10 #2
Varias personas hablaron a la vez, pero acabó imponiéndose el alfa. Se arrodilló junto a mí, importándole muy poco no llevar ni una sola prenda de ropa encima.
—¿Qué le pasa? —exigió saber.
Luché contra la inconsciencia.
—¿Ha... terminado todo? ¿Ya no hay peligro?
—Eso debería preguntártelo yo a ti. Durante tus advertencias se te olvidó mencionar que tú también estarías involucrada.
—No podía... dejar que la atraparan. A ella no.
Oh, no, estaba a punto de echarme a llorar. Todo se me estaba viniendo encima. Mi vida se había ido a la mierda justo cuando había podido hacer una cosa buena.
Alguien más entró en el mirador y las voces se alzaron de nuevo. Todo me daba vueltas. Remi se cernió sobre mí.
—Que Inaya esté preparada —dijo con esa voz profunda que parecía emanar del mismísimo bosque—. Necesita asistencia inmediata.
—¿La llevamos a la guarida? —preguntó la chica en tono escéptico.
Remi y yo contestamos al mismo tiempo:
—Sí —dijo él.
—¡No! —repliqué.
El alfa gruñó.
—No estás en condiciones de protestar.
—Déjame aquí... U os pondré en peligro. No hay... no hay tiempo.
Grande, oscuro y cálido, extendió una mano áspera y recorrió una de mis mejillas. Capturó la lágrima que se me había escapado.
—Otra vez mirándome sin pestañear.
Contra todo raciocinio (y ya daba igual porque sabía que había excedido todos los límites), supe que estaba a salvo. Fue instintivo, inexplicable e innegable.
Me apoyé contra su mano.
—Hazme caso. Déjame aquí.
La respuesta ronca de él se coló entre la nada, con un toque de humor:
—Ya veremos, florecilla.
Todo se desvaneció.
Amanda estaba aterrorizada. Corrió por el bosque a ciegas durante lo que le pareció una eternidad.
El corazón le latía tan apresuradamente que se ahogaba en su propio miedo.
No sabía cuándo parar o hacia dónde dirigirse.
¿Dónde estarían los demás? ¿Debía volver a ayudarlos?
Summer y Johnny seguro que podían defenderse y huir, pero los demás.
.. Joder, había visto armas. Sin duda, esas personas estaban armadas como para un asalto militar. ¿De qué iba aquello?
Se detuvo a recuperar el resuello, agarrándose las rodillas. Tendría que haber intentado volver al coche, Milo había escapado en esa dirección. Tal vez él podría llegar a una zona con cobertura y pedir ayuda. Tal vez...
La hojarasca crujió a su izquierda y sintió una ligera punzada en el hombro. Fue un dolor tan nimio que, cuando bajó la vista, apenas se podía creer que hubiera un dardo clavado allí. Se lo arrancó y una sensación gelatinosa se apoderó de sus músculos.
Se tambaleó hasta chocar con un árbol y resbalar por el tronco. El cuerpo no le respondía.
Una mujer se colocó frente a ella con una pistola en la mano. Era baja y delgada, vestida de color oscuro y con las mejillas llenas de marcas. Llevaba el pelo gris retirado del rostro con una diadema de brillantes que hizo que Amanda creyera que estaba teniendo alucinaciones.
Otra persona apareció. Un chico alto cuyo rostro no pudo distinguir cuando los ojos le bizquearon.
—Lo he comprobado. Tenías razón, es Faye Kovalenko. La tienen los Colmilloscuro.
—Interesante. —Sus ojos vagaron, pensando para sí misma. Le surgió una sonrisa que llenó de pánico a Amanda—. Me parece que el bueno de Dominic va a tener que dar muchas explicaciones.
El chico no dijo nada. En su lugar, examinó a Amanda.
—Es humana.
—Comprueba la red una vez más —le espetó la mujer con acritud—. Si no contestan en un minuto...
El rugido colosal de un felino colérico sacudió el bosque entero. Decenas de bandadas de pájaros alzaron el vuelo al mismo tiempo y un silencio sepulcral se instaló sobre Willamette justo después. La mujer apretó la mandíbula con fuerza y el chico se tensó de los pies a la cabeza.
Amanda sintió una mezcla de horror y alivio. Algo que causaba una impresión tan gorda en todo su entorno no podía ser otra cosa que un cambiaformas. Y uno de los grandes.
Tal vez eran los Colmilloscuro. Eran la manada de su mejor amiga y de Johnny, por lo que seguro que venían a ayudar.
—No tenemos un minuto. —El chico se acercó a Amanda, que emitió un gemido ahogado—. Esta no nos vale y ha visto demasiado. Es un desperdicio, me desharé de ella.
—No —lo contradijo la mujer a toda prisa. El chico se quedó quieto—. Me la quedo. Tal vez pueda ser útil.
—Mi trabajo no es secuestrar humanos.
—Tú cazas lo que yo te digo que caces; ese es tu trabajo. Vamos.
Amanda tomó sus siguientes respiraciones como si su vida colgara de un hilo, porque sentía que así era.
Esperó a que varios pumas enojados entraran en escena de repente, a que el chico se negara una vez más a llevarla a donde fuera que esa mujer pretendía, a que alguno de sus amigos la encontrara a tiempo.
Pero eso no pasó.
—Como quieras —acabó contestando él.
Sacó su propia pistola y disparó otro dardo, esta vez al estómago de Amanda. La muchacha apenas lo notó. Cerró los ojos y se dijo a sí misma que aquello no era más que una pesadilla.