Feral 11
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Remi

—Entonces, para aclararnos. La jerarquía de las manadas va así: alfa, beta, círculo, sanadora, guardianes, cuidadores y ¿cachorros?

—No, no. Yo creo que la sanadora va en el mismo escalón que el alfa.

—Y no os olvidéis de los portavoces y los encantadores. ¿Dónde irían ellos? ¿Antes o después de los guardianes?

—Os estáis haciendo un lío. Esto es sencillo, chicos: solo importan el alfa, su círculo (que incluye al beta) y la sanadora. El resto son miembros comunes de la manada con distintas funciones, pero sin poder real en la escala jerárquica.

Influencers debatiendo durante un directo en Twitch sobre cambiaformas

No perdí de vista a Faye en ningún momento después de que se quedara inconsciente.

Organizarse tras el ataque fue un puto caos, pero no era la primera vez.

Por desgracia, manadas como la nuestra sufrían atentados más a menudo de lo que los gobiernos humanos querían admitir.

Les encantaba proclamar que éramos tan salvajes que peleábamos entre nosotros, de ahí nuestra fama, pero eso no era cierto. No del todo, al menos.

Cuando dos manadas depredadoras entraban en guerra, ni concernía a los humanos ni solían enterarse. Y para cuando acababa, solo quedaba una manada. En tiempos modernos eso rara vez ocurría, pero siempre estaba la posibilidad.

Sobre todo si tenías vecinos tocapelotas como los Tierrasangre.

Encontramos a las otras dos humanas al cabo de una hora, escondidas entre unos matojos junto al río McKenzie.

Estaban histéricas y se echaron a llorar cuando vieron a Summer.

Íbamos a tener un problema de cojones cuando se lo contaran a sus padres y a la policía, lo cual no podíamos evitar.

Con un menor humano muerto, las autoridades querrían involucrarse, pero empezarían a remolonear cuando les contáramos que los agresores pertenecían al mismo grupo que secuestraba cambiaformas y luego tiraba sus cuerpos por ahí.

Me cabreaba solo de pensarlo.

Pero, sobre todo, estaba como una moto porque la situación podría haber sido mucho peor. Summer y Johnny se habían escapado gracias a la falta de guardianes en el perímetro, ignorantes del duelo de los Ondagua y saltándose las estrictas normas que les habíamos impuesto.

—Esto no habría pasado si les hubiéramos dicho por qué los estábamos vigilando —dijo Fabian en un tonito que me hizo entrecerrar los ojos.

—No los librará del castigo.

—Ah, no, eso tenlo por seguro. Pero tendrás que ponerte a la cola. Sus padres están de camino y, palabras de Micah: «No sabía que un puma podía romper la barrera del sonido gritando».

Sí, había dejado a mi beta la maravillosa tarea de informar de lo sucedido a las familias de Johnny y Summer. Y no me arrepentía lo más mínimo. Pero, dentro de mis prioridades, castigar a los prófugos no estaba en lo alto de la lista.

Había un cadáver que trasladar a Corvallis, otros tres de los que nos desharíamos nosotros mismos y dos atacantes bien maniatados y retenidos. Según Summer, había sido Faye quien los había noqueado. Cuando le había preguntado cómo, la muchacha había dicho una auténtica locura:

—Solo mirándolos.

Juniper, Micah y dos guardianes más, Mara y Quinn, tiraron en un montón las armas y artilugios que habían requisado tanto de los vivos como de los muertos.

Formaron una pila considerable. Cuando vi los rifles de francotirador con dardos tranquilizantes, los cuchillos de titanio y las escopetas con balas de alta densidad, las garras se me salieron y empecé a verlo todo rojo.

«Iban a sedarlos y capturarlos. Y, si eso no funcionaba, iban a matarlos».

A nuestros cachorros. Lo más sagrado de mi manada.

Micah debía estar pensando lo mismo, porque intentó avanzar hacia los atacantes. Pelo grisáceo le surgió de los brazos y las garras asomaron con un chasquido.

Lo empujé por el pecho.

—Los necesitamos vivos. —Luego bajé la voz—. Hemos llegado a tiempo. Están bien.

Micah asintió poco a poco, regulando su rabia, controlando a su animal.

Era el guardián más inestable de mi círculo, con el control siempre pendiendo de un hilo.

Sabía perfectamente a qué se debía que él y su puma se inclinaran más hacia el salvajismo que el raciocinio; había estado a su lado después de aquello.

Estábamos en el ritual de despedida de Calum, en el bosque de Santiam, cuando habíamos recibido una alerta por movimiento sospechoso en el área de Fall Creek.

Aunque era terreno neutral, no debía haber nadie allí.

Minutos más tarde, uno de nuestros drones había captado a duras penas la imagen de un vehículo que claramente se había esforzado mucho por camuflarse.

Juniper, Fabian y yo nos habíamos transformado y acortado terreno a través del monte; Micah nos había seguido en coche, en contacto con la manada, y nos había informado de que Summer y Johnny no estaban en la guarida.

Estaba seguro de que la cachorra haría caso de la prohibición y no se movería de su casa, y la muy tunante se había escapado.

Los sonidos de los disparos habían terminado de guiarnos hacia el viejo mirador. El primero al que habíamos encontrado había sido Johnny, junto a un mercenario moribundo con una profunda mordida en la yugular.

Era la primera muerte del chico y debía recordar hacerle un seguimiento y hablarlo con él en cuanto todo se calmara.

—Tenemos que encontrar a Amanda. —Summer le estaba suplicando a una ceñuda Mara. La bala apenas le había rozado el muslo y la herida ya había dejado de sangrar. Cicatrizaría por completo en menos de veinticuatro horas—. Ella... salió corriendo... Debe de estar por el bosque también...

—Aparecerá, no te preocupes —le contestó la guardiana.

—Dejadme ayudar. Se me da bien rastrear, ¡lo sabéis!

—Ni se te ocurra moverte de aquí.

Tras la amenaza de Mara, Summer se quedó al borde de un ataque de histeria. Pero no se movió. Por fin estaba regresándole el sentido común.

Apenas veinte minutos después de llamarla, llegó Inaya.

Con su metro ochenta y dos, su largo pelo teñido de carmesí y sus collares de colores.

Todos los pumas presentes dejaron escapar un suspiro mental al mismo tiempo.

La sanadora de los Colmilloscuro siempre era una presencia bienvenida.

Si bien nadie podía decir que hacía magia, y la mujer podría restregarle su título universitario en medicina y sus múltiples másteres a quien se atreviera a sugerirlo, había algo místico en ella.

Algo que se transmitía de sanador en sanador y estaba envuelto de manera intrínseca en el tejido que conformaba la manada.

Los Colmilloscuro éramos parte de la sanadora, y la sanadora, de los Colmilloscuro. Indivisibles e indispensables entre sí. Si una manada gozaba de un sanador saludable y sólido, la manada también lo sería.

Lo primero que hizo la mujer tras soltar su botiquín portátil en el suelo fue abrazarme.

La apreté contra mí e inspiré hondo, tragándome su aroma a lavanda y sus feromonas calmantes naturales.

Uno de los vínculos más fuertes del alfa se producía con el sanador.

Inaya llevaba en el cargo desde que mi madre era alfa, habían sido grandes amigas y la ayudó en su camino como líder.

Y, cuando falleció, permaneció a mi lado como un faro inquebrantable al que siempre podía acudir.

Incluso cuando todo lo que hice fue huir como un cobarde.

La mujer me palmeó la mejilla.

—Tú estás bien anclado. ¿Quién necesita ayuda?

Abrí la puerta del Wrangler. Había acostado a Faye en los asientos traseros. Inaya frunció el ceño en cuanto la vio.

Ese simple gesto me alarmó.

—¿Qué ocurre?

Había revisado el pulso de la chica decenas de veces, inquieto por la sangre seca alrededor de su nariz, las profundas ojeras y el hecho de que parecía haber perdido peso desde la última vez que la había visto. Y en aquel momento no le había sobrado ni un gramo.

—Sin merodear como una mosca. Déjame hacer mi trabajo.

Fabian esbozó una sonrisilla. Le encantaba que los ancianos y la sanadora se tomaran a pitorreo la jerarquía.

—Ve a calmar a Summer —le gruñí—. Su amiga tiene que aparecer antes de que amanezca y la frontera se llene de policías.

Fabian me guiñó un ojo.

—Sí, alfa .

Tras una evaluación médica inicial (pulso, tensión, frecuencia respiratoria), Inaya hizo aquello que llevaba a todos a pensar que los sanadores eran mucho más que profesionales con título: colocó la mano en la mejilla de Faye y cerró los ojos.

Un minuto más tarde, el jaguar estaba arañando para salir y no pude aguantar más el silencio.

—Dijo que no podíamos llevarla a la guarida. Que nos pondría en peligro. Ya te he contado su comportamiento previo y estoy seguro de que Landon te dio su versión sobre lo que le ocurrió en la mano. Y Summer ha dicho...

Inaya abrió los ojos y retrocedió.

—Ayúdame a darle la vuelta.

Lo acaté sin cuestionar. Inaya subió la camiseta de Faye y tuve que apartar el rostro al ver cómo se le marcaban los huesos de la espalda, pinchando la piel. La sanadora la palpó aquí y allá hasta que se detuvo en la parte baja de la columna.

—Diosa luna —susurró horrorizada.

—¿Qué?

—¿Cuál es el refugio más cercano?

Pensé a toda velocidad.

—El de Kwetana Springs, a unos tres kilómetros.

—Hay que trasladarla allí de inmediato.

—Inaya. —Tomé a la mujer del brazo. Mi bestia estaba histérica y ya no podía distinguir las razones detrás de mi nerviosismo. La noche había sido una puta locura, pero aquel desasosiego me sorprendía incluso a mí y había comenzado cuando había visto a Faye sangrando junto a Summer—. ¿Qué le pasa?

—Su estado general es grave, pero eso no es lo más preocupante. Tiene algo artificial implantado en la columna. —Sentí que me tiraban un balde de agua helada por encima—. Algo que emite ondas que solo había percibido en tecnologías avanzadas, nunca en personas.

Apreté las manos en puños. Joder, ¿qué estaba pasando aquella noche?

—¿Un chip?

La mujer contempló a la chica con lástima.

—Es posible.