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Remi
El sanador de una manada es la máxima expresión del estatus de cuidador. Su alma está tan llena de amor y bondad que sobrepasa cualquier jerarquía en pos del bienestar común. Se han dado casos de sanadores que han mostrado los dientes a sus alfas y estos han retrocedido.
Compendio sobre cambiaformas Mis días entre ellos , de la etomorfóloga J IMENA W ALSH
Pasé en vela el día y la noche siguientes al ataque. No me importó. No existía un mundo en el que me hubiera podido ir a casa a descansar dejando a Faye allí, ni sola ni con Inaya. No después de todo lo que había averiguado sobre ella.
Debería llenarme de rabia y dolor cuando la miraba.
Debería recordar aquella noche en la que mi vida había cambiado para siempre, en la que todo lo que entendía y sabía se había roto en mil pedazos.
Tenía once años y el pensamiento mágico de que mi madre estaría conmigo para siempre.
Que sería la primera persona en verme la marca cuando pasara por el ritual, que la haría sentir orgullosa con mi entrenamiento y podría seguir la estela de sus pasos durante muchos muchos años antes de sustituirla al mando de los Colmilloscuro.
Todas esas perspectivas infantiles se evaporaron junto con el sonido de un disparo catorce años atrás.
Así que averiguar que Faye era la hija de Kovalenko debería haberme provocado deseos de venganza. La vida de ese hombre, que siguiera respirando, era uno de mis mayores martirios y algo que me había llevado años asimilar.
Que el caso de la muerte de mi madre se hubiera cerrado como defensa propia por invasión de propiedad me había llenado de tanto tormento que había tenido que irme a vivir a Nunavut con nuestros familiares espirituales.
Había tardado siete putos años en volver y había sido necesario que Micah, Fabian y Juniper cruzaran la tundra y el hielo marino para encontrarme y convencerme.
Valentin Kovalenko me había partido en dos y, si era consciente, era probable que se regodeara en ello.
Odiaba a los cambiaformas por nuestra mera existencia y lideraba abiertamente una organización política en nuestra contra.
Gran parte de los beneficios de su empresa, Vireon Corp, se destinaban a causas antimorfos.
Habíamos ocultado que el jaguar asesinado era la mismísima alfa de los Colmilloscuro; no era una noticia que nos interesara que trascendiera y tampoco habría servido de nada.
Eso solo lo regocijaría más y para nuestros enemigos sería una muestra de debilidad.
Así que habíamos exigido su cuerpo, que por poco se había tirado a la basura, y habíamos tenido que retirarnos llenos de rencor.
Los Colmilloscuro sospechábamos que Kovalenko estaba metido en más mierda, pero no habíamos logrado encontrar pruebas de ello. Así que tener a su hija secreta en mis garras, en mi territorio y a mi merced podría haber sido glorioso.
De no ser porque era ella .
La hermosa niña del pijama de flores. La que se había sentado a hablar conmigo, haciendo que mi jaguar se sintiera cautivado hasta un punto delirante. Hasta aquel momento había conocido humanos. Había estudiado y jugado con ellos, pero nunca había sentido tanta fascinación por uno.
Ahora comprendía mi reacción hacia ella en el taxi y por qué me había costado tanto mantener las distancias en el estudio de baile, hasta el punto de robarle una prenda.
Como cachorro, la pituitaria no había estado del todo desarrollada y mi memoria y lenguaje olfativos eran limitados.
El olor de la niña me había alucinado, pero no había sido capaz de guardarlo.
Y aunque recordaba vagamente su apariencia (pelo oscuro, sonrisa amplia), la niña de entonces no tenía nada que ver con la mujer de ahora.
Faye se removió y me quedé muy quieto, dejando que me usara como almohada y se nutriera del piel con piel. En cuanto nos habíamos quedado solos me había despojado de la camiseta. Si eso hería su sensibilidad, me daba igual. La prioridad era que le subiera la temperatura y se mantuviera estable.
Tragué saliva cuando la mano se le deslizó por mi estómago y estiró más la pierna que me había echado por encima.
Si su rodilla subía un poco más podía tener problemas.
Ella era guapísima y a esas alturas estaba borracho de su olor.
A mi instinto no le importaba que estuviera herida; los cambiaformas depredadores éramos tremendamente sexuales.
Y sentía bien a Faye allí, en mis brazos, junto a mí.
Después de tanto tiempo...
Al menos ahora sabía por qué no la había encontrado cuando había querido averiguar qué había sido de la niña. Valentin Kovalenko y sus empleados habían declarado que no había habido ninguna niña en el jardín.
Si la policía lo había investigado (cosa que dudaba, teniendo en cuenta los contactos de ese hombre), no había encontrado nada. Kovalenko estaba soltero y sin hijos, y la descripción que yo había dado no coincidía con la hija de nadie del servicio ni de los vecinos más próximos.
La niña se había convertido en un fantasma y, teniendo en cuenta todo lo que había pasado aquella noche, había llegado a pensar que me la había imaginado. Que no existían humanas tan amables ni que olieran tan bien a las que se las tragaba la tierra.
Pero ella siempre había estado allí. Sufriendo.
Escondida por razones que me juré que averiguaría y con un cambio en los ojos muy peculiar.
De pequeña ambos habían sido marrones, pero ahora uno era azul y le ocurría algo raro a la pupila.
Lo había comentado con Inaya y me había asegurado que no había detectado nada de lo que preocuparse.
Era extraño, sí, pero poco importante teniendo en cuenta todo lo demás.
Y, en mi opinión, no la hacía sino más interesante.
Faye suspiró y rodó, alejándose. Mis brazos la capturaron inmediatamente. Empezó a protestar por lo bajo, pero era obvio que estaba medio dormida.
Le aparté el pelo, enredado y sudoroso, de la cara.
Joder, qué bonita era.
—Shhh, tranquila. Estás a salvo.
Ella continuó murmurando y me escaló sobre el cuerpo. El corazón empezó a retumbarme con fuerza. Se me salieron un poco las garras y maldije entre dientes. No era suficiente para arañarla, pero era una muestra de descontrol.
Cuando sentí sus labios en el cuello se me pusieron los nervios de punta. No me emocioné pensando que me estaba besando; ella parecía poco consciente de lo que estaba haciendo.
—Vas a tener que hablar más claro.
—No en la cama —musitó ella al final. Sacudió los brazos y las piernas, obligándome a esquivar sus patadas accidentales—. Aquí no. Sácame.
—De acuerdo, florecilla. Tranquila. —Con ella alzada, salí de la cama. Si mis guardianes o Inaya vieran cómo obedecía sus órdenes sin rechistar, se escandalizarían. Y luego empezarían a teorizar—. Ya no hay cama. Pero debes descansar.
Ella suspiró aliviada. Podía escuchar el latido de su corazón; su aroma se había teñido de estrés y un leve pánico.
—Al suelo. Necesito...
Se quedó dormida un momento. Le rocé la frente con la nariz.
—Dímelo. Dime qué necesitas.
—Algo sólido. Algo que me haga sentir... que soy real.
Tuve el deseo repentino de destrozar algo.
—Eres real, Faye.
Frunció los labios como si fuera a protestar, pero se rindió.
—Qué más da, he estirado la pata.
Su tono melindroso me sorprendió tanto que tuve que morderme los labios para no sonreír.
—Estás muy viva. Real y viva.
Me bufó en la cara y volvió a dormirse. En contra de mi buen juicio, la coloqué en el suelo con sumo cuidado, junto a la pared, y luego me acosté a su lado.
Como si ya fuera una rutina, me abrazó y me apoyó la cabeza en el hombro, acomodándose como un gatito satisfecho.
Feliz de haber abandonado una cama caliente y agradable.
—¿A que el suelo es genial? —farfulló.
Para mí, que tenía huesos flexibles, sí, aunque me costaba creer que fuera bueno para su fisionomía humana.
Emití un murmullo que pareció complacerla.
Al cabo de un rato, su respiración se profundizó y su pulso se estabilizó de nuevo.
Saqué del bolsillo el termómetro infrarrojo que me había dado Inaya y comprobé la temperatura de Faye por enésima vez.
Mucho mejor. Sin embargo, el área alrededor del chip continuaba caliente.
Cuando ella se dio la vuelta y me encajó el trasero contra la pelvis, miré la pared fijamente y decidí que era un buen momento para recordar qué pasaba con mi polla y mis huevos cada vez que quería mear en Nunavut a menos treinta grados.
Al día siguiente, en medio de una cabezada por puro agotamiento, me despertaron los pasos de Inaya acercándose.
La sanadora abrió la puerta despacio y se quedó blanca al descubrirnos en el suelo.
Si pudiera, estaba seguro de que me pondría sobre las rodillas para darme unos azotes por no seguir sus instrucciones.
—Bjorn está aquí —me informó asesinándome con la mirada—. Ha llegado con dos guardianes de los Tierrasangre.
Tuve un cuidado excepcional al apartarme. Comprobé que ella continuaba bien dormida antes de salir.
Recibí al sanador de la manada que compartía la otra mitad de Willamette en el exterior del refugio.
No era ideal que los osos supieran dónde se encontraba uno de nuestros lugares seguros, pero no quedaba otro remedio.
La piel alrededor del chip había terminado ardiendo , inflamada, y había adoptado un tono carmesí preocupante.
Inaya había determinado que se estaba infectando.
Bjorn estaba flanqueado por dos guardianes inmensos, Roderick y Gaia.
Pertenecían al círculo del alfa Lachlan; de hecho, Roderick era su beta.
Por suerte, el sanador de los Tierrasangre era un hombre lozano y de carácter afable, en la cuarentena.
Su cuerpo era el doble de ancho que el mío, con manos como palas de remo, ojos amables y una poblada barba castaña.