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Remi
A los que amenazáis a las manadas... ¿No sentís aprecio por vuestra propia vida? ¿No sabéis qué hacen los animales salvajes cuando los acorralan?
Dicho por una activista promorfos durante un debate televisivo
–Me he cortado —se quejó Landon al teléfono.
Observé como Micah indicaba a los aspirantes que colocaran las colchonetas. Al menos quince adolescentes de entre dieciséis y dieciocho años corrieron por el gimnasio a obedecer sus órdenes.
Johnny era el único que no parecía nervioso, en especial porque no lanzaba miradas de admiración, terror o asco hacia el enorme cuerpo de Micah.
Bien. Una de las primeras pruebas por las que todos pasaban desde hacía varios años era la visión de un Micah sin camiseta; si se quedaban mirándolo fijamente o hacían algún gesto inapropiado, mala suerte.
Tendrían que esperar al año siguiente para volver a intentarlo.
Me concentré en la llamada de Landon. El macho, que regentaba el bar favorito de los Colmilloscuro, me contactaba casi semanalmente.
Los pumas éramos revoltosos por naturaleza, así que las cosas se solían desmadrar a menudo.
A mí me tocaba poner orden, sacar a los menores por el pescuezo y hacer entrar en razón a algún coyote o roedor que creía que podía divertirse entre felinos.
—Sabes que tenemos una sanadora que se encarga de las lesiones, ¿verdad? Si no recuerdo mal, es tu compañera.
Landon gruñó.
—No me estás entendiendo. Me he cortado . —Hizo una pausa—. La mano derecha .
Hice una mueca de lástima cuando Micah se acercó a dos de los aspirantes. Venían de una pequeña manada de pumas del norte de Washington, los Garralluvia. Acababan de cumplir los dieciséis, la edad mínima para empezar con el entrenamiento, pero en su guarida no necesitaban más guardianes.
Por desgracia, los Colmilloscuro tampoco requerían cachorros que se pusieran verdes por ver unas cuantas cicatrices.
Micah les habló en voz baja. Uno se quedó cabizbajo, pensativo, pero el otro prácticamente huyó de buena gana hacia la puerta del gimnasio. Micah palmeó el hombro del primero y siguió su camino. Uno menos.
—Me mata tener que aclarártelo, pero te curarás. Si el corte no es muy profundo, mañana mismo podrías...
—Es lo que esa chica me dijo.
Se me tensaron los músculos.
—¿A quién te refieres?
—A esa tal Ana o como se llame.
«Faye. Su nombre es Faye».
Juniper todavía estaba recabando datos para identificar a la chica. Según ella, estaban infringiendo leyes tanto estatales como federales. Pero no era la primera vez y sabía que mi amiga se lo pasaba en grande hackeando bases de datos oficiales y dando esquinazo a los cuerpos de seguridad humanos.
Estrujé el teléfono.
—Explícate, por favor.
Landon fue escueto. Según él, la chica había hecho un comentario extraño justo antes de irse del bar al que no había dado mucha importancia, en especial después de todo lo que había soltado sobre Summer.
Faye le había advertido que tuviera cuidado con su mano derecha.
Me froté el entrecejo con el pulgar. Otro día que iba a acostarme con migraña, seguro.
—¿Me estás diciendo que crees que predijo que te ibas a cortar?
El cambiaformas, tan duro e inquebrantable como la mismísima cordillera de las Cascadas, exhaló con frustración.
—No lo sé, muchacho. Supongo que no. Pero es raro, ¿verdad? Todo lo que hizo y dijo ese día lo fue, así que...
Fijé la vista en las botas. Faye también las había observado mucho durante nuestro encuentro.
Al principio había estado convencido de que lo hacía para no mirarme a los ojos, como todos los humanos.
Algunos creían a pies juntillas que los cambiaformas podíamos hipnotizarlos, aunque la mayoría eran conscientes de que se trataba de una cuestión hormonal.
Un morfo dominante no podía evitar someter cerebros más dóciles más de lo que el humano no podía evitar reaccionar a ello.
Pero luego ella me había sostenido la mirada al menos cinco segundos más que cualquier humano que hubiera conocido. La había retirado apresuradamente justo después, pero no había olido ningún pico de cortisol ni oxitocina.
Era como si lo hubiera hecho porque sabía que no debía mirarme, no porque no pudiera .
Pero eso era imposible.
—Gracias por contármelo, Landon. Vete a ver a Inaya antes de que alguien le cuente que te has hecho daño y no has acudido a ella inmediatamente.
—Bah. Se me está cerrando mientras hablamos.
—Allá tú. Si crees que no vas a tener marca para la cena...
Tras un silencio de unos cuantos segundos en el que el macho sopesó su capacidad regenerativa y el fuerte carácter de su compañera, exhaló un suspiro derrotado.
—Bien, iré. ¿Cómo van las pruebas?
Alcé la vista a tiempo de ser testigo de cómo Micah tumbaba a una de las aspirantes sobre su espalda con un golpe seco. El azote sobre la colchoneta resonó por todo el gimnasio como un disparo e hizo que el resto diera un paso atrás a la vez.
—¿Siguiente? —ladró Micah.
—Fantástico —respondí—. Es una buena noticia que no estemos faltos de personal.
Landon se rio.
—Ese hijo mío no tiene compasión ni paciencia. ¿Por qué lo elegiste a él para dirigir a los cachorros?
—Tú mismo lo has dicho. Nos vemos esta noche.
Apenas había colgado cuando el móvil volvió a sonar. Era Juniper.
—Cuéntame.
—Chandra ha llamado. —La voz le destilaba amargura y rabia.
El corazón me dio un vuelco involuntario.
—Dame un segundo. —Me alejé de las gradas. Micah, siempre atento, me siguió con la mirada. No hizo falta que dijera nada. Mi beta ordenó a los aspirantes que se pusieran por parejas para hacer abdominales y se encontró conmigo fuera del gimnasio—. ¿Lo han... lo han encontrado?
—Sí. Unos senderistas humanos lo descubrieron en la orilla del río Deschutes, cerca de Trout Creek. Estaba... —Juniper se quedó sin palabras por un instante—. Ah, Dios. No dejaron mucho de él.
Micah, que escuchaba a Juniper sin necesidad del altavoz, soltó un insulto y dio un puñetazo a la pared.
Yo, acostumbrado a mantener a raya las emociones más fuertes por el bien de la manada, tuve un subidón momentáneo.
La ira me fluyó a través del cuerpo, de la cabeza a los pies, y fue absorbida por el suelo de cemento, e incluso por la tierra del bosque que nos rodeaba.
Era el único método que me funcionaba cuando tenía que autorregularme para no caer en un estallido.
Chandra Ruegg era la alfa de los Ondagua. Como manada de nutrias, eran pacíficos y sociables. Habían sido aliados de los Colmilloscuro durante siglos y esa alianza se había ido consolidando en las últimas décadas gracias a la planta hidráulica que codirigíamos.
Más allá de todo eso, Chandra había sido una grandísima amiga de mi madre. Las familias comían juntas varias veces al año y los hijos de ambos matrimonios nos habíamos criado como primos.
Por eso me había jodido tanto la desaparición de Calum Ruegg unas semanas atrás.
Porque el cambiaformas nutria era tranquilo, sonriente y estaba terminando un doctorado en Ingeniería Ambiental, como yo unos años atrás.
Amaba la idea de deshacerse de los combustibles fósiles e implantar un sistema completo de energías renovables.
Era un puto friki en ese tema y había tenido que emborracharlo las Navidades pasadas para que dejara de hablar de tecnologías pasivas y biomasas.
Estaba seguro de que ocuparía el lugar de su madre como alfa de los Ondagua y haría prosperar a su manada.
Que encontraría una buena chica nutria que lo mantendría con los pies en el suelo y con quien formaría una familia alegre.
Pero ahora Calum estaba muerto. El estómago se me llenó de esquirlas de hielo.
Lo había buscado incansablemente. Había seguido cada pista endeble que me había llegado a los oídos, cualquier rastro difuso. Pero tras cada puerta que creía abrir, solo había habitaciones vacías, sucias y oscuras.
Solo había una posible explicación para aquello. Algo que llevaba más de quince años ocurriendo sistemáticamente en Oregón y solo a cambiaformas.
Como en todos los casos anteriores, la tierra se había tragado a Calum y ahora lo había escupido a unos doscientos kilómetros de donde lo habían visto por última vez. Tirado junto al cauce de un río como un desperdicio.
Doscientos putos kilómetros.
A mi lado, Micah desprendía oleadas de frustración e impotencia. Las cicatrices, que ascendían por el cuello y se aferraban a los bordes de su mandíbula, se le blanquearon por la tensión.
—¿Cuándo será el ritual de despedida? —pregunté sin inflexiones en la voz.
—Mañana por la noche. Chandra ha extendido una invitación formal a quienes quieran acercarse a presentar sus respetos, además de pedir nuestra colaboración para investigar. ¿Quieres que yo...?
—No —la corté. Sabía que iba a ofrecerse a comunicar la noticia a la manada, pero aquella era una tarea que correspondía al alfa.
Por más desagradable que fuera y por mucho que me hiciera sentir que tenía burbujas de ácido corriendo por las venas—.
Pero me harías un favor si prepararas un cuadrante de emergencia para esta noche y mañana. Os necesito conmigo.
—Cuenta con ello. Llegaremos hasta el fondo de esto, descubriremos cualquier mierda que se hayan dejado atrás y daremos con los putos culpables. —Tras aquella promesa letal, hizo una pausa—. Te quiero, Rem.
Juniper rara vez expresaba con palabras su afecto. Su lenguaje del amor era otro, como ponerse delante de una bala, placarte antes de que pisaras un cepo o empujarte una cuchara de jarabe en la boca hasta que te la tragabas o le vomitabas encima.
—Yo también te quiero, Jun.