Feral 16
26%

16

Faye

Doctora R AVENA M OREAU , e-mail interno de Black Edge

No me daba vergüenza admitir que me había hecho la dormida. Tras ayudarme con el baño, proporcionarme ropa limpia, arroparme y comportarse como el epítome de la estabilidad emocional frente a la ciudad en ruinas que era yo, Remi Callahan se había apoltronado en una butaca junto a la cama.

Lo había descubierto al abrir tentativamente los ojos tras otro colapso.

Me habían dado ganas de estirarme y levantarme, pero verlo allí, con un tobillo apoyado sobre la otra pierna y una especie de tableta en la que garabateaba sin descanso, me había quitado las ganas.

Como tampoco me apetecía abrir la boca y preguntarle todas las dudas que me asaltaban (¿Dónde estaba exactamente?

¿Por qué me cuidaba él en persona? ¿Era para vigilarme?

¿Cuántos jaguares vivían en el bosque de Willamette?

¿No se suponía que los Colmilloscuro eran una manada solo de pumas?

¿Era posible que a él lo hubiera conocido ?

¿Cuáles eran sus planes para mí?), me limité a observarlo en secreto.

Me bebí cada uno de sus ceños fruncidos, los suspiros que contenía para no hacer ruido, la forma en que se quedaba muy quieto mientras meditaba algo, y su manía más frecuente: frotarse el pelo cortado al ras.

Para cuando alguien lo llamó y abandonó la habitación, habría podido describir su rostro de memoria. Con cada vello, poro, pestaña y línea tatuada.

Al quedarme sola y no tener con qué distraer la mente, la realidad intentó aplastarme de nuevo.

Antes de que ocurriera, salté al suelo. Caminé de un lado a otro hasta que el ligero mareo pasó de largo; era normal después de tantos días encamada y con sueros.

Si estuviera en casa ya estaría tomando mi ristra habitual de medicinas.

Allí... no era necesario.

Al parecer, no lo sería nunca más.

Sentí la llegada de la hiperventilación, así que me puse a explorar la habitación mientras realizaba estiramientos. El chándal gris de algodón ayudaba.

Escruté el bosque a través del ventanal triangular (de día era mucho menos siniestro) y disfruté de la suavidad de las alfombras bajo los pies descalzos, aunque me pareció que la habitación estaba demasiado caliente.

Abrí una de las pequeñas secciones del ventanal y asomé la cabeza para comprobar si.

.. Sí, en efecto. Había pequeños salientes que no solían estar en las fachadas de las viviendas humanas, distribuidos a distintas alturas y sin orden aparente.

Agarraderos para escalar y saltar con mayor facilidad, tan distanciados entre sí que solo podrían ser utilizados por grandes felinos.

Revitalizada por el aire frío del exterior, apagué la estufa y me pregunté si Remi la habría encendido solo por mí. Me concentré en las pequeñas piezas del puzle que estaban a mi alrededor y me permitían desencriptar un poco al alfa.

Un título de Ingeniería Ambiental estaba enmarcado sobre el escritorio. Había estudiado a distancia en la Universidad de Oakland, una opción muy común para los depredadores que no querían lidiar con compañeros humanos susceptibles.

También tenía bastantes libros sobre mitologías, medioambiente y etomorfología. Un pequeño diccionario sobre las lenguas nativas de los esquimales me sorprendió.

Por no hablar de la cantidad de mantas que había por todas partes, como si quisiera acolchar y ser capaz de apoltronarse en cualquier rincón (lógico, por otro lado).

Una viga de madera casi de mi altura había sido adherida a la pared y estaba arañada de arriba abajo (¿su rascador personal?).

Acaricié con suavidad los profundos surcos y me surgió una sonrisa espontánea al imaginarme al gran y terrible jaguar del mirador liberando tensiones contra la pobre madera.

Por último, tropecé con un objeto familiar sobre el aparador. ¡Mi bolso! Lo había soltado junto al mirador para poder ayudar a Summer.

Estaba un poco emocionada al recuperar algo que me pertenecía, pero la sensación fue muriendo al mirar dentro y comprobar aquello que había guardado a toda prisa sin pensar demasiado, solo con la idea de que tal vez no volviera: una pequeña linterna, la navaja multiusos que robé a uno de los de seguridad hace años, las lentillas que me quedaban, una botella de agua reutilizable y mis únicas puntas de ballet .

Las rocé con los dedos. ¿Lo habrían registrado todo? Seguro que sí. Una manada de cambiaformas como aquella no sobrevivía sin ser desconfiada y hostil con los desconocidos.

Contemplé mi alrededor una vez más, con la agonía reptándome finalmente por el pecho. Estaba en la privacidad de otra persona. Estaba allí sin estarlo en realidad. Había salido de casa con una sola cosa en mente y sí, la había cumplido, pero una parte de mí...

«... había esperado morir la otra noche tras salvar a Summer».

Respiré hondo. No más colapsos. Pensar en la expresión de Remi si regresaba y me veía tirada en el suelo me motivó. Aunque fuera por mera vergüenza.

Alguien tocó a la puerta en el momento justo en el que el bucle amenazaba con consumirme. Era la cambiaformas alta de pelo rojo. Exudaba una energía... sutil. Mientras Remi resultaba apabullante y electrificaba mis sentidos, ella parecía acariciarlos.

—Hola.

Su mera presencia murmuraba: «No soy una amenaza. Puedes bajar la guardia».

Una sumisa. Aunque ese era el término menos popular para los miembros de las manadas que no poseían ni un solo cromosoma dominante. Había oído que lo políticamente correcto era...

La hembra colocó una bandeja que olía de maravilla sobre el diván a los pies de la cama.

—Cuidadores —indicó. Su piel madura estaba salpicada de pecas—. El término no peyorativo es cuidadores. Los genes dominantes o sumisos son meros indicadores de qué papel puedes desempeñar en una manada, pero ninguno es más importante que el otro.

—Lo siento —musité. No había sido nada sutil observándola.

Sonrió divertida.

—No pasa nada, llevas días rodeada de guardianes y un alfa bastante intenso. Es normal que mi presencia te llame la atención.

—Inaya, ¿verdad? —La mujer asintió—. Remi me habló de ti. Eres la sanadora de la manada... y has atendido a una auténtica desconocida. Gracias.

Inclinó la cabeza hacia un lado sin dejar de mirarme. Un gesto depredador que me recordó que, independientemente de su lugar en la jerarquía, dentro de aquel cuerpo había una puma.

—Lo estás haciendo bien.

Lo dudaba muchísimo.

—Gracias. Y también por la comida. ¿La has hecho tú?

—En persona. Remi me ha pedido que supervisara un menú que te ayude a recuperar fuerzas.

—No lo sabía —me apresuré a aclarar—. Y no es necesario. Cualquier cosa me viene bien. Esto... —señalé la bandeja con los distintos platos: sopa, arroz, carne en salsa, rodajas de pan humeantes y lo que supuse que era algún tipo de zumo o batido— es mucho más de lo que suelo comer tras mis crisis.

La cabeza de Inaya se inclinó incluso más y los ojos, de un azul precioso, le centellearon un pelín.

—¿Tus crisis? ¿Eso quiere decir que desfalleces habitualmente?

Cerré la boca de golpe.

Paseé la vista por el dormitorio aturullada, hasta que la sanadora se apiadó de mí.

—El alfa y su círculo están reunidos en el salón, abajo. También hay guardianes asegurando el perímetro. —No supe si tomármelo como un «Mejor no intentes escapar», o un «Aquí estás a salvo». Decidí que era algo a medio camino—. Puedes bajar cuando quieras.

Para cuando reaccioné a su oferta, la hembra ya estaba cerrando la puerta.

—¡Muchas gracias! —exclamé.

Me senté en el suelo frente al diván e inhalé en profundidad. Olía increíble. Casero, caliente y jugoso. Llevaba el aroma de la comida que se prepara con cariño, con un propósito bueno y deseando complacer.

Al primer sorbo de la sopa, el pollo, el calabacín y el jengibre se derritieron en mi lengua.

Se me humedecieron los ojos y me odié a mí misma por no tener ya los conductos lacrimales secos.

Lloré mientras devoraba el arroz especiado, mojaba el pan en la salsa de zanahorias y sentía el estómago lleno de un modo doloroso por primera vez en años.

Cuando le llegó el turno al batido de plátano y canela, hipaba de forma incontrolada.

Eso era algo que mi padre jamás había sido capaz de cambiar: mis lágrimas. Y sabía que lo detestaba.

Al terminar, me dejé caer de espaldas y observé las vigas del techo, el modo en el que se entrecruzaban de forma simétrica, hermosa, y sostenían toda la estructura. Parecía el techo perfecto para el dormitorio de un alfa.

Ansiosa, fui al baño. Rondé la puerta unos minutos, sin atreverme a pasar ante el espejo, hasta que me dije a mí misma que, después de todo lo sucedido, eso no podía ser lo que me atascara.

Enfrenté mi reflejo y confirmé mis sospechas: las lentillas se habían desintegrado en aquel periodo de tiempo. Sentí la misma repulsión y agonía de siempre al verme los ojos, por no hablar de la vergüenza por que Remi Callahan e Inaya los hubieran visto también.

El derecho tenía un aspecto normal y era de un tono marrón chocolate.

El izquierdo, en cambio, se había degradado hacia el azul más pálido posible.

Por sí sola, la diferencia de coloración podría haber sido simple heterocromía.

Existían casos así, iris que cambiaban en la adultez por traumatismos, glaucomas o pérdida de melanina.

El problema era lo que ocurría con la pupila. ..

Estaba fragmentada. Era como si el negro de su interior se hubiera astillado, extendiendo los bordes afilados hacia fuera. Una estrella oscura y rota. La prueba física más gorda de la degeneración a la que me habían sometido.

Me mojé el rostro y, tras realizar varias inspiraciones, me quité la camiseta y giré.

Al mirar por encima del hombro, vi la pequeña rojez en la parte baja de la espalda, justo entre la L5 y la S1.

La froté con cuidado. Sin el sellador de colágeno, estaba rugosa y áspera, pero.

.. no había nada duro y antinatural debajo.