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Me aferré al bolso, inspiré hondo de nuevo y miré la luna creciente. Lo decidí en un ramalazo auténtico de euforia, hartazgo y rabia por todo lo que había tenido que vivir: salvaría a Summer, a esa cambiaformas desconocida, y lo demás no importaba. Yo no importaba, como no lo había hecho nunca.
Registré los bolsillos de Ivan hasta que encontré su móvil. Por suerte, me sabía de memoria el número que me hacía falta. Una voz masculina algo aburrida respondió:
—Taxi, Harry Miller al habla.
—Señor Miller, soy yo... Ana. La chica de la otra noche. Necesito su ayuda de nuevo.
—El señor Kovalenko quiere resultados, no excusas.
La doctora Ravena Moreau rechinó los dientes al escuchar la voz de la víbora que hacía las veces de recadera. Ni siquiera era la puta secretaria de Kovalenko, joder, y ya se creía mejor que el resto.
Ya se olía que una llamada del estilo estaba al caer. En cuanto había una cama libre en el laboratorio, las alarmas empezaban a sonar.
Daba igual que ella hiciera funcionar todo el puto laboratorio. Que fueran sus experimentos los que mejor resultado proporcionaban y sus métodos los únicos que habían sido sistemáticamente efectivos. Su hoja de trabajo rozaba la excelencia y, sin ella, Black Edge se iría a la mismísima mierda.
—Por supuesto —respondió con calma, clavándose las uñas en el muslo—. Dígale que tendré buenas noticias para él muy pronto. Ahora mismo estamos en plena cacería, de hecho.
—Seguid el protocolo habitual. Llamaré de nuevo en cuarenta y ocho horas.
Luego colgó. Ravena se quedó mirando el teléfono unos segundos, permitiendo que la rabia la consumiera e imaginándose a sí misma partiéndole el cuello a esa mujer, a sus compañeros y, en última instancia, al que manejaba los hilos.
Estar al servicio de un inmigrante forrado con ínfulas de visionario le parecía la máxima injusticia.
Ella quería cambiar el mundo; él, paliar algún complejo de inferioridad y llenarse los bolsillos.
Le habían dado una fecha límite: cuarenta y ocho horas. Como si hubiera cambiaformas entrando por la puerta del laboratorio voluntariamente todos los días.
Tiró el teléfono en la guantera y salió de la pickup .
Al cerrar la puerta con fuerza, quedaron a la vista un par de rasguños que los de transporte y contención no habían arreglado; los arañazos habían cuarteado la pintura mate especial para el camuflaje.
Si no recordaba mal, había sido un detalle del último bicho que habían intentado capturar dos semanas atrás, un mapache que había adoptado su forma animal en el último momento, creyendo que su pequeño tamaño lo ayudaría a escapar.
Solo lo ayudó a terminar rápido bajo tierra, puesto que habían tenido que eliminarlo allí mismo para impedir que se alejara. Otro desperdicio, como la nutria macho. Ravena odiaba los desperdicios.
Uno de sus ayudantes, Vance, estaba comprobando la puerta del contenedor metálico que había en la zona de carga de la pickup .
Dentro habían fabricado una jaula con barrotes electrificados y suelo de goma industrial, perfecto para heridas sangrantes.
Sedaban a las bestias antes de transportarlas, pero nunca se era lo bastante precavido.
El contenedor olía a una mezcla de desinfectante químico y metal caliente.
Vance no levantó la vista de su trabajo. Llevaba el pelo oscuro oculto bajo un pasamontañas e iba vestido por entero de negro. Lo normal para esas noches.
—No me lo digas: quieren resultados.
Ravena solo lo miró. A veces, aquel niñato de veintipocos años se tomaba demasiadas confianzas. Era eficiente, pero ella no hacía amigos en el trabajo. No hacía nada que pudiera desviarla de su objetivo final.
El silencio se alargó entre ellos, crispando los nervios de Ravena.
Estaban aparcados en una antigua área de pícnic que se había cerrado más de cuarenta años atrás, cuando los humanos todavía controlaban algo el mundo.
No formaba parte estrictamente del territorio de los Colmilloscuro o los Tierrasangre, pero su proximidad había sido suficiente para que nadie quisiera visitarlo.
Por si fueran pocos los millares de hectáreas que los morfos habían robado, su veneno siempre se extendía más lejos. Usurpando y contaminando más y más.
Su auricular crujió levemente. Ravena lo activó con un toque del dedo, abriendo la red segura que utilizaban para comunicarse.
—Moreau.
Era una de sus cazadoras más experimentadas.
—No se lo va a creer, doctora. Esta noche no vamos a tener que rastrillar el bosque porque esas alimañas han venido directas a nosotros.
—¿Qué especie?
Por Dios, que no fueran putas nutrias otra vez.
—Pumas. Son un grupo de seis adolescentes de fiesta en el viejo mirador de incendios, cuatro humanos y dos morfos. Macho y hembra, y eso no es lo mejor.
La doctora ya sentía la sangre encendiéndose y cantando.
—¿Qué?
—Por las lecturas del escáner, sus feromonas y señales bioeléctricas son potentes. En especial las del macho.
Eso mostraba marcadores de dominancia elevada. Ravena le chasqueó los dedos a Vance. Había que ponerse en marcha.
—Él será el objetivo principal, pero necesitamos a los dos.
Una pareja dominante en edad reproductiva podría ser.
.. —Las posibilidades que aquello le brindaba la abrumaron, dejándola sin habla por un momento.
Ya estaba deseando regresar al laboratorio y verlos allí, tendidos en sus camas, a su entera disposición—. No quiero errores.
—Hecho —contestó la cazadora alegremente—. ¿Qué hacemos con los humanos?
—Prescindibles. Que parezca un accidente.
—Bien.
Cuando subió al coche, Vance ya estaba al volante.
—Pareces contenta.
—Cállate y conduce —gruñó. Pero el muy impertinente tenía razón.
Hacía años que no se les presentaba una oportunidad como aquella. No podían echarla a perder.