14 #2
El ambiente tirante se convirtió en un cable de alta tensión cuando Juniper y Micah aparecieron de entre los árboles y se posicionaron a mis lados. Micah me susurró algo que me hizo suspirar.
«Putos osos».
—Voy a obviar el hecho de que tus gatos nos han estado siguiendo de rama en rama y que hay, al menos, cinco observándonos ahora mismo —fue el saludo seco de Roderick.
Ese capullo de ciento cuarenta kilos me había dado una patada en el culo en mi primer día como alfa de los Colmilloscuro. A cambio, yo le había pintado un ojo de un precioso color morado.
Sonreí.
—Genial. Entonces yo también obviaré el hecho de que hace cuatro horas, poco después de nuestra llamada, tres osos se colaron en mi territorio por el noroeste y están apostados a nuestro alrededor aguantando la respiración para no ser detectados.
—Mierda —susurró Gaia.
Bjorn extendió la mano.
—Os lo dije. Pagad.
La tensión se rompió automáticamente cuando el dinero empezó a pasar de mano en mano. Una vez recaudadas sus ganancias, el sanador se me acercó. Aunque Micah y Juniper permanecieron alertas, ninguno se atrevió a detenerlo.
Los sanadores eran los únicos miembros de las manadas con inmunidad diplomática y los muy cabrones lo sabían y se aprovechaban.
—Cuanto antes me ponga manos a la obra, antes podremos dejar atrás este reencuentro tan emotivo —dijo el hombre—. ¿Vamos?
Hice un gesto a mis guardianes para que se apartaran y, un segundo más tarde, Bjorn me había arrastrado hacia él. Literalmente me dio un abrazo de oso en el que le besé los pectorales y me sacó todo el aire de los pulmones.
—Me alegro de verte, muchacho. ¡Mírate! Tienes veinticinco ya, ¿no? Como mi Brigid. Sigue estando soltera, ¿sabes?
Varios osos y pumas fingieron arcadas, incluso los que supuestamente estaban «ocultos».
Roderick nos observó con asco.
—Qué poco quieres a tu hija. A este gato apenas le cuelgan los testículos.
Estaba seguro de que mis huevos estaban donde debían, pero no pensaba discutirlo con ellos.
Asegurado el perímetro y las intenciones de todos, Bjorn y yo entramos al refugio.
—Bonita cueva para hibernar —comentó el oso—. Un infierno para los gatos, seguro.
No era lo que más nos gustaba, no. Los felinos preferíamos con creces el aire libre y las alturas.
Inaya saludó a Bjorn con educación, pero este no la abrazó como había hecho conmigo. Entre sanadores, el de mayor edad siempre tenía mayor rango y se le confería un trato especial.
La mujer señaló hacia la enfermería.
—La he colocado en la camilla. Sigue dormida, aunque a veces murmura cosas.
Intenté no molestarme porque Inaya hubiera movido a Faye sin mi permiso.
Conocía la emoción que me recorría el cuerpo en esos momentos y solo significaba problemas: posesividad.
Era inapropiada y peligrosa para un alfa.
Mis instintos dominantes siempre me animaban a hacerme con el control de todo y tenía que esforzarme por no cruzar los límites.
Que llevara varios días durmiendo con ella no ayudaba.
Ya habíamos informado a Bjorn por teléfono de todo lo que sabíamos sobre Faye y por qué necesitábamos su ayuda. Habría preferido no hacerlo, pero no se debía ocultar a un sanador datos que pudieran ser cruciales para tratar a los enfermos.
Incluso así, el oso se mostró visiblemente horrorizado al ver por sí mismo el estado de Faye y el pequeño bulto en su espalda.
—No tiene buena pinta, no.
Se arremangó y se puso en marcha con presteza. Traía su propio equipo, aparatos con los que los Colmilloscuro no contábamos porque no poseíamos sanadores con las titulaciones de Bjorn.
Tras comprobar que el chip en la columna era el único implante en el cuerpo de Faye, le colocó algo parecido a unos cascos para escuchar música.
Reaccioné de inmediato cuando ella emitió un leve quejido.
—Ten cuidado.
Bjorn enarcó una ceja.
—Es completamente indoloro. Se trata de un electroencefalograma combinado con un espectroscopio. Necesito medir con precisión su actividad cerebral.
Asentí con rigidez, pero no aparté la vista del rostro de Faye para detectar el más mínimo gesto. Notaba la mirada inquisitiva de Inaya, sin duda preguntándose una vez más por qué estaba actuando de aquella manera.
«Ojalá lo supiera».
Bjorn estudió los resultados de los escáneres en su portátil.
Una expresión cruzó por su rostro, pero fue tan fugaz que no me dio tiempo a interpretarla bien.
¿Sorpresa? Olisqueé, buscando algo que delatara los pensamientos del oso.
El problema era que eran mucho mejores ocultando sus emociones que los humanos.
—¿Todo bien? —pregunté.
El hombre tardó un poco en contestar.
—Dices que sabía lo del ataque en el mirador y que puede sostenerte la mirada, ¿no?
—Así es.
—Mmm... La hija de Kovalenko, nada menos... —murmuró.
Hizo varias pruebas rápidas más, las últimas en torno al chip. Su expresión era severa cuando nos mostró la imagen resultante del ultrasonido. No entendía una mierda de lo que veía más allá del objeto redondeado que no debería estar pegado ahí.
—Hay una falla térmica peligrosa —explicó Bjorn—. Puede ser porque el dispositivo se haya estropeado al recibir un golpe o algo así. Pero, teniendo en cuenta lo que me habéis contado, parece alguna clase de medida de control.
Me aferré al borde de la mesa de examen.
—¿Crees que ha sido diseñado para que se caliente en determinadas circunstancias?
—Si lleva aquí varios días y la función del chip era controlarla de algún modo, sí. Es posible que al estar desconectado de su red madre haya empezado un proceso de autodestrucción. El calor ha generado abscesos aquí, ¿lo veis? Es esta sombra entre la piel y el chip.
—¿El chip liberaría toxinas en su organismo al calentarse? —preguntó Inaya.
—Sí. Puedo hacer una extracción para comprobarlo, pero la conclusión es la misma: hay que sacarlo inmediatamente.
Solté una maldición por lo bajo. Era lo que me estaba temiendo. Si dependiera solo de mí ya se lo habríamos quitado, pero...
Faye estaba dormida, vulnerable. Llena de toda clase de cicatrices y murmurando cosas terribles en sueños que me habían hecho parpadear con fuerza.
—No quiero hacerlo sin su consentimiento.
Bjorn respondió con una claridad tajante.
—Me temo que no queda más remedio. Las intervenciones de urgencia son así, no siempre se puede contar con el beneplácito de los pacientes. Podría despertar dentro de un rato como tardar varios días más. ¿De veras queréis arriesgaros a que ese chisme la envenene o explote dentro de ella?
Joder. No, por supuesto que no. Detestaba tener que tomar esa decisión.
Inaya me tocó el brazo. Sabía lo que significaba.
—Adelante —gruñí.
Bjorn me palmeó la espalda.
—Ya le pedirás disculpas cuando despierte recuperada y libre. Estoy seguro de que lo entenderá. Inaya, me vendrán bien un par de manos extra, si no te importa.
Me sentí completamente inútil mientras los dos sanadores preparaban a Faye para la operación y hablaban en su propio idioma. Me concentré en que iban a ayudarla. Se lo explicaría todo cuando despertara.
Dominic Drummond estaba sudando a mares. Cuando el NeuroTrace se actualizó y arrojó los datos, la cabeza le dio vueltas.
Se giró hacia las dos personas que tenía detrás.
Apenas fue capaz de mirar a los ojos al hombre de la derecha: Valentin Kovalenko.
Era la segunda vez que lo veía en su vida.
En ambas ocasiones su visita se había debido al chip rastreador de F-04.
Es decir, Faye. La hija secreta a la que ese hombre torturaba de formas innombrables.
No debería haberla ayudado. No debería haber modificado el programa para ampliar los intervalos de tiempo de emisión de la geolocalización, ni mucho menos construirle un comunicador de malla cifrada. Ella le había prometido que nunca haría saltar ninguna alerta, pero, Dios, solo era una muchacha.
Se había dejado llevar por su mirada triste y ahora...
El señor Kovalenko enarcó una ceja.
—¿Entonces?
—L-la señal se interrumpió hacia la medianoche de hace dos días. Ayer era mi d-día de salida, así que...
—Por supuesto. No pretendo que mis empleados no descansen. Ahora bien, esto me hace preguntarme: ¿por qué no me llegó la notificación de la señal interrumpida? —Se sacó un móvil del interior del traje color granate y se lo mostró—. Creía que yo recibía los datos de tu programa en tiempo real.
«Porque deshabilité la función para soltar un poco la soga alrededor del cuello de tu hija.
»Soy imbécil. Completamente imbécil».
—Ha debido producirse un fallo, sin duda. Lo revisaré. —Dio un paso atrás y chocó con su propio escritorio—. Enmendaré mi error.
Una sonrisa divertida curvó los labios de su jefe, estirándole la barba de chivo.
A su lado, su fiel secretario y guardaespaldas, Ivan Demidov, resopló ligeramente.
Le pasaba algo extraño en el rostro. Si le preguntaran, Dominic diría que al hombre le había dado un ictus por la forma en que el mentón y la mejilla le caían, con los nervios paralizados.
—De eso estoy seguro, doctor —confirmó el señor Kovalenko—. Muéstrame la última localización registrada de mi hija.
Los dedos de Dominic volaron sobre el teclado.
—Aquí. En el bosque de Willamette, en un área neutral que no pertenece a ninguna de las manadas.
Valentin hizo un gesto con la mano y alguien que había estado observando desde el rincón se acercó. La doctora Moreau escrutó la pantalla.
—Sí. Coincide con el punto en el que intervinimos. Esto de aquí es el viejo mirador de incendios.
—Interesante —murmuró Kovalenko. A Dominic se le cortó la respiración—. Quiero ver el historial de ubicaciones.
Se echó a temblar y literalmente necesitó cuatro intentos para hacer clic en la pestaña correcta. Cuando los códigos se desplegaron, ya sabía lo que su jefe iba a ver. Y lo que significaba.
—Vaya, parece que la localización anterior de mi hija fue en mi casa.
¿Cómo pudo llegar en apenas cinco minutos de un lugar a otro?
—preguntó con falsa afectación—. Ah, no.
No lo hizo. El chip estaba emitiendo su ubicación cada tres horas .
Tres horas, en lugar de cinco minutos. Otro fallo, ¿verdad, Dominic?
El doctor tuvo que apoyarse en la mesa para no caerse.
—S-sí, señor.
Tras asentir lentamente, señaló el ordenador.
—¿Conoces el programa? —le preguntó a Moreau.
—No, yo solo realicé los implantes. Aunque no debe de ser muy complicado.
Dominic no tuvo tiempo ni de ofenderse por el insulto implícito a su inteligencia.
—¿Qué...? Señor, se lo aseguro, esto no ha sido más que un error. Puedo arreglarlo. Debe haber alguna razón para que el chip dejara de transmitir allí. Si a su hija le hubiera pasado algo, lo sabríamos. Yo...
—Sé qué le ha ocurrido a mi hija. Y también sé cómo pudo hacerlo sin mi autorización. —Suspiró—. Lamento que hayas resultado ser desleal a mí y a la labor de la empresa, Dominic. Siempre he valorado tu talento y podría pasar por alto muchos errores, pero no que hayas puesto en peligro a Faye.
—No, no. Se lo juro. —El hombre entró en pánico cuando vio que Ivan desenfundaba el arma—. ¡Señor Kovalenko, por favor, solo intentaba...!
Ivan apretó el gatillo y el doctor se estampó contra el escritorio. Tiró un portarretratos al suelo y el cristal se rompió, desfigurando la fotografía de una familia feliz y sonriente.
Cuando Dominic Drummond cayó al suelo, inerte, su bata se estaba manchando rápidamente de sangre.
La doctora Moreau lo presenció todo sin pestañear y se apartó lo justo para que la cabeza de Dominic no le golpeara el pie.
—Recógelo —le ordenó Valentin a su secretario—. Todavía puede sernos útil. En cuanto a ti, Ravena, te sugiero que aprendas rápido a manejar el NeuroTrace.
—¿Puedo preguntar por qué? Es evidente que el implante se ha retirado o destruido, o ambas cosas. El programa es inservible.
Ivan hizo un gesto de incredulidad ante la temeridad de la doctora.
Valentin, en cambio, sonrió levemente. Se limitó a mirarla hasta que la mujer, como si presintiera que aquella era una batalla que no podía ganar, apartó la mirada.
—Como quiera, señor.
Valentin acabó riendo en voz baja.
—Ay, mi querida Ravena. Sé cuánto disfrutas de tu tiempo con los sujetos de experimento y que solo quieres concentrarte en tu trabajo.
Pero ahora mismo no dispones de ningún morfo con el que hacer avanzar tu investigación, ¿verdad?
Y en mi empresa el tiempo es oro. —Se cernió sobre ella.
Era una mujer bajita que, aun así, alzó la barbilla para combatir la intimidación—.
Los inversores están satisfechos hasta cierto punto con los prototipos, pero no es suficiente. Y tu última cacería fue un fracaso.
—Estuve a punto de conseguirlos —barbotó la doctora antes de poder pensarlo bien, como si la ambición fuera más poderosa que ella—. Macho y hembra, depredadores. La próxima vez no se me escaparán.
Su jefe la contempló con diversión.
—Siempre me ha gustado tu iniciativa. Pero hasta que los hechos no puedan respaldar tus palabras.
.. —Dio unos toquecitos en la pantalla del ordenador de Dominic.
El mensaje estaba claro: «Aquí mando yo y ahora quiero que esta sea tu tarea».
Se alejó hacia el ascensor—. Ah, y procura no cometer fallos .
No seré tan suave y rápido con el castigo la próxima vez.