8 #2
Cuando me metí el móvil en el bolsillo, Micah me rodeó los hombros con uno de sus colosales brazos.
La rugosidad de los tejidos cicatriciales de mi amigo se frotó contra mi cuello y me reconfortó, incluso si eso me hacía parecer un demente.
Aquella era la piel de la persona que había estado a mi lado a toda costa.
Estaba caliente; podía oír la sangre corriéndole por las venas, el latido estruendoso del corazón. Estaba vivo.
Me apoyé un instante en él, recargando pilas. Ahí radicaba la fortaleza de los cambiaformas. Luego inspiré hondo.
—Corre la voz de que quiero hablar con todos los adultos en el salón principal esta noche.
—En otras palabras: llamo a mi madre y que ella se encargue.
Cualquier otro día aquello me habría hecho sonreír.
Pero, una vez más, sabía que me tocaban unas horas lentas y pesadas por delante, por no hablar del siguiente día. Apreté los puños con fuerza. Protegería a la manada costara lo que costara.
Escaparse no había sido difícil y eso... Bueno, sí, la ponía un poco nerviosa.
Summer lanzaba vistazos incrédulos a su espalda cada pocos segundos.
Pero no. Ningún guardián apareció entre la hojarasca para seguirlos.
Ella poseía un olfato superior incluso para ser una felina (por mucho que su propia manada no la creyera), y no detectó que nadie estuviera rastreándolos.
Ni siquiera para comprobar hacia dónde iban y luego interceptarlos y castigarlos.
El hosco Fabian Mendoza no los tumbó en el suelo con una pata en la nuca como la vez anterior, gruñéndoles junto al oído hasta que sus vejigas estuvieron a punto de aflojarse.
Su prima Juniper no estaba merodeando la frontera noroeste, su cuadrante habitual, y ni siquiera habían olido el rastro lejano de los guardianes de menor rango, los que no pertenecían al círculo del alfa.
Por razones inexplicables, el bosque de Willamette que rodeaba la guarida de los Colmilloscuro estaba inusualmente tranquilo aquella noche.
Los dejó marchar en silencio y, para cuando alcanzaron el tramo de la carretera que corría junto al río McKenzie, Summer no se podía creer la suerte que estaban teniendo. Johnny y ella se transformaron dándose la espalda y se vistieron en silencio con las ropas que habían dejado escondidas allí.
Mientras se deslizaba el vestido por las caderas, tuvo un impulso inexplicable y lanzó un vistazo sobre el hombro.
Johnny se había puesto unos vaqueros y estaba sacudiendo la camiseta.
Tenía la marca de la manada en el centro de la espalda, como siempre, pero le pareció que ocupaba más espacio que la última vez que la había visto.
Bueno, Johnny en general estaba más grande. Él...
El muchacho giró el rostro de golpe y sus miradas conectaron.
Al contrario que durante el día, cuando sus ojos parecían simplemente oscuros, de noche adquirían un brillo muy particular.
Reflejaban la luz como lo haría la superficie de un lago oscuro y allí, asomando tímidamente, había una pista inconfundible sobre lo que escondía el puma de Johnny: un alfa.
La propia puma de Summer ronroneó y apoyó la cabeza en las patas delanteras, atenta.
Johnny entreabrió los labios.
—Summer...
La chica inspiró de golpe y se giró de nuevo hacia los árboles. Dios, sintió que el corazón se le iba a salir del pecho.
Pero no había hecho nada malo o raro, ¿no? Era Johnny. Lo había visto desnudo cientos de veces. En una manada era casi inevitable no verse en ambas pieles. Era cierto que estaban haciéndose mayores, pero...
Sacudió la cabeza. No era el momento de detenerse a pensar en eso.
Su puma bostezó. Sintió a la perfección el mensaje que le enviaba: «Eres tonta, me aburres».
Ya en la carretera y sintiéndose muy optimista, lanzó un beso al cielo. La noche caía sobre ellos con la ligereza húmeda del otoño, haciendo que las estrellas salpicadas por todas partes parecieran luciérnagas cálidas y cercanas.
—El espíritu de la luna está con nosotros —afirmó. Se tocó un instante la marca de la manada en las costillas, una costumbre heredada de su madre. Ella decía que eso la hacía sentir conectada, tranquila y protegida.
Johnny, que caminaba unos metros por delante, resopló.
—Dudo que las deidades se manifiesten para que podamos escabullirnos a una fiesta.
—¿Quién sabe? Los ancianos siempre hablan de tiempos en los que había un espíritu debajo de cada piedra. Vaya, no podías caminar tranquilamente sin tropezarte con uno y ser bendecido, maldecido o engañado. —Señaló la luna creciente—. Nos está sonriendo. Es auspicioso.
—Me fascina cómo tergiversas la realidad a tu conveniencia.
Summer puso los ojos en blanco sin que él la viera.
—No hacía falta que vinieras si no querías, ¿sabes? Podía hacerlo sola.
Johnny no contestó y eso la molestó.
—¿Qué? Dilo.
—No me fío de ti para ir y volver sola de una fiesta con humanos.
Summer trotó hasta estar a su altura.
—Ni que fuera la primera vez.
—De noche, sí.
En eso tenía razón. Prefería no imaginarse el castigo que les caería si los descubrían. Pero eso no ocurriría. Tenían a Noon en la guarida cubriéndolos, lista para avisarlos de cualquier imprevisto y para comunicarles cuándo podían regresar.
Se echó la melena rubia sobre la espalda.
—No pasará nada. Y a Amanda le hace mucha ilusión que vayamos. —Lo miró de reojo. Su cabello era tan oscuro que se confundía con el cielo nocturno—. En especial tú.
Él no dio señales de haberla oído. Cuando Summer se preparaba para pellizcarle el costado, la tomó del brazo y la arrastró al estrecho arcén. Un coche acababa de doblar la curva, a lo lejos, e iluminaba las secuoyas y el asfalto.
Conforme más se acercaba, más fuerte sonaban la música y las risas.
Summer sonrió.
—Son ellos.
El coche, un viejo Honda Civic rojo, se detuvo junto a ellos con brusquedad. Conducía un chico humano que Summer solo conocía de vista, puesto que no asistía al Willa.
Amanda, con el rostro ovalado brillante de felicidad, se asomó desde los asientos traseros. Tenía el pelo oscuro completamente trenzado y se había puesto purpurina alrededor de los ojos, resaltando su curioso color grisáceo.
—¡Habéis venido!
—Pues claro que sí, te lo prometí. —Summer la besó en la mejilla y luego abrió la puerta.
Le llegaron los efluvios habituales de los humanos, junto con sus emociones más palpables: nerviosismo, como siempre que se encontraban cerca de cambiaformas, pero también excitación en altas dosis—. ¿Estás segura de que cabemos?
—Tendremos que apretujarnos un poco, pero sí. Le hemos dejado el copiloto a Johnny porque... Eh, bueno...
La cumpleañera parecía incapaz de decir que Johnny había crecido tanto que sus piernas no cabrían detrás.
Johnny, ajeno a eso, apoyó las manos en la puerta del conductor y se inclinó.
—¿Cuántos años tienes? ¿Has bebido?
—¡Venga ya! —Summer lo empujó sin gentileza para que rodeara el coche—. No pienso desperdiciar ni un minuto. Tenemos que regresar a la guarida antes del amanecer.
Johnny se dejaba manejar, eso estaba claro. Summer era una cambiaformas y poseía la fuerza de su animal, pero ya hacía unos meses que no podía compararse con Johnny. Había dejado de jugar con él en el lago por esa razón: siempre acababa ahogada y despeinada.
La joven se sentó sobre las piernas de Amanda, quien le presentó a otras dos chicas humanas que vivían en su misma calle y también estaban en casas de acogida. Parecían simpáticas y dispuestas a pasárselo bien esa noche, y eso era todo lo que a Summer le importaba.
—Es la primera vez que estoy tan cerca de morfos depredadores —confesó una con cierta vergüenza.
Summer le guiñó un ojo.
—No mordemos... a no ser que nos lo pidáis. —Luego dejó que el animal asomara en sus ojos, sabiendo que eso haría que sus iris castaños se iluminaran brevemente.
Las chicas jadearon y luego rompieron a reír. Si Summer hubiera estado en su otra forma, se habría relamido los bigotes.
El conductor, que se llamaba Milo, arrancó bajo la atenta mirada de Johnny. Salió de forma suave y comedida. En la radio sonaba Shut up and dance with me y el aire del otoño entraba por las ventanillas trayendo consigo el aroma de los arándanos, el río y la tierra.
Summer le rodeó el cuello a Amanda con los brazos.
—¿Dónde es la fiesta?
—Vamos al viejo mirador de vigilancia contra incendios. Como la noche está despejada, seguro que vemos el monte Jefferson e incluso las Three Sisters. —Su amiga le apretó la cintura con cariño—. No sabes cuánto me alegro de que hayáis venido, en serio.
—Y yo, Amy. Feliz cumpleaños.
Summer se sintió genial. Habían hecho bien escapándose. Los adultos de la manada tenían derecho a estar preocupados, pero ellos tenían derecho a vivir.