Feral 11 #2
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11 #2

«Déjame aquí... U os pondré en peligro. No hay... no hay tiempo».

Si Faye lo sabía, había intentado no exponernos a lo que fuera que hiciera ese aparato. ¿Transmitir información? ¿Recibirla?

De pronto, recordé las palabras del taxista humano que la había llevado hasta Landon’s.

«Me hizo prometer que estaría de regreso en menos de tres horas. Parecía... Parecía muy importante para ella».

Mierda. Debería trasladarla a las afueras de Willamette, junto con las chicas humanas y el menor fallecido, y que las autoridades se encargaran. Nada encajaba y la prioridad siempre era la seguridad de la manada.

El jaguar rugió ante la mera perspectiva de perderla de vista.

«Para mí no hay diferencia entre tu especie y la mía. Tenemos el mismo derecho a vivir y ser protegidos».

Dejé que el instinto se hiciera cargo; él nunca me había fallado. Me incliné dentro del coche y la tomé en brazos por segunda vez esa noche. Su aroma, esa mezcla abrumadora de ámbar y cedro, se me coló tan profundo que incluso el jaguar se relamió. Notar de nuevo su peso tan liviano me indignó.

—Acortaré por el bosque con ella. Que Micah o Juniper te lleven con tu equipo en el coche.

Inaya recogió su botiquín.

—Te seguiré.

—No voy a reducir la marcha.

La mujer enarcó una ceja.

—¿Quién te lo ha pedido?

Fabian nos vio y se acercó.

—Yo la llevaré. Tú deberías qued...

Giré con Faye en mis brazos incluso antes de que mi amigo hubiera extendido las manos. Le mostré los incisivos y gruñí por lo bajo.

Todos a mi alrededor se quedaron inmóviles. Reconocían el sonido. Un depredador solo gruñía de esa manera para transmitir un mensaje claro, uno que cualquier animal podía comprender.

Sentí el peso de todas las miradas y me forcé a respirar. A tranquilizarme. Joder, me sentía...

—Yo la llevo —musité con voz ronca—. Encárgate de todo, por favor.

Fabian me observó estrechamente unos segundos, pero acabó asintiendo con una sonrisa incrédula.

—Claro.

Summer estaba al borde de la histeria cuando las primeras luces del alba se derramaron sobre Willamette, tiñendo las copas de los árboles y las cimas de las montañas de lila, melocotón y dorado.

Aquello no tenía sentido. ¿Cómo podía la naturaleza brindarles un amanecer tan hermoso después de lo sucedido?

Noon estaba sentada a su lado y la tenía agarrada con fuerza.

Sus padres habían intentado convencerla de que durmiera, o que al menos descansara en casa, pero no habían conseguido sacarla del salón principal de la guarida.

No se movería hasta que algún guardián llamara o apareciera con la noticia de que habían encontrado a Amanda y que estaba bien.

Recordó cómo habían trasladado a Milo, al que apenas había conocido unas horas, en una bolsa negra. Habían estado cantando juntos, se había reído y había sido el encargado de llevar las velas para Amanda.

Su amiga no había llegado a soplarlas.

—Ay, Diosa... —gimoteó, inclinándose hacia delante.

Su hermana la abrazó y Summer inspiró hondo.

Habían tenido el mismo aroma hasta cerca de los siete años, cuando la diferencia entre sus personalidades se había empezado a consolidar.

Entonces Summer había adoptado notas más especiadas, como a canela, mientras que Noon se había suavizado hacia los cítricos.

Siempre olía a una mezcla de bergamota y peonía que hacía que Summer sintiera un cosquilleo en el ombligo. La hacía saber que estaba a salvo.

—Todo saldrá bien.

—Si no aparece... —sollozó—. Venían a por nosotros. Venían a por Johnny y a por mí, y todo por escaparnos y estar donde no debíamos. Oí que disparaban a Milo, ¿sabes? Johnny salió corriendo, pero...

El toque de Noon se volvió más firme.

—Que unos desalmados os atacaran no es culpa tuya, Summer. Fue una casualidad de mierda.

Quiso creerla, pero la culpabilidad la estaba carcomiendo por dentro. Tendría que haber corrido detrás de Amanda. Conocía el bosque, podrían haberse escondido juntas. Dios, podría haber hecho tantas cosas distintas...

Permanecieron juntas hasta que les llegó el sonido de unos pasos rápidos y pesados aplastando la gravilla del exterior.

La puerta del gran edificio de madera se abrió y apareció Micah, seguido de Willard, el propio Johnny y Grant, el padre de las mellizas.

Todos los pumas adultos disponibles habían sido convocados durante la madrugada para peinar el bosque en busca de la humana que faltaba.

Summer se irguió, esperanzada, y cruzó miradas con Micah. Ni siquiera vio sus cicatrices, solo sus ojos azules bajo el revuelto flequillo castaño. El beta de la manada se limitó a exhalar. El estómago de la muchacha se desplomó.

Fue su padre quien hincó una rodilla frente al sofá en el que estaban sentadas.

—Encontramos su rastro a unos tres kilómetros del mirador.

Corrió bastante antes de detenerse, creemos que a descansar.

Allí aparecieron más huellas. —Summer empezó a quedarse fría fría fría, incluso con su melliza a un lado y su padre tomándola de las manos—.

Había más cazadores y parece que se toparon con ella.

Por el dardo que encontramos, la sedaron y la llevaron hasta un automóvil que tenían en el límite de nuestro territorio.

Juniper ya está trabajando en las cámaras de la zona, intentando localizarlo para averiguar su matrícula, su ruta, cualquier cosa que. ..

Summer se observó los dedos, entrelazados con los de su padre. Todavía tenía tierra y sangre debajo de las uñas. Cuando se duchara, desaparecerían.

Como su mejor amiga.