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Remi
Por mucho que nos duela admitirlo, los cambiaformas son superiores a nosotros, y no me refiero solo a sus aspectos físicos.
Su sentido de comunidad y apego nos da mil vueltas.
Quitando a un porcentaje mínimo de solitarios (y rogues ), cualquier morfo se cortaría una mano antes de hacer daño a un compañero de manada sin un motivo de peso.
Y eso es mucho más de lo que podemos decir los humanos.
Etomorfóloga J IMENA W ALSH, pionera en Etomorfología Social
Inaya se quitó los guantes de látex y los tiró en el botiquín con fuerza. Un gesto agresivo que la sanadora rara vez mostraba.
—No es... —Sulfurada, buscó las palabras—. Nunca había visto algo así.
—Cuéntamelo todo —le pedí—. Y no omitas nada, por favor.
Había ido y venido durante toda la noche al refugio, saliendo siempre que no me quedaba otro remedio.
Ya hacía rato que el sol se había levantado y la noticia de que un humano de quince años había muerto cerca del territorio de los Colmilloscuro y los Tierrasangre ya corría como la pólvora por todo Oregón.
Muchos medios omitían la causa de la muerte: dos disparos casi a quemarropa.
Era más sensacionalista insinuar que un puma o un oso se habían divertido quitándole la vida a un adolescente.
Tenía llamadas y correos importantes en espera.
Micah se estaba encargando de lo prioritario, pero había conversaciones que debía tener como alfa.
Por ejemplo, con la histérica alcaldesa de Corvallis y la cabreadísima presidenta del Consejo Nacional de Cambiaformas.
Por no hablar de la policía estatal y los rangers .
Ah, y seguro que los Tierrasangre querrían saber qué cojones había sucedido y por qué iban a ser el foco mediático de nuevo.
Contábamos con pruebas suficientes para defendernos, pero muchos utilizarían la muerte de un inocente para hacer política antimorfos.
Cada vez que había salido del refugio, me había dicho a mí mismo que no tenía que volver corriendo. Que a ella la estaban atendiendo y la desazón de mi interior se debía a toda la mierda que había ocurrido en pocas horas.
Luego me encontraba bajando las escaleras del refugio y recorriendo los interiores revestidos de roble hasta la habitación en la que la habíamos instalado.
Los Colmilloscuro poseíamos más de una veintena de refugios como aquel distribuidos por todo el territorio, y todos los miembros de la manada conocían sus ubicaciones y las contraseñas de acceso.
Tenían más de ciento cincuenta años, pero se habían ido modernizando con el paso del tiempo.
El hormigón se había cubierto de madera para mantener una estética cálida, se habían instalado sistemas de refuerzo acústico, las puertas estaban camufladas y todos los módulos interiores poseían lo necesario para emergencias: comida no perecedera, tanques de agua filtrada, una enfermería, zonas de descanso, una pequeña armería y una salida secundaria.
Faye estaba en la habitación junto a la enfermería, en una cama más cómoda que la camilla quirúrgica.
No tenía heridas abiertas ni nada que, en un principio, hiciera peligrar su vida.
Inaya había sido clara al respecto. Pero la mujer llevaba horas examinándola a conciencia.
Había cambiado la ropa de Faye por un pijama prestado para facilitar su trabajo.
Ahora que había terminado, parecía... frustrada. La congoja brillaba en sus ojos azules.
—Tiene síntomas de deshidratación y desnutrición, y su cuerpo ha sido... Ven a verlo tú mismo.
Me sostuve las manos a la espalda con fuerza mientras Inaya me mostraba toda clase de heridas y marcas en el cuerpo de Faye (respetando su intimidad). Eran tantas que sentí náuseas amargas subiéndome por la garganta. Había visto cadáveres. Había matado por mi manada.
Pero aquello...
Faye tenía cicatrices rectas en la base del cráneo y detrás de las orejas que Inaya aventuró que se debían a exploraciones neurológicas.
Puntos redondeados escondidos en el cuero cabelludo, señal de que le habían colocado electrodos repetidamente y le habían generado quemaduras.
Marcas de restricción en muñecas y tobillos convertidas en callosidades.
Cuando le descubrió los muslos, llenos de punciones para extraer tejido y ulceraciones recientes, no pude soportarlo más. Sabía que el jaguar se me estaba asomando a los ojos, iracundo.
Quería salir y cazar.
—La cicatriz sobre el chip es reciente. Sospecho que estas otras marcas —señaló una en el antebrazo y otra en el abdomen— corresponden a intentos anteriores. Por los desgarros... parece que ella misma se lo arrancó. De ahí que escogieran esta zona de la columna a la que no tiene fácil acceso.
Había intentado quitarse el chip. Se había cortado y hurgado en su propia carne para extirpárselo y, al imaginármelo, sentí una fiera satisfacción. Se había defendido como había podido.
Inaya se sentó al borde de la cama.
—¿Quieres que te sea sincera? Esta chica es una cobaya humana. Quienquiera que sea, la han tratado como a un trozo de carne y no puedo ni imaginar... —Se detuvo a suspirar trémula—. Es muy joven y hay heridas que tienen más de diez años. Esto es una bestialidad.
Asentí despacio mientras pensaba una sola cosa:
«Averiguaré quién lo hizo.
»Lo cazaré, lo torturaré y lo mataré.
»Y luego se lo traeré y lo pondré a sus pies».
Me incliné y cogí las botas que había llevado puestas. Eran demasiado pequeñas para sus pies. Con las heridas y callos propios de una bailarina, ¿cómo había aguantado el dolor de caminar con ellas?
Para no alarmar a Inaya con más violencia, acaricié el cuero desgastado y pregunté con fingida calma:
—¿Qué es exactamente el dispositivo en su espalda?
—Juniper traerá el equipo necesario para escanearlo, pero este no es mi campo. Dadas las circunstancias...
—No lo digas.
—... sugiero que llames a Lachlan Northwood. Bjorn es neurocirujano y se especializó en ingeniería biomédica.
Maldije por lo bajo.
—Joder.
Impertérrita, Inaya me miró de frente como solo su cargo de sanadora le permitía.
—Llegados a este punto, debo aclarar algo importante: mi ética como médica no me permite no brindarle toda la ayuda posible a esta chica, independientemente de su especie. Pero la seguridad de la manada está por encima de todo y necesito que valores con detenimiento hasta dónde quieres llegar.
—Se quedará aquí —respondí casi sin pensar. El jaguar ronroneó, de acuerdo—. El dispositivo no emitirá ni recibirá señales aquí dentro y tiene explicaciones que dar cuando se recupere.
—No sabemos quién le ha hecho esto. ¿Y si tiene familia o alguien que la esté buscando?
La voz de Juniper se nos unió.
—Lo dudo. —La guardiana se acercó con el cabello lila enroscado en lo alto de la cabeza y el aspecto de alguien que no ha pegado ojo en más de veinticuatro horas. Observó a Faye a través de la puerta abierta con una expresión rara—. Ya sé quién es. Y no os lo vais a creer.
Contuve el aliento y solté las botas.
—Habla.
—Se llama Faye Kovalenko. La mismísima hija de Valentin Kovalenko.
—Pero...
—Lo sé. La ha estado ocultando.
Joder. Miré con una mezcla de comprensión, euforia y espanto a la chica inconsciente, como si...
Ahora todo cobraba sentido.
Tenía en mi territorio a la hija del hombre que había asesinado a mi madre, y había resultado ser...
Juniper me acarició la espalda.
—Es esa niña, Rem. La has encontrado.