13
Faye
R AVENA M OREAU , e-mail interno de Black Edge de hace varios años
Quise despertar en múltiples ocasiones. Cada vez que rascaba la superficie de la conciencia, una cortina semitransparente tras la que oía voces y veía sombras moverse, algo tiraba de mí hacia el fondo de nuevo.
Estaba exhausta. Más que eso, incluso.
Una de las veces conseguí gemir incoherencias. La voz calmada y suave de una mujer me contestó:
—Todo está bien. Descansa. No hace falta que te muevas.
Noté algo fresco en la mejilla y la sensación se derramó en mis huesos ardientes, en mis entrañas y en mi corazón. Así que le hice caso y descansé.
En cierto momento me encogí en posición fetal, incómoda. No estaba en la bañera. En cuanto tuviera fuerzas, me levantaría e iría al baño. Odiaba la esponjosidad debajo de mí.
—Le está bajando demasiado la temperatura. Necesitamos... —la voz de la mujer pareció alejarse—... porque está diseñado para morfos. Y nosotros toleramos mucho mejor el frío.
—Yo lo haré. La haré entrar en calor.
Todas mis terminaciones nerviosas se erizaron al escuchar esa voz. Aplasté la mano contra la cortina, revitalizada... pero me agoté al momento.
Varias voces protestaron.
—No creo que...
—¿... lo mejor que se te ocurre?
—... descubrirlo.
Pero él se impuso. Empleó el tono que le había escuchado en el estudio de baile: tajante, fiero. Uno que no admitía discusiones.
—Dejadnos solos. Pasaré la noche aquí. —Luego, su voz se templó un pelín—. Todos necesitamos descansar. Ahora mismo no hay ninguna amenaza, solo papeleo y gente estresada. Venga.
—Controla la zona de la espalda alrededor del chip —dijo la mujer—. Sigue demasiado caliente para mi gusto.
Lo siguiente que supe fue que un cuerpo grande, duro y cálido se colocaba a mi espalda.
Me rodeó de tibieza, penetrándome tanto la piel como mi alma marchitada.
Se me escapó un suspiro y luché por darme la vuelta.
Me ayudaron unas manos gentiles y pacientes, hasta que encajé la cabeza en un hueco que parecía hecho para mí y un tambor fuerte y constante me arrulló como la mejor canción del mundo.
Aquello era un salto de calidad respecto al cojín.
La cortina se descorrió lo suficiente para que abriera los párpados.
Un par de ojos, verdes y brillantes, tan bellos como salvajes, me observaban con atención.
Estaban rodeados de líneas negras. Dio un ligero respingo y pensé que habría vuelto a desintegrar las lentillas y lo había asustado.
.. Pero daba igual, porque aquello era un sueño.
De lo contrario, él estaría apartándose con espanto y no contemplándome como si acabara de descubrir la octava maravilla del mundo.
«Sí, es un sueño.
»La enfermedad finalmente ha terminado conmigo o el chip me ha frito la médula como mi padre dijo que haría si me alejaba.
»Fuera una cosa u otra, estoy muerta y... no está mal.
»Siempre que Remi Callahan me abrace como si no le importara que esté rota».
Me acurruqué pegada al latido de su corazón y la cortina se cerró de nuevo.