Feral 15 #2
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15 #2

—Si te da vergüenza que te vea desnuda, llamaré a Inaya, la mujer de antes. Es nuestra sanadora. También puedo hacerlo con una toalla sobre tu cuerpo. Tú decides.

Pestañeé. Ni siquiera lo había pensado.

—No es eso.

—Entonces me importa una mierda —declaró contundente.

La palabrota me espabiló un poco. Me dejé conducir contra el espejo.

Cuando consideró que no me iba a desplomar, se encargó de abrir los grifos de la ducha para calentar el agua—.

Eres libre de sentirte culpable, pero te aconsejo que lo olvides rápido.

Te hemos ayudado de buena fe y, además, te lo debíamos después de salvar a Summer y a Johnny.

La laxitud que sentía en las extremidades y el cerebro entumecido me permitieron examinarlo sin pudor mientras se movía.

Allí, bajo las luces suaves del baño, parecía más joven.

Y más grande, sobre todo sin camiseta y con aquellos hombros definidos a la vista.

Me gustaba la marca de los Colmilloscuro sobre su piel.

Que la tuviera sobre el corazón me pareció. .. apropiado.

El baño era tan amplio como el de mi casa, aunque procuré no pensar demasiado en eso para no agobiarme más.

Al menos esa era la única similitud. Este parecía salido de una revista de decoración rústica hecha para acoger y mimar.

Todo de madera, con la pared de la ducha de piedra, la porcelana color crema y una mampara transparente.

Una ventana redondeada y pequeña me mostró más bosque nocturno.

No, no estaba en Corvallis ni cerca.

—No me hiciste caso —le recriminé.

Él sonrió. Sabía que me refería a no haberme dejado en el mirador.

—Es evidente que no.

—¿Estoy en tu guarida?

—Estuviste en un refugio subterráneo hasta que pudimos extraerte el chip para impedir que este emitiera cualquier tipo de señal.

O la recibiera. —Colocó unas cuantas toallas y un albornoz con aspecto esponjoso en un banco de madera—.

Quiero que sepas que quise esperar a que te despertaras, pero era prioritario quitártelo.

—La contramedida —musité, sin entender muy bien a qué se había referido él con «esperar».

—¿Lo sabías?

—¿Que tenía un rastreador? Se me informó cuando desperté tras la intervención la primera vez.

Su expresión se endureció todavía más, si eso era posible. Había algo en mí que quería estirar la mano y alisarle las arrugas del ceño.

—No. Que se sobrecalentaría y te pondría en riesgo.

—También lo sabía. —Se me escapó un bostezo. Los párpados me pesaban. ¿Cómo era posible, después de cinco días inconsciente?—. La doctora que me lo implantó fue muy clara al respecto. No querían que hiciera ninguna tontería, en especial porque esa clase de cápsulas cuestan millones.

El pecho de Remi volvió a temblar.

—Nadie va a hacer nada con tu cuerpo sin tu permiso, nunca más.

Lo miré e intenté concentrarme. ¿Lo había entendido bien? ¿Había dicho...?

—¿Quieres saber cómo lo sé? ¿Cómo sé que nunca diste tu consentimiento? Por el mapa de cicatrices en tu cuerpo. —Se acercó y me rozó el interior del antebrazo, allí donde estaba la marca que me había causado a mí misma arrancándome el primer chip—. Y por lo que murmurabas mientras dormías.

La congoja y la vergüenza me formaron una pelota en la garganta. No recordaba haber soñado. Ni siquiera había tenido visiones. Pero me podía imaginar qué había escuchado él.

—No te confundas, florecilla. Para los Colmilloscuro, tu piel es la de una luchadora. Una superviviente. —Los tensos labios le formaron una pequeña sonrisa. Estábamos tan cerca que podía notar la sombra de una futura barba—. Espera a conocer a Micah.

—Siento haberos causado tantos problemas —susurré de corazón.

Volvió a gruñir.

Su energía de alfa... era apabullante. Más que en el estudio, tal vez porque el baño era un espacio pequeño y no paraba de tocarme.

—¿Summer y Johnny están bien? Ella tenía una herida en la pierna.

—Sí, están bien. Pagando las consecuencias de haberse escapado sin permiso, pero a salvo.

—Me alegro.

Bostecé de nuevo y Remi dio por finalizada la conversación.

—¿Llamo a Inaya?

—No.

—¿Con o sin toalla?

Lo medité un solo segundo.

—Sin.

Se limitó a asentir, si bien tenía la mandíbula apretada con fuerza.

Me desvistió con precisión militar y, aunque estaba desfallecida, era consciente de lo mucho que se esforzaba por no quedarse mirándome las partes de la piel que iban quedando expuestas.

Y, cuando me volvió a levantar para llevarme a la ducha, escogió los lugares más apropiados para tocarme.

Me enjabonó y lavó con una ternura que no parecía propia de alguien con su fuerza.

Sus manos grandes y ásperas fueron gentiles al frotarme el cuero cabelludo y tuvo en cuenta la vía en todo momento.

Comprobó varias veces que el parche de colágeno no se desprendía y evitó convenientemente la zona de los pechos y la entrepierna.

Mientras tanto, yo contemplaba todo con una atención adormilada. Sabía por qué no me importaba estar desnuda frente a él y tenía mucho que ver con el rubor en la parte alta de las mejillas de Remi y la forma en que los ojos verdes se le habían oscurecido al quitarme el sujetador.

Me estaba atendiendo con respeto, pero no me estaba tratando como a un sujeto de experimentos.

Él era plenamente consciente de que tenía a una mujer joven desnuda entre sus brazos, y yo no había pasado por alto cómo se le habían mojado los pantalones, pegándose a las largas piernas y al revelador bulto entre ellas.

Daba igual lo revueltos que estuvieran mis pensamientos, eso me hizo sentir bien. Apreciada de un modo nuevo, incluso si parecía una locura.

Sí, probablemente era una locura que me tranquilizara sentirme deseada.

Cuando se me humedecieron los ojos otra vez, continuó enjuagándome el pelo con parsimonia.

—Sí, Faye. Eres real. Y estás viva. Menuda mierda, ¿eh?

Mis lágrimas se mezclaron con la fina llovizna que caía sobre ambos.

—Pues sí.

Él esbozó una sonrisilla.

—Todo mejorará. Te doy mi palabra.

Quise creerle con todas mis fuerzas.