Feral 15
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Faye

Chicas, cuidado con los gatos. Los felinos grandes, ya me entendéis.

Creo que son los mejores amantes de entre todos los cambiaformas, pero también son.

.. intensos. Poneos en vuestro lugar o, para cuando os deis cuenta, estarán ocupando toda vuestra cama.

¡A no ser que queráis una pareja mimosa que no pueda parar de tocaros! En ese caso, enhorabuena.

Sección de confesiones de las lectoras de la revista Feralité

Me desperté cuando intenté moverme y noté una punzada en el brazo.

—Quieta —murmuró una voz masculina justo en mi oído—. O te arrancarás la vía.

Abrí los ojos de par en par. La cortina que me había impedido ver y escuchar bien había desaparecido y, con ella, el convencimiento de que había pasado a mejor vida y todo era un maravilloso sueño post mortem .

Al intentar alejarme, choqué con una superficie dura. Estaba en una habitación desconocida, entre el colchón de una cama enorme y el cuerpo semidesnudo de...

Remi Callahan.

Mi mirada incrédula alternó entre el rostro del alfa de los Colmilloscuro, que tenía toda la pinta de no haber dormido en un año, y sus pectorales.

Había tenido la cara justo allí, justo sobre la marca de un puma enroscado en un árbol.

Y... joder. Lo liberé de mis brazos y piernas con una exclamación ahogada.

Había estado abrazándolo como un koala a su tronco favorito.

Él solo enarcó una ceja ante mi expresión horrorizada.

¿Dónde estaba? La habitación en penumbra me recordaba a un refugio de montaña donde todo inspiraba calma e intimidad, con el techo a dos aguas. Las paredes laterales de madera brillaban con los reflejos del fuego que ardía en una estufa de hierro fundido; las sombras danzaban de un lado a otro.

Pero lo que más me llamó la atención fue la pared opuesta a la cama, más allá de un entramado de alfombras color granate, beige, chocolate y negro.

Había sido sustituida por una ventana triangular inmensa.

Al otro lado del cristal había ramas oscuras, hojas agitadas por la brisa nocturna y la más absoluta oscuridad.

Todos los muebles parecían hechos a mano, incluidas las mesillas de noche, el escritorio y el armario.

Una estantería llena de libros, un aparador con portarretratos, un cesto hasta arriba de mantas.

.. Mi vista cayó, al fin, en el soporte de metal del que colgaban unos sueros.

La vía estaba conectada a mi brazo gracias a una aguja y un esparadrapo.

Aguja y esparadrapo... El alfa de los Colmilloscuro... Un bosque...

La respiración se me aceleró hasta un punto doloroso al ser plenamente consciente de que estaba viva y muy lejos de Corvallis.

—¿Qué has hecho? —le espeté.

—Faye...

—¡Tienes que sacarme de aquí! Dios mío, Dios mío.

.. —Intenté empujarlo para levantarme, pero fue lo mismo que pretender mover una montaña.

Incluso conseguí el efecto contrario: me acercó más a él, caliente y vibrante.

El pecho desnudo le emitió un gruñido bajo que para cualquier otro humano sería un narcótico instantáneo—.

¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Más de tres horas?

«Tres horas es el límite», recordé la advertencia del doctor Drummond.

«Después de eso, el chip emite una onda que les permite encontrarte. No importa lo lejos que estés».

Los labios de Remi se movieron. Tenía un profundo ceño sobre los ojos verdes, que brillaban enfurecidos.

«No importa cuánto intentes esconderte. Ya sabes cómo trabajo. Yo no fallo».

Remi se giró y gritó algo. Segundos más tarde, una mujer muy alta de pelo rojo entró por la puerta junto al armario. Fui capaz de oír su voz por encima del pánico creciente. Me resultaba familiar. La había oído mientras estaba seminconsciente.

—Estás bien. Estás a salvo. Necesito que respires hondo conmigo. Vamos.

Me encontré a mí misma haciéndole caso. No sabía por qué, pero su forma de hablar... Inspiré profundamente una, dos, tres veces bajo la atenta mirada de Remi. El alfa no dejó de abrazarme ni se alejó, pero me ayudó a incorporarme y recostarme contra el cabecero.

Cuando el terror estuvo un poco controlado, pude hablar.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—Cinco días —respondió Remi. Le brillaban los ojos—. Tu chip no pudo recibir ni emitir ninguna señal. Estabas bajo más de diez metros de tierra, hormigón y acero.

¿Estaba? ¿Pudo? ¿Y sabían lo del chip? La intuición hizo que retorciera el brazo como había hecho tantas veces en los últimos meses. Mis dedos, temblorosos, resbalaron sobre la piel sudada.

Donde debería estar el bultito que me había hecho sentir un títere ahora había una especie de gel frío.

Los dedos de Remi se cerraron en torno a mi muñeca.

—No te lo arranques. Es un sellador de colágeno. Te han puesto eso en lugar de darte puntos porque la incisión fue minúscula.

La... ¿La incisión?

—¿Qué habéis hecho? —repetí, aquella vez en un tono más... incrédulo.

—Te hemos quitado esa cosa —masculló él. Todavía sosteniéndome, me llevó la mano hasta el regazo, como si no se fiara de que me diera un arrebato y me abriera la herida—. Ahora ya no podrán volver a tratarte como un objeto de su propiedad.

La mujer recogió un cuenco del aparador y me mostró lo que había dentro. Contemplé los trozos negros en completo shock . Si los juntaba todos, no serían mayores que la uña de mi meñique.

«¿Eso es todo?

»¿Me han quitado eso de lo que yo misma me he querido deshacer durante años mientras estaba inconsciente?

»¿Soy libre de lo único que me ataba a mi padre, la casa y todo lo que hay en su interior?».

Cogí un trozo. Titanio, clips metálicos y filamentos de platino. Esos eran sus componentes, o al menos eso era lo que había dicho la doctora Moreau.

«Esta vez no podrás arrancártelo y estropear nuestro trabajo. Y, si lo haces, ¿quién sabe?», me había dicho la mujer, con esa sonrisa vacía que la deshumanizaba por completo. «Puede que no puedas volver a bailar. He oído que te gusta mucho. Que te recuerda a la zorra de tu madre».

Los ojos se me llenaron de lágrimas y todo se precipitó sobre mí. El laboratorio, el dolor, la soledad, Ivan, el chico muerto, lo sucedido en el mirador y la manera en la que había arriesgado todo por una desconocida porque eso era mucho mejor que un día más en mi vida.

Los sollozos me tragaron como un tsunami.

El estrés acumulado me arrasó el cuerpo y me dejó tiritando, sobrepasada por el modo en el que todo había ocurrido.

¿Era bueno? ¿Malo? No tenía ni idea. Ni siquiera estaba segura de comprender del todo el hecho de no tener el chip.

Había llevado uno desde que había intentado escaparme de casa a los diez años tras un calvario insoportable.

«No tengo que volver corriendo a casa.

»No tengo que volver de ningún modo, si así lo deseo.

»Ni al laboratorio.

»Ni a las garras de la doctora Moreau».

Pero ¿quién era yo fuera de allí y sin esas personas manejándome?

No era nadie por mí misma, no poseía nada, ni sabía lo que era la vida más allá de la mansión, el estudio y el laboratorio.

Era...

Era...

El olor más profundo del bosque me llenó las fosas nasales y fantaseé con estar tendida sobre la hierba en un bonito día de verano cualquiera. Podría hacerlo. Ahora existía esa posibilidad.

Me eché a reír. Claro, después de todo lo que había visto y vivido, ¿creía que me merecía un día feliz en el campo, respirando aire puro?

Continuaba estando rota. La risa se transformó en llanto de nuevo. Daba igual lo que hiciera, arrastraba la enfermedad conmigo.

Más allá de mis gimoteos me pareció escuchar un ronroneo. Era fuerte. Tanto que poco a poco se impuso al dolor y la confusión. Me aferré al cuerpo cálido que me envolvía; ya lo había hecho antes y me había ayudado.

La voz profunda y mortal de un alfa se coló entre la ansiedad.

—Estás a salvo, Faye. Te doy mi palabra. ¿Me has oído? Nadie volverá a hacerte daño.

Quería creerle. También me había dado su palabra en el estudio de baile y la había cumplido.

Pero por cada brizna de esperanza que intentaba nacer en mi pecho, caían sobre mí todas las otras promesas de mi vida: las de mi padre, las de Ivan, las de los doctores.

Incluso las que me había hecho a mí misma.

Remi Callahan no se apartó de mi lado mientras aquella vorágine de emociones me zarandeaba y masticaba. Para cuando amainó, sentía el cuerpo de goma y el cerebro como si lo hubiera hecho correr un triatlón tirando de pesos muertos.

La diferencia con mis bajones tras las visitas al laboratorio fue que, en aquella ocasión, una paz de lo más extraña se asentó sobre mí. Como si lo hubiera expulsado todo, transitado todo, y ahora estuviera al otro lado de... de algo.

Alcé la vista para encontrarme con la mirada del cambiaformas. El esmeralda me hizo suspirar, como siempre. Cuando me apartó el pelo del rostro me di cuenta de que estaba empapada en sudor.

—¿Quieres ducharte? —preguntó él en un susurro.

La habitación estaba en silencio. La mujer se había marchado y nos había dejado solos.

Asentí. Tenía la garganta irritada. ¿Había gritado?

Dios, ¿cuánto tiempo había durado aquella crisis?

Remi maniobró los sueros y me alzó en brazos con una facilidad pasmosa, cosa que no debería sorprenderme.

Era un morfo depredador. Un jaguar. Y un alfa.

Seguro que tenía cosas mucho más importantes que hacer que cuidarme, y eso, sumado al bajón que estaba sintiendo, me hizo sentir avergonzada y culpable. Estaba claro que no era mi día.

En el baño, me sentó con mucho cuidado en la repisa del lavamanos. El frío me mordió la piel caliente y me hizo exhalar aliviada.

—¿Qué ocurre? ¿Estás bien?

Me esforcé por mover la cabeza de arriba abajo.

—Puedo... —Uf, mi voz parecía la de un cuervo con amigdalitis—. Puedo sola.

—No lo creo, florecilla. Yo me encargo.

—Pero...

Remi todavía me rodeaba con los brazos como si temiera que me balanceara y cayera al suelo. Lo cierto es que era una posibilidad.