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Faye
Los espíritus separaron a humanos y cambiaformas, pero no se basaron en sus pieles para ello, sino en sus corazones.
El de los humanos era flexible, sugestionable y caprichoso.
El de los cambiaformas, sin embargo, estaba recubierto de piedra.
Era duro y frío al tacto, y escondía la luz más ardiente jamás creada.
Por tanto, los unos serían inmutables por fuera y cambiantes por dentro.
Los otros adoptarían distintas formas físicas, pero dirigirían sus pasiones en una sola dirección.
Libro Espíritus, deidades y leyendas de los cambiaformas
Tres días después de mi encuentro con Remi Callahan, el demasiado joven y oscuramente atractivo alfa de los Colmilloscuro, seguía sin noticias.
Había pensado en enviar algún mensaje al número desde el que me habían escrito, pero podía estar inhabilitado o, simplemente, no recibir respuesta.
Quería saber si estaban protegiendo a la chica, a Summer.
Había vuelto a verla corriendo entre los árboles y había sido.
.. Bueno, bastaba con decir que cada vez era peor.
Me agotaba corriendo junto a ella, con el muslo latiéndome de dolor.
Me ahogaba por el miedo con ella, vomitando gritos de socorro.
Sentía la presencia que nos perseguía y la pavorosa certeza de que nos iba a alcanzar.
Y, si me esforzaba, recordaba con exactitud la piel fría, húmeda y malvada que nos agarraba de las piernas y nos hacía caer de cara en el duro suelo del bosque.
No había vuelto al estudio de baile porque no sabía si podían estar esperándome. Tal vez habían cambiado de opinión y los Colmilloscuro querían llevarme a su territorio para interrogarme. Se decía que torturaban hasta la muerte a los humanos que infringían sus leyes.
«Más te vale estar localizable».
Eso tenía que significar algo. Pero como no tenían modo de comprobar si lo que yo decía era cierto más que esperar a la próxima luna creciente...
Sentada en la cama, enterré el rostro en las manos. Dios, no se me ocurrían más formas de ponerme en contacto con Summer.
La puerta se abrió de sopetón. La figura alta y esbelta de mi padre ocupó el umbral. Cuando él estaba en casa, yo tenía terminantemente prohibido echar el cerrojo.
Llevaba un traje de tres piezas azul marino exquisito y un pañuelo color crema asomaba del bolsillo derecho de la chaqueta.
Con el pelo canoso, los astutos ojos azules y la barba de chivo cuidadosamente recortada, Valentin Kovalenko daba la imagen del empresario exitoso que era. Pulcro, refinado, competente.
Me eché a temblar.
—Hola, papa .
Me sonrió con suavidad. Siempre que me sonreía era de esa manera. Conocía todos sus gestos y el significado tras ellos. Estaba de buen humor, así que las reuniones en Portland debían haber salido bien.
—Hola, mi dochka . Parece que lo has pasado bien estos días en el estudio de baile.
Nunca preguntaba, siempre afirmaba. No solo porque tenía la información concreta de dónde había estado y durante cuánto tiempo (o eso creía), sino como una sutil forma de incitarme a contradecirle.
Pero yo ya había aprendido esa lección hacía mucho tiempo y sabía que aquella era la actuación previa a que empezaran los horrores de nuevo.
—Sí, mucho.
—Tienes todo lo que necesitas, ¿verdad? —Echó un vistazo poco interesado a mi dormitorio—. Utensilios, ropa, calzado.
—Sí, papa . Nunca me falta de nada.
Muy satisfecho, asintió.
— Ladno 1 , vamos.
Mi cuerpo se negó a obedecer. Me había sentido casi bien aquellos días, como si mi secreto acto de rebeldía al encontrarme con Remi Callahan hubiera modificado quién era o mis perspectivas. Tomar el mando de mi vida por una vez había sido... maravilloso.
Pero no era más que una quimera.
—¿Otra vez? Quiero decir, la semana pasada...
Que no saliera de la cama inmediatamente hizo que mi padre frunciera el ceño.
—Tenías la menstruación. Los resultados estaban alterados.
Me pareció que el suelo estaba hecho de arena en lugar de mármol.
—Voy a cambiarme.
—No será necesario. —Señaló hacia el pasillo—. Allí a nadie le importa lo que llevas puesto, ya lo sabes. Vamos, deja de remolonear.
«Pero a mí sí que me importa», pensé deslizando los pies dentro de las pantuflas. Joder, solo llevaba una camiseta de tirantes y un pantalón demasiado corto.
Me acerqué a mi padre y alargó la mano hacia mí. Me quedé estática mientras trazaba el arco de mi ceja.
—Las lentillas, Faye. —Las retiré con un gesto automático y las dejé caer en la papelera—. Me complace que te sientas cómoda en casa, ya lo sabes, pero no vale de nada que seas presumida con tus médicos.
Mantuve la mirada baja mientras lo seguía hasta el vestíbulo.
Toda la casa tenía un estilo barroco ruso, con techos altos llenos de molduras, candelabros de hierro negro y paredes del color del oro, el vino o el mar de Bering.
Vivía en un lujo repleto de extravagancias que a mí solo me hacían sentir sofocada.
Ivan estaba esperando junto a la puerta principal. Inclinó la cabeza de forma respetuosa hacia su jefe. La luz incidió en el tatuaje del dragón que corría por su sien, pero luego sus viciosos ojos oscuros me buscaron.
Como siempre que iba sin lentillas, esbozó una sonrisilla sardónica.
Cuanto más fragmentada y desvalida me veía, más parecía gustarle.
No era tan alto como mi padre, pero desde luego me sacaba más de treinta kilos.
Y yo sabía los músculos y la brutalidad que se escondían tras su sobrio traje negro, la forma en que la maldad le corría por las venas.
Me detuve a su lado con una sensación de náuseas y vértigo que me aplastaba el cuerpo contra el suelo. Las extremidades me pesaban más. Mis órganos de repente estaban recubiertos de alquitrán. Deseé que el entumecimiento pronto llegara al cerebro.
Ivan alzó una banda de tela negra y me la ató con fuerza alrededor de la cabeza, cubriéndome los ojos. Me tocó los hombros más de lo necesario y, aprovechando que mi padre había continuado hacia el coche, se inclinó desde atrás para susurrarme:
—Hoy voy a disfrutar mucho de las vistas, señorita Kovalenko.
Horas más tarde, Ivan me depositó de nuevo en la cama. Tuve una visión borrosa del tatuaje draconiano demasiado cerca de mi cara. Por suerte, mi padre lo requería en el despacho y no tuvo tiempo para nada más que acariciarme un poco el cuello amoratado. Apenas lo noté.
Lloré sin parar durante lo que me parecieron días, trastornada y perdida a medio camino entre lo que la máquina de IRM 2 me había hecho creer y la realidad.
Mi sistema nervioso tardaba en entender que ya no estaba bajo estrés inducido, así que los ataques de pánico latentes podían abalanzarse sobre mí sin previo aviso hasta una semana después del tratamiento.
Cuando tuve fuerzas suficientes, me arrastré fuera del colchón llevando conmigo un cojín.
Tambaleante, eché el cerrojo del dormitorio y pasé junto al espejo del baño sin mirarme.
Me acurruqué dentro de la bañera. La dureza y el frío de la porcelana me consolaron.
Aquello era sólido, era real. Estaba allí, mis huesos estaban en su sitio, nada me iba a tragar.
Ignoré los latigazos de dolor en la región lumbar y apreté el cojín contra el pecho, donde se acumulaban las consecuencias de las terribles imágenes que me habían obligado a ver en bucle. Lo estrujé y me imaginé que había alguien allí conmigo, abrazándome, ayudándome a sentirme completa.
Todo aquello por un solo instante tantos años atrás, por ser una niña estúpida y ponerme a charlar con un jaguar en el jardín.
Los científicos se mostraban de acuerdo en que mi sangre era distinta.
Lo notaban en ciertos patrones, marcadores y valores.
Pero era algo tan tan sutil que no era suficiente.
Eso los había llevado a realizar más experimentos.
A más pruebas, ensayos clínicos y exámenes.
A punciones, extracciones, biopsias y suturas.
A abrirme y cerrarme como a una muñeca de trapo, una y otra y otra y otra vez.
Hasta que me rompí. Por fuera, cuya evidencia más gorda era la monstruosidad que suponían mis ojos, y por dentro, donde la enfermedad campaba a sus anchas.
No iba a poder dormir, pero cerré los ojos. Mi cuerpo necesitaba tiempo para sanar el daño físico.
Lo psicológico era harina de otro costal.
«Que esa chica siga viva cuando me recupere. Por favor».
Amanda respiró hondo al desfilar por las puertas principales del Willa High School.
El calor del mediodía subía en oleadas desde el pavimento gris, creando ondas a ras de suelo Escaparse no había sido difícil y y deformando el horizonte.
Las clases habían empezado unas semanas atrás y a veces parecía que el clima no se ponía de acuerdo; los últimos coletazos del verano luchando contra el inicio del otoño.
Había que llevar suéteres sobre las camisetas y las bufandas acababan hechas un gurruño en el fondo de las mochilas.
—¡Amy!
La muchacha sonrió cuando vio a su mejor amiga, Summer, agitando el brazo para llamar su atención.
Esquivó a los poco más de doscientos estudiantes para alcanzarla.
El Willa era un instituto de secundaria modesto, a pesar de que el terreno poseía varios edificios, unas instalaciones deportivas a la última y un comedor con capacidad para casi mil comensales.
El profesorado estaba involucrado en el futuro de sus estudiantes, la directora (que era una cambiaformas alce) chocaba los cinco con quienquiera que se cruzara con ella en los pasillos, y el año pasado habían regalado tabletas con internet a todos los que no podían costeárselas.
Aun así, por lo que Amanda sabía, la inversión de los cambiaformas en aquel centro educativo no había dado del todo sus frutos.
Los humanos seguían optando en su mayoría por escuelas antimorfos; las familias progresistas e integradoras eran la excepción en Oregón. Y en la mayor parte del oeste del país.
¿Y del mundo, quizá?