Feral 6
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Remi

¡No es justo! Con todos sus supersentidos y esas mierdas, los cambiaformas tienen ventaja. Él vio al peatón a kilómetros de noche, ¿y yo suspendo por una señal de stop ?

Humano indignado tras suspender su examen de conducir

Pasé como una exhalación junto a Fabian, que tenía el móvil pegado a la oreja.

—Mierda, lo sabía —gruñó—. Lo ha engatusado.

Apreté los dientes y me interné en el pasaje en el que había aparcado el Wrangler.

Mis pasos airados resonaron entre las dos altas paredes de ladrillo.

No entendía nada y eso me ponía de los putos nervios.

Aquella humana era un galimatías. No parecía una mentirosa ni olía a mentiras, pero ¿cómo iba a creerla?

Por otro lado, no podía permitirme ignorar su historia, no con los crímenes que se estaban cometiendo contra los cambiaformas en los últimos años.

Ya había considerado investigarlo todo incluso antes de que ella me suplicara con aquella voz tan.

.. rota. Tan desesperada. Como si de verdad sufriera por la mera idea de que una desconocida pudiera salir herida.

Se veía tan frágil y bonita con aquel conjunto de baile que tanto el jaguar como yo habíamos tenido serios problemas para concentrarnos.

«No podría soportar que... Por favor, Cal... Remi».

Un gruñido se me acumuló en el pecho y tuve que hacer un esfuerzo titánico para no dejarlo salir. Solo recordar cómo había pronunciado mi nombre... Pero sería una mierda si Fabian me oía y creía que la humana me había desestabilizado tanto.

No, no me había engatusado. Era un puto jaguar alfa, por el amor de Dios.

Entonces, ¿por qué me habían picado las manos por la necesidad de tocarla? ¿Por qué no había sido capaz de mantener las distancias? La había abrumado, eso era evidente. Olerla en profundidad era necesario, sí, pero en cuanto aquel aroma me había entrado en los pulmones...

Había algo en ella que me mantenía alerta y no podía decidir si se trataba de peligro o de otra cosa.

¿Atracción? Sería... insólito, pero no imposible.

Los cambiaformas y los humanos nos habíamos juntado durante siglos, mucho antes de que el mundo supiera de nuestra existencia.

Micah y Juniper salían de fiesta a lugares donde se mezclaban ambas especies y habían tenido amantes humanos.

De hecho, Juniper se había encaprichado de un chico en el instituto, aunque todo había terminado abruptamente cuando él no pudo aceptar la parte animal y dominante que habitaba en ella.

Yo, en cambio, no había tenido tiempo para nada de eso. Las pocas chicas con las que había estado habían sido cambiaformas y ambas partes habíamos tenido claro que no había compromiso.

Tampoco había sentido alguno de los síntomas que precedían a la danza de apareamiento.

Para algunos era instantáneo. Para otros, podía suceder inesperadamente después de años de amistad.

La mayoría tenía que viajar entre manadas para encontrarse y solo unos pocos afortunados se conocían desde pequeños y tenían claro desde siempre a quién pertenecía su alma.

No estaba seguro de qué me estaba ocurriendo con Faye, aparte de parecerme preciosa. Era un alfa, mi sangre demandaría una pareja fuerte y sólida, alguien que se alzara a mi lado para dirigir la manada y me pusiera en mi sitio cuando el jaguar quisiera tomar el mando.

«Créeme o no lo hagas, como quieras. Pero no se te ocurra burlarte de mí, ¿de acuerdo?». El pulso se me aceleró al recordar cómo me había encarado mientras la tenía acorralada.

Pero no podía ser. Todavía pensaba en la niña del pijama de flores. Todavía soñaba con ella.

Abrí de un tirón la puerta del conductor y miré a Fabian por encima del techo del todoterreno. Continuaba al teléfono. Lo más probable era que mis guardianes se hubieran estado organizando para irrumpir en el estudio de baile.

—Dile a Juniper que busque a todas las Faye de Corvallis y las localidades cercanas; de todo Oregón si es necesario.

Que filtre a las mujeres de entre dieciocho y veinticuatro años, de menos de un metro sesenta, ascendencia asiática, bailarinas.

La búsqueda debe ser secreta, que nadie sepa qué estamos rastreando.

Fabian le transmitió todo a Juniper y luego se quedó en silencio. Apretó los labios para contener una sonrisa, haciendo destellar los piercings .

—Mejor no te repito la opinión de Jun sobre decirle cómo debe hacer su trabajo.

—Mientras cotilleáis, averigua cuándo tendremos luna creciente.

Murmuró algo que incluso yo, con mi agudo oído, no pude entender.

Mejor así, no estaba de humor. Nada de lo que había sucedido en el estudio de baile me haría dormir tranquilo aquella noche.

Pensaba que lo resolvería todo con rapidez y eficacia.

.. pero me había internado más en un bosque oscuro y laberíntico.

Una vez dentro del coche, Fabian adoptó una expresión seria. No era lo habitual en él y, cuando ocurría, todos tendíamos a preocuparnos.

—¿No vamos a seguirla?

—No.

—¿Por qué cojones...?

—Le he dado mi palabra. Parecía vital para ella.

Mi guardián observó el techo unos segundos, como reuniendo paciencia.

—Necesito que me digas cuánto nos tenemos que preocupar.

—No lo sé. Ese es el problema. —Inspiré hondo antes de arrancar el coche—. ¿Alrededores?

—Limpios. De verdad vino sola, sin movimientos raros, sin segundas intenciones más allá de hablar con alguno de la manada.

Eso le daba mayor credibilidad. O podía tratarse de un elaborado plan de nuestros múltiples enemigos, pero ¿cuál? ¿Y quiénes? Hoy podrían haber intentado capturarme o matarme, si esa fuera su intención.

No se me ocurría ninguna estratagema que pasara por inventarse que alguien iría tras una cambiaformas adolescente.

«A la vista de las Three Sisters alguien la va a perseguir. Y la capturará».

—¿Sigues con Jun al teléfono?

—Si quieres pongo el altavoz.

—No. —Jun empezaría a interrogarme y necesitaba, al menos, el viaje hasta la guarida para poner en orden mis pensamientos —. Pero que le pregunte a Summer si tiene planes de ir a las Three Sisters. O un lugar desde donde se vean.

—Joder, Remi, ¿qué coño te ha contado esa humana?

«Locuras», pensé automáticamente.

Pero no me quitaba de encima la sensación de que había mucho más detrás de todo aquello. Como, para empezar, su auténtico color de ojos y no la bazofia de lentillas que se había puesto.

Tras una pausa, Fabian sonrió.

—¿Era guapa?

—Cállate.