mirador.

Bajé el resto de los escalones y giré hacia la estancia en la que estaban reunidos... o al menos lo intenté. Un cuerpo alto y ancho estaba en el mismísimo umbral y me hizo apartarme de un brinco, sobresaltada.

Remi Callahan tenía una ceja arqueada, los brazos cruzados y un hombro apoyado en la pared. ¿Qué? ¿Cómo...?

—Yo también sé ser discreto cuando quiero —me dijo en voz baja.

Allí, sus ojos me parecieron más jades que esmeraldas, como si el color reflejara su estado de ánimo. Eran tan prístinos que me vi un pelín reflejada allí...

«No llevas las lentillas».

La vergüenza arraigada me hizo bajar la vista.

Lo sentí observarme con mucha atención. O tal vez siempre miraba a las personas de la misma forma, como si pudiera adivinar sus intenciones, cadáveres y secretos solo poniéndole mucho empeño.

—No dejas de sorprenderme, florecilla.

—¿Me has oído?

Tal vez mi habilidad no funcionaba con cambiaformas, mucho menos con felinos. Eran prácticamente antenas parabólicas.

Una de las comisuras de su boca se alzó.

—Te he olido .

Ah. Claro. El superlativo olfato de su especie. ¿Cómo no lo había pensado?

—¿Decepcionada? No te desanimes, he sido el único que te ha percibido. Has pasado bajo el radar de mi círculo y la sanadora más feroz de todo Oregón. No muchos seres pueden presumir de algo así.

No quise reconocerlo, pero saberlo sí que me levantó un poco el ánimo.

—¿Y tú? ¿Es porque eres un alfa y tus sentidos son superiores a los del resto?

Sus ojos me recorrieron el rostro. Fue como una caricia sin tacto, la sensación fantasma de un dedo acariciándome la mejilla, el borde del labio y el mentón.

—Algo así —murmuró.

Al final, la pequeña culpa en mi interior se manifestó.

—No pretendía escucharos a escondidas. Solo... —No sabía muy bien cómo expresarlo.

—Seguramente yo habría hecho lo mismo después de todo lo que has vivido. Espero que pronto entiendas que no es necesario. —Antes de que pudiera responder, cabeceó hacia la habitación a su espalda—. Ven, te presentaré a mi círculo. No muerden... la mayoría de los días.

—¿Ni siquiera ese Micah tan rencoroso?

—No se lo permitiría.

Había humor en su tono, pero también algo más... acerado. Como una promesa.

«Guardas un recuerdo muy especial de ella».

—Claro, me encantará conocer a los protagonistas de algunas de las historias más terribles de Oregón.

—¡Bien! —exclamó alguien con entusiasmo. Una cambiaformas delgada con el pelo del color de las lilas apareció junto a Remi. Este se puso en tensión—. Me habría decepcionado mucho que dijeras que no.

Era más alta que yo (aunque empezaba a darme cuenta de que esa sería la tónica estando entre depredadores; incluso Summer me había superado en altura), preciosa y emitía unas vibraciones de auténtica cabrona disfrazada de princesa.

No me dejé engañar por los hoyuelos de las mejillas y el hecho de que pareciera incluso más joven que su líder.

Si pertenecía al círculo del alfa debía ser una de las pumas más fieras de toda la manada.

Aunque en aquel momento estuviera metiéndose una onza de chocolate en la boca.

—Juniper... —Remi apenas movió los labios, pero la advertencia estaba clara.

Ella puso los ojos en blanco.

—A veces creo que nos consideras bestias incivilizadas.

Remi señaló un montoncito de ropa que había en otro pasillo que parecía conducir a un costado de la casa. Lo que estaba en la parte alta juraría que eran unos calzoncillos.

—¿Y me equivoco?

Juniper puso los ojos en blanco.

—Fabian es... Fabian. Es más gato que hombre. Pero ¿Micah y yo? —Le rodeó los hombros con el brazo a su alfa o al menos lo intentó. Por muy esbelta que fuera, Remi seguía superándola en unos buenos quince centímetros—. Auténticos angelitos que ronronean.

Remi inspiró hondo y, en un movimiento demasiado rápido para la vista común, la cambiaformas le metió otro trozo de chocolate en la boca.

—Estabas a punto de ponerte a gruñir —dijo cuando la atravesó con la mirada—.

Recuerda una cosa, ¿quieres? Esta chica se interpuso entre una cambiaformas y dos personas armadas con un buen par de ovarios, por no hablar de que ha dormido contigo varias noches seguidas.

Sobrevivirá a tu afable círculo. —Me guiñó un ojo—. ¿Verdad, Faye?

O me caía bien o le tenía un poco de miedo. Todavía no lo tenía claro.