Feral 9
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Faye

Se reconoce a todo ser con capacidad de transformación el derecho a la integridad física y psicológica.

Ninguna entidad, pública o privada, podrá someter a experimentación, captura, detención o restricción de movilidad a un cambiaformas, salvo en situaciones de riesgo inminente para la vida propia o ajena, reguladas y supervisadas por las autoridades competentes.

Me desperté con un grito estruendoso alojado en la garganta. Una arcada seca vino justo después y opacó el sonido.

Las imágenes que acababa de ver pasaron fugaces frente a mí. Era la visión de Summer de nuevo.

El bosque.

Una prominencia rocosa elevándose hacia el cielo.

La estructura de madera desvencijada justo encima, coronada por la luna creciente.

Había risas... hasta que se convirtieron en chillidos. Hasta que...

Una figura se movió sobre mí y creí que el asesino de las visiones me había seguido hasta allí, hasta el presente y mi dormitorio. Pero cuando la tenue luz de la luna que entraba por la ventana iluminó su perfil, mi corazón aterrorizado se petrificó por completo.

Ojos viciosos. Tatuaje en la sien.

—Ivan —susurré—. ¿Qué estás...?

Se movió rápido. Me apresó las muñecas de manera despiadada contra el colchón y se cernió sobre mí, apoyándome una rodilla contra el estómago. El aire se me escapó de los pulmones.

Cuando habló, el secretario de mi padre sonaba satisfecho y agitado.

—No grites y no patalees o me cabrearé.

¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Cómo había entrado? Había cerrado con llave antes de perder el sentido. Jamás me...

El pecho se me sacudió violentamente cuando la falta de aire se prolongó.

Despacio, Ivan retiró la rodilla y tragué bocanadas de aire.

Todavía estaba débil y no sabía cuánto tiempo había pasado desde que había regresado del laboratorio.

Por mi experiencia, lo mismo había sido un día como tres, y sabía que nadie se había preocupado de alimentarme mientras tanto.

—Suéltame —le pedí con voz ahogada.

—Creo que no. —Ivan sonrió. Le rechinaban los dientes al mover la mandíbula y eso lo hacía cada vez más en los últimos meses.

Todos los que estaban al servicio de Valentin Kovalenko necesitaban algo extra para mantenerse alertas, fuertes y enérgicos, así que las pastillas de Captagon rodaban como gominolas entre ellos—.

Tu padre te ha dejado a mi cargo. Solo a mi cargo.

—Inclinó la cabeza hacia un lado, mostrando la tinta negra en su sien—.

Pensaba que no iba a ser capaz de despertarte, ¿sabes?

Caes duro después de las sesiones. Y dormida no será tan divertido.

Luego movió la rodilla más abajo e hizo presión, intentando que abriera las piernas. El pánico y algo más, algo instintivo, me explotó en las venas. Ya lo sabía. Sabía cómo me miraba Ivan y qué significaba, y sus intentos por quedarse a solas conmigo no habían sido sutiles. Sin mi padre cerca...

Cuando Ivan acercó el rostro, lo esquivé y sentí su aliento en el cuello. El asco llegó tan fuerte como el miedo, mezclándose en mi interior y haciendo que la presión se me acumulara en la cabeza.

—Para.

—Mírame. —Una mano áspera y dura me atrapó la mandíbula—. Quiero ver ese ojo monstruoso. ¿Cómo lo llaman los médicos? —Me resistí, pero él era físicamente más fuerte y parecía que le daba igual desnucarme—. Ahí están... tan desafiantes como siempre. Ah, sí, el término es heterocromía disruptiva.

Forcejeé y solo conseguí que la presión en las muñecas aumentara tanto que me protestaron los huesos. El muy animal iba a rompérmelos.

—Para —pedí por segunda vez.

Se me ocurrió una idea loca.

«No. No puedo dejar que salga».

O... tal vez sí. Si no lograba que Ivan se detuviera...

—No puedes matarme y yo le contaré a mi padre lo que pase. —Se me escapó un gemido de dolor cuando, por fin, me abrió las piernas y metió un muslo para impedir que volviera a cerrarlas—. Vete ahora y me quedaré callada.

Ivan, al parecer, encontraba mis serias advertencias muy divertidas.

—Te quedarás callada igualmente porque sabes que nadie moverá un dedo para defenderte, mucho menos tu padre.

Llevo cinco años trabajando para él. Sé cuáles son sus prioridades y te puedo asegurar que la virginidad de su monstruito no es una de ellas.

—Me estiró los brazos por encima de la cabeza, hasta que pudo agarrarme con una sola mano—.

No pasarás por la vergüenza de contárselo y que ni siquiera levante la vista de su escritorio, ¿a que no?

Claro que no. —Movió la mano libre y me estremecí, pero él solo se sacó algo del bolsillo de los pantalones—.

Tampoco querrás que sepa que le has estado ocultando esto, supongo.

Me quedé inmóvil. El comunicador. ¡No!

Era mi único resquicio de libertad. Lo único que me hacía sentir persona, que me daba una falsa sensación de seguridad.

Saboreando su victoria, Ivan lo lanzó contra la pared. Escuché el plástico rompiéndose en pedazos.

—No hace falta que seas una frígida. Si te resistes un poco me gustará más.

Sus labios fríos me recorrieron el pómulo y seguramente saborearon las lágrimas que se me estaban escapando. Mientras me mordía la oreja e intentaba levantarme la camiseta, me pregunté si me arrepentiría de aquello. De lo que estaba a punto de hacer.

—Ivan —lo llamé con suavidad.

Algo en mi tono lo hizo apartarse para mirarme.

Tomé una lenta inspiración, preparándome, y, al exhalar, dejé que saliera esa otra parte de mi enfermedad.

Sobre mí, Ivan se agarrotó. El enorme cuerpo se le desplazó como si las garras de una bestia gigante se hubieran envuelto a su alrededor y lo estuvieran estrujando.

Me erguí al mismo tiempo que él se apartaba.

Todos los músculos y tendones de su cuerpo estaban rígidos, abultados.

El cuello parecía un entramado de cables de acero y el rostro se le estaba enrojeciendo por segundos.

Pronto empezó a adquirir un tono morado.

Me escabullí de la cama mientras él resollaba. No sabía cuánto podía aguantar un hombre adulto la sobrecarga de impulsos nerviosos, así que lo liberé. Ivan me miró con odio, pero también con una buena dosis de pavor.

—¿Qué mierda...? ¿Has sido tú?

—Lárgate y no hables de mí ni de mis asuntos con mi padre. No vuelvas a...

Se lanzó hacia mí. Y ahí terminaron mis intentos de razonar con él.

Jugué con su psiquis y le regalé una cefalea que lo dejaría ciego temporalmente. Su robusto cuerpo golpeó el suelo de mármol y empezó a sacudirse. Bueno, puede que también le hubiera brindado unas cuantas convulsiones que harían que su vejiga fuera incapaz de funcionar bien.

Abrió y cerró la boca, incapaz de formar palabras, babeándose. De acuerdo, también estaba generando descargas en los nervios del habla. Pero mientras él chorreaba saliva y perdía toda la dignidad de la que siempre había hecho gala, yo solo sentí... paz.

Y eso que le había asegurado a Remi Callahan que sería incapaz de herir a nadie.

Algo cálido se escurrió sobre mi labio superior y goteó a mis pies. Sangre. Detuve el ataque psíquico y me limpié la nariz. Nunca lo había ejecutado de manera consciente y sostenida, pero no me sorprendí de que tuviera secuelas físicas. Seguro que mi debilidad no ayudaba.

Llena de todos los sentimientos que normalmente me veía obligada a reprimir, me incliné hacia Ivan.

—Por mirarme como un puto baboso, tocarme sin mi permiso y decir gilipolleces.

Segura de que no iba a molestarme en un buen rato, comprobé el comunicador. Estaba inservible. Era un modelo viejo y el doctor Drummond me había advertido que debía tener cuidado.

Mientras acariciaba la pantalla resquebrajada, recordé la visión y la nueva información que me había mostrado.

«Conozco ese lugar».

Me asomé por la ventana y busqué por encima del jardín, de la estatua de Perún, de los muros que delimitaban la propiedad y de las luces de Corvallis a lo lejos. Hasta que la encontré apenas asomando sobre el tejado de mi casa.

Una luna creciente.

«Es hoy. Esta noche».

Lancé una miradita al balbuceante Ivan.

—Al final voy a tener que darte las gracias.

La adrenalina de lo sucedido me ayudó a pensar y a moverme.

Tracé distintos planes mientras me vestía y buscaba mis botas más resistentes en el fondo del armario.

Eran dos tallas más pequeñas porque no las utilizaba desde los catorce, cuando todavía salía de casa de vez en cuando con mi profesora y realizaba excursiones.

Hasta que la mujer había cometido el error de inmiscuirse y mi padre la había quitado de en medio.

Las botas tendrían que servir, no importaban unos dedos molidos teniendo en cuenta lo que iba a suceder en pocas horas. Así que ignoré los pinchazos de dolor por el material presionando mis uñas, ya maltratadas de por sí por el baile.

«¿Y si ha sucedido ya?

»¿Y si, una vez más, solo soy una espectadora pasiva?».

Me costó tres intentos colocarme las lentillas porque me temblaba todo el cuerpo. Mi alrededor se emborronaba si hacía movimientos bruscos y notaba el estómago encogido.

Metí en un bolso lo poco de que disponía y consideraba útil, que desde luego no era suficiente para lo que tenía planeado. Bueno, no planeado . Para lo que no me quedaba más remedio que hacer o no podría vivir conmigo misma.

Además... Observé a Ivan de nuevo. Estaba inmóvil excepto por sacudidas esporádicas de una pierna.

¿Cómo le iba a ocultar eso a mi padre? La idea de matar a Ivan y ocultar su cuerpo de algún modo se me pasó por la mente, pero la descarté al instante.

Me había defendido y no sentía remordimientos, pero no era una asesina a sangre fría.

Así que lo que acababa de ocurrir suponía un antes y un después.

Mi padre averiguaría todo y acabaría conmigo encerrada en el laboratorio, estaba segura.

Y no podía huir ni aunque tuviera un lugar al que ir, que no era el caso.