10
Faye
Debate televisivo sobre las leyendas de terror de Willamette
–Esto es lo más cerca que puedo dejarte —dijo Harry—. Justo detrás del puente hay un pequeño sendero hasta el mirador.
—Así está genial, gracias.
—¿Seguro que no necesitas que te espere?
«Si todo sale bien, no».
—Seguro. No sé a qué hora acabará la fiesta. Pero tengo su número, no se preocupe.
—Ya.
Estaba claro que el hombre ya no se fiaba de mí. Verme sin peluca y con ropa que no me quedaba tres tallas más grande lo había sorprendido, pero no tanto como mi aspecto demacrado. Debía pensar que era una yonqui o una bala perdida.
—Gracias por todo, señor Miller.
Cuando vi alejarse el taxi por segunda vez, no me sentí tan valiente como cuando había visitado el bar de cambiaformas. Aquello había sido una aventura arriesgada y me imaginaba regresando a casa al terminar.
Esa noche, sin embargo...
Junto al sendero hacia el mirador descubrí un coche rojo. Lo raro fue que la puerta del conductor estaba abierta, con la luz de la cabina encendida. No vi a nadie dentro, pero aquello parecía un descuido muy tonto.
—¿Hola? —pregunté en voz alta.
Tras unos segundos de silencio inquietante, escuché algo... leve. Parecía provenir de la parte delantera del coche. Lo rodeé despacio. Sabía que el bosque estaba lleno de animales salvajes, aparte de los cambiaformas.
El corazón me dio un brinco cuando descubrí a un chico tirado junto a una de las ruedas delanteras.
—Dios mío —susurré. Me tapé la boca.
No necesité acercarme más para saber que, si no había muerto ya, le faltaba poco.
Estaba bocarriba y tenía las manos ensangrentadas en posiciones extrañas, en el aire, como si hubiera intentado taponarse las heridas del pecho y los músculos ya no le obedecieran.
Sus ojos estaban clavados en el cielo, vidriosos.
Di un paso hacia él, conmocionada, y un ruido ensordecedor explotó a lo lejos.
Un disparo.
Conecté las piezas. A aquel chico le habían disparado, probablemente cuando intentaba subirse al coche... y la cosa no había terminado aún.
—No, no, no, no.
Eché a correr sendero arriba. La luna apenas daba visibilidad y había traído una linterna, pero no me arriesgué a encenderla. Alterné la mirada entre la tierra machacada flanqueada por árboles y el frente.
Poco después, el promontorio sobre el que se alzaba el mirador quedó a la vista. Me acerqué con precaución evaluando la zona. Los gritos asustados de unas chicas me sobresaltaron. Provenían de la derecha, del bosque. ¿Sería Summer? ¿Se había internado en él?
Lo cierto era que no sabía cuántas personas podían estar comprometidas. Mis visiones nunca eran exactas y me pregunté si, al esforzarme tanto por huir de ellas, me estaba perdiendo detalles importantes.
Otro disparo. Aquella vez vi el fogonazo arriba, en el mirador.
Era una edificación de madera de más de cien años, con la pintura blanca descascarillada y precintada durante las últimas décadas.
Era allí. Allí era donde había visto a Summer siendo agredida y, finalmente, tras una persecución por el bosque, asesinada.
Subí por una escalera tallada en la roca natural que ascendía en curva hasta un pequeño portal.
Solté el bolso en el camino y me agaché.
A través de uno de los ventanales rotos, vi a dos personas vestidas de negro enarbolando rifles y a una chica rubia agazapada contra la pared opuesta a la puerta.
El ventanal a su espalda proporcionaba una vista directa de las Three Sisters a lo lejos, su contorno delineado por la luz de la luna y las estrellas.
Reconocí a la chica al instante. Sin duda era ella. Summer. Tenía la ropa rasgada, una herida sangrante en el muslo y mostraba la marca en las costillas con la que llevaba soñando casi dos meses: un puma enroscado en un árbol, con las fauces y las garras a la vista.
En cuanto a las personas armadas... No conocía a todos los empleados de mi padre, pero podía identificarlos sin problemas. Sabía qué pretendían hacer con Summer si la capturaban.
La sensación de inevitabilidad que me invadió entonces...
Era el cerebro jugándome una mala pasada. Mezclando la visión con el presente. Adelantándose a los acontecimientos porque, de hecho, ya los había vivido.
—Ya no eres tan valiente si no puedes transformarte, ¿a que no? —se jactó uno de los atacantes, el hombre.
La mujer había abierto su rifle y estaba sacando un dardo lleno de un líquido amarillo de su cinturón.
—A dormir y al coche —murmuraba con tranquilidad—. Con suerte, el macho intentará salvarla y no tendremos que perseguirlo.
—Date prisa. Antes de que se le cierre la herida e intente cambiar otra vez.
Me acerqué a la puerta y los ojos castaños de Summer se clavaron en mí.
Ese pequeño gesto alertó al hombre, que me miró.
Maldije para mí misma. Casi sin pensar, me introduje en su cerebro e interferí tanto en el lóbulo parietal como en el tálamo.
No estaba segura de qué sentiría él, pero para mí era como si mi mente proyectara una mano imaginaria capaz de acceder a todos y cada uno de sus nervios cerebrales, como si su cráneo fuera un libro abierto.
El hombre perdió la sensibilidad de cintura para abajo y se derrumbó con torpeza, empujando a su compañera. El dardo cayó al suelo y se rompió.
Cuando la mujer me descubrió, su rostro se demudó.
—¿Y tú quién mierda eres?
Fue a por mí y el cerebro se me aturulló. Joder, no estaba acostumbrada a emplear aquella cosa... enfermedad activamente. Sumado a mi agotamiento, me llevó a forcejear inútilmente con la mujer y que esta me empujara al pequeño interior.
Caí casi a los pies de Summer. Aquel simple golpe me dejó exhausta y luchando por respirar. Crucé miradas con la cambiaformas. Parecía atónita y asustada. Si supiera que estaba allí para salvarla seguro que se reiría.
—Levanta, idiota —le ladró la mujer a su compañero—. Pégale un tiro en la cabeza. Solo nos interesan los gatos.
El hombre, que se estaba masajeando las piernas con incredulidad, alzó su rifle de nuevo. Estaba claro que él era el que tenía las balas de verdad.
—¿No eran solo cuatro humanos? —masculló.
—Cuatro o cinco, qué más da. Acabarán todos en el mismo sitio.
Me levanté a duras penas, pero ni me quedaba más remedio ni pensaba cejar ahora que estaba allí.
—No os la llevaréis.
Él bufó y dispuse de una fracción de segundo para darme cuenta de que iba a apretar el gatillo. Solo tuve que pensarlo para toquetearle el lóbulo frontal, apenas un roce. Suficiente para que los dedos se le aflojaran y el arma se le cayera.
Todos me miraron al mismo tiempo. Aproveché el factor sorpresa para inducirles una parálisis transitoria.
Conocía al dedillo todas y cada una de las áreas del cerebro y cómo estas dominaban el cuerpo, gentileza de haber pasado tantas horas en el laboratorio.
Así que inhibí la formación reticular, crucial para las funciones vitales, desbaratando la red de neuronas del tronco encefálico.
¿Resultado? Ambos cayeron redondos al suelo. Nos daría un breve paréntesis para escapar.
Me giré hacia Summer.
—¿Estás bien? ¿Puedes caminar?
La muchacha estaba... en shock , sin duda.
Daba igual a qué especie pertenecieras, nadie nacía sabiendo reaccionar a un ataque así.
Verla en persona por fin después de ser testigo de su muerte tantas veces en las visiones me resultó disonante.
Estaba asustada, presionándose la herida del muslo y con el pelo rubio alborotado alrededor del rostro.
—Te sangra la nariz —susurró.
Me limpié. Al ver tanta cantidad de sangre en el dorso de la mano, las rodillas estuvieron a punto de fallarme. Fue ella quien me sostuvo.
—¡Summer! —Un chico alto y moreno atravesó la puerta casi derrapando.
Estaba sucio, sudoroso y lo más impresionante de todo: completamente desnudo. Se abalanzó sobre nosotras y nos separó con brusquedad.
Él era la voz de mi visión. La voz que gritaba por Summer cuando la encontraba muerta.
—Johnny, espera, tranquilo. ¡Ella me ha ayudado!
Johnny no parecía capaz de escuchar y razonar en ese momento. Tenía pinta de haberse revolcado en un barrizal y sospechaba que algunas de las manchas eran de sangre. Y que no le pertenecían.
—Perseguí al que mató a Milo —dijo. Tenía los ojos muy oscuros, pero en ese momento parecían brillar. Por lo que sabía de los cambiaformas, era un milagro que mantuviera su forma humana estando tan alterado—. Oí más disparos y entonces...
Un gruñido bajo y terrible resonó e hizo que los músculos de la espalda se me comprimieran. Una bestia negra, grande y amenazante entró. La atmósfera cambió.
Era... era un jaguar negro.
—La manada está aquí —terminó de explicar Johnny, aunque no era necesario.
El jaguar se acercó. De espeso pelo azabache, tan brillante que parecía seda, y con colmillos de un tamaño colosal.
Sabía que los morfos eran un treinta por ciento más grandes que sus parientes salvajes, pero aquel felino se salía de cualquier parámetro.
Su mera presencia empequeñecía el lugar.
Me pregunté tontamente si el animal tendría siquiera que saltar para llegarme a la yugular. Era probable que no.
La imagen del jaguar se fue y volvió cuando me sobrevino un mareo. Mi cuerpo estaba empezando a colapsar, podía sentirlo.
Al pestañear, frente a mí ya no estaba la bestia, sino el hombre. Y aunque me estaba haciendo toda clase de preguntas, una parte de mí no se sorprendió al encontrarme con la mirada esmeralda y los extraños tatuajes de Remi Callahan.
—Tú —exhaló el alfa de los Colmilloscuro.
Summer se posicionó entre ambos.
—Me ha salvado.
Una chica a la que no veía chasqueó la lengua.
—Quítate de en medio, mocosa. ¿No has causado bastantes problemas ya?
Intenté apartarla, pero las fuerzas me abandonaron y fui derecha al suelo. Apenas sentí el golpe en las rodillas. Más sangre me empapó la mano.
«Me ha salvado».
Sí, lo había hecho. Joder, lo había hecho.
«Que te den por culo, doctora Moreau.
»Que te den por culo, papa ».