5 #2
—Esto te va a sonar muy raro, pero necesito que me escuches.
Dentro de unos días, debes asegurarte de que esa chica no salga de su casa.
Puede que falten cinco días... como mucho una semana.
Durante la luna creciente. —Él estaba tan quieto que supe lo que estaba ocurriendo.
Estaba catalogándome de loca. Y lo era, sí, pero si alguien más moría pudiendo hacer algo para evitarlo.
..—. A la vista de las Three Sisters alguien la va a perseguir. Y la capturará. Y...
El cambiaformas se movió tan rápido que no lo sentí ni lo vi. De pronto estaba frente a mí, tan cerca que una ráfaga de aire caliente me azotó y me rodeó el olor del bosque, de los abetos y la tierra removida.
Y le pude ver el rostro.
Pensé que había entrado en una especie de pesadilla lúcida, un poco como cuando tenía visiones, pero plenamente consciente de que mis terminaciones nerviosas y mi cuerpo estaban allí, recibiendo estímulos.
No me quejé cuando él me rodeó la mandíbula con la mano, alojándome los dedos en la mejilla, la barbilla y el cuello.
Ni cuando me echó la cabeza hacia atrás.
Me encontraba demasiado asombrada por la aterradora y hermosa pieza de arte que era su cara.
Estaba llena de tatuajes. Tenía tres trazos que partían del centro de la frente y se abrían hacia arriba, como un tridente.
Otra línea recorriendo el puente de su nariz y tres más que imitaban a las de la frente, pero en sentido contrario: nacían del labio inferior y abarcaban toda la barbilla.
Eso, por sí solo, ya era suficiente para sorprenderme.
Pero lo más exquisito y terrible de todo fueron sus ojos.
Brillaban como la esmeralda más pura y me sentaron como dos patadas en el estómago. Me encogí como si hubiera recibido esos golpes.
Dios, de todos los colores del mundo...
Cerré los ojos con fuerza, como haría cualquier humano ante aquella fuerza de la naturaleza observándole.
Enterró la nariz en mi cuello, expuesto porque tenía el cabello enroscado en lo alto de la cabeza. Aspiró tan profundamente que estuve segura de que tenía que haber sentido un pinchazo en los pulmones.
—No estás drogada ni borracha —gruñó.
Tenía los dedos entumecidos por la fuerza con que me estaba agarrando a la barra. El metal me presionaba la espalda y me hacía daño.
—Claro que no. Sé que lo que digo no tiene sentido para ti, pero debes creerme.
E incluso si no lo haces, solo sé precavido.
—Hablé a trompicones, todavía con los ojos cerrados para concentrarme en lo que quería decir y no en su figura encorvada sobre mí y en la mano que se había enroscado junto a la mía en la barra.
Me había aprisionado completamente—. Hazlo solo por si acaso. Si ella sale esa noche...
Me atasqué con mis propias palabras, con el recuerdo de los gritos y la sangre.
—¿Qué? ¿Qué pasará, Faye? —Había una advertencia letal en sus palabras—. ¿Qué le haréis?
—No yo. Jamás podría hacer algo así. Humano o cambiaformas —aclaré—. Pero alguien irá tras ella y... será horrible, ¿vale? Hazme caso.
Noté un roce cálido en el cuello y el corazón, ya alborotado, estuvo a punto de colapsarse. ¿Su nariz? ¿Por qué necesitaba olerme desde tan cerca? Sabía que era una práctica habitual entre cambiaformas, pero no hacia los humanos. Las normas de educación básica entre especies lo prohibían.
Cuando se apartó, tenía las rodillas apretadas la una contra la otra. Los ojos verdes, ocultos por espesas pestañas oscuras, me recorrieron de los pies a la cabeza. Pensé que no había mucho que evaluar. Siempre había sido poca cosa.
Al llegar al rostro, aquellos labios crueles se retorcieron y mostraron un par de incisivos largos y afilados. Clavé la vista allí.
—Dije que sin trucos.
—Y así es. No traigo disfraz. Ni perfume y...
—Tus ojos —me cortó exudando impaciencia—. Los estás ocultando.
—No. ¿A qué te refieres? Estos son mis ojos.
De pronto, la mano junto a la mía se movió. Me buscó el pulso de la muñeca con el pulgar, haciendo presión.
—Vamos a hacer un trato, florecilla. Nada de mentiras entre nosotros. No solo son absurdas con los de mi clase, sino peligrosas.
—Te he sido sincera. Mis ojos no son asunto tuyo.
—Eso ya lo veremos.
Estaba muy muy confundida. Él era muy joven, a pesar del poder crudo que emanaba.
Tanto que parecíamos cercanos en edad. Siempre había dado por sentado que el alfa de los Colmilloscuro sería un puma adulto, experimentado, preparado para lidiar con una manada tan importante.
Estaba segura de que la mayor parte de la población pensaba lo mismo.
Los pumas eran recelosos. No compartían detalles internos, pero aun así...
—¿De dónde has sacado tu información ?
—De una fuente fiable.
«Tan fiable como puede serlo mi mente».
Él me gruñó tan cerca que sentí su aliento fresco.
—¿Para quién trabajas?
—Para nadie. Solo soy una mensajera desafortunada.
—Vamos, alguien tiene que haberte dicho que Summer pertenecía a los Colmilloscuro, ¿o has ido preguntando a todas las puñeteras manadas de Oregón?
Me quedé un poco pillada. No podía decirle que le había visto la marca a Summer, porque entonces él insistiría en saber dónde se había producido ese encuentro y cómo había acabado viéndole las costillas a una desconocida.
El pulso se me alborotó por completo cuando cambió el peso de una pierna a otra y frotó los muslos contra los míos. A pesar de los pantalones cargo de él y las medias, el aliento me desapareció por completo. Se quedó atascado en el esternón y se negó a salir y continuar manteniéndome consciente.
Me agobié.
—Necesito que te alejes.
El cambiaformas se rio por lo bajo.
—Y yo que seas sincera. Parece que te cuesta, ¿no?
Aquella condescendencia tocó teclas secretas en mi interior. Las teclas de una niña a la que habían tratado como mucho menos que un ser vivo, lejos de considerarla digna en los aspectos más básicos.
—Todo lo que te he dicho sobre ella es completamente cierto —repliqué airada—. Créeme o no lo hagas, como quieras. Pero no se te ocurra burlarte de mí, ¿de acuerdo?
Mi reacción, más visceral de lo que hubiera querido, hizo que me observara con mayor atención. Tuve que hacer acopio de toda mi voluntad para no encontrarme con su mirada.
Era... difícil. Muy difícil.
En aquel caso, el maldito imán había optado por la atracción. ¡Cómo no!
—Si decidiera creer la sarta de gilipolleces que has dicho, ¿por qué una humana como tú se preocuparía tanto por una cambiaformas?
Bueno, al menos esa pregunta era sencilla.
—Nadie merece sufrir así ni pasar por experiencias de ese tipo. Ya te lo he dicho, para mí no hay diferencia entre tu especie y la mía. Tenemos el mismo derecho a vivir y ser protegidos.
Uno, dos, tres segundos...
Y, por fin, él se separó. Apenas medio metro, pero algo era.
Para mi horror, el cuerpo se me inclinó hacia delante como si quisiera seguirlo. Solo las manos ancladas a la barra impidieron que hiciera el ridículo. Esa energía que salía en oleadas de él... era demasiado peligrosa.
Me concentré en la punta de aquellas botas inmensas y en respirar. Parecían la clase de zapatos que usaría un motero que suele meterse en muchas peleas. Seguro que la punta estaba reforzada con acero.
¿Quién hubiera pensado que el aspecto del líder de los Colmilloscuro sería tan... alternativo?
—No gano nada con esto. Soy vulnerable aquí.
—Despegué una mano de la barra para señalar el estudio—.
Sé que has venido con más miembros y que podríais arrastrarme hasta vuestro territorio y nadie tendría derecho a ir a buscarme.
Lo único que quiero es evitar que algo terrible suceda.
No podría soportar que... —«Que pase otra vez» .
Mi voz se rompió un poco, así que me apresuré a tragar saliva—. Por favor, Cal... Remi.
Algo onduló a través del nitrógeno y el oxígeno, algo primario e inconmensurable.
Luego ladró una orden.
—Dame todos los detalles.
Lo hice. Me centré en hacer parecer que era información que me había llegado, omitiendo detalles que me harían sospechosa (más, quería decir). Hice mucho hincapié en que el blanco era Summer y en el lugar y fecha estimados.
Me escuchó en completo silencio, atento a todas y cada una de mis palabras.
—Eso es todo —finalicé.
Tenía la respiración incluso más agitada. Era vital que me creyera.
De pronto, Remi giró el rostro hacia los ventanales. Las orejas se le movieron hacia atrás como si estuviera percibiendo algún sonido lejano.
—Será idiota —masculló.
—¿Qué ocurre?
—Que mi guardián cree que una chica de metro y medio puede haberme tendido una trampa y que ahora está desollándome en el suelo.
Yo con seguridad no medía metro y medio, pero a una parte muy escondida de mi ser le agradó que me consideraran una amenaza de ese calibre.
—Parece un guardián inteligente.
Resopló.
—Eso le gusta pensar a él. —Movió la cabeza hacia mí de nuevo y supe que tocaba la despedida.
Tocaba decidir si me dejaba con vida y me creía, o me mataba y todo resultaba en vano.
Tuve el absurdo impulso de buscar el esmeralda de sus ojos para, al menos, llevarme algo bonito conmigo al otro barrio—.
Mantén cerca ese comunicador tan especial que tienes, ¿me has entendido?
Abrí y cerré la boca. ¿Sabían lo del comunicador?
Pero eso no era lo más importante.
—¿Me haréis caso?
—No. —Antes de que pudiera replicar, alzó una mano grande y curtida—. Pero lo investigaré personalmente. De eso puedes estar segura.
Me desinflé, aunque intenté ser positiva. Aquella misma mañana había estado convencida de que iba hacia una muerte segura.
Remi dio un paso atrás.
—Recoge tus cosas. Te acompañaremos hasta tu casa.
El miedo se me disparó en el cuerpo. Me atacó de tal forma que me olvidé de todo y lo miré.
—¡No!
Aquellos ojos esmeraldas se entrecerraron. Luego, las fosas nasales se le hincharon y olisquearon sin disimulo.
Hizo una mueca de enfado.
—¿Por qué estás tan aterrorizada de repente?
—Yo no... No...
No se me había ocurrido que algo así pudiera ocurrir, pero no podía permitirlo. Si alguien los veía conmigo o siguiéndome...
¿Y si era Ivan? Se lo comunicaría al instante a mi padre.
Yo pagaría, pero ellos también. Y lo descubrirían todo.
No, no, no.
Algo cálido me agarró la mano y se me sacudió el cuerpo. No me había dado cuenta de que había empezado a clavarme las uñas en el antebrazo y que él se había acercado para impedírmelo.
Una corriente de electricidad se movió tímidamente entre nuestras pieles.
—¿Quién cojones eres? —susurró.
Me perdí en aquellos iris verdes que habían empezado a brillar, brillar y brillar, pulsando algo que desconocía.
¿Brillar?
«La mirada áurea. Deja de comértelo con los ojos».
Cerré los párpados.
—No hace falta que me acompañéis.
Oí un gruñido tan bajo que parecía provenir de un animal, no del pecho de un hombre.
—¿Corres alguna clase de peligro?
—No. Pero es mejor así. Para vosotros. —No dijo nada—. ¿De acuerdo?
Continuó callado unos cuantos segundos más. Me soltó y retrocedió nuevamente.
—Bien. —Parecía estar masticando cristales al decirlo.
—Promételo.
—Ya estamos grandecitos para eso, ¿no crees? —Ante mi insistencia, suspiró—. Soy un cambiaformas de palabra. Siempre cumplo lo que digo.
Eso me tranquilizó.
—Vale. Y... gracias. Por escucharme.
Era la primera persona que lo hacía.
Masculló algo que no entendí. Luego dijo:
—Más te vale estar localizable.
Supe que se había marchado porque se llevó consigo el aroma a bosque y aquella esencia que volvía el aire denso y pesado.
Para cuando mi piel dejó de zumbar por su cercanía, hacía rato que estaba despatarrada en el suelo de madera, intentando procesar lo que acababa de ocurrir y que hubiera sobrevivido.
Cuando por fin recogí todo para marcharme, mi falda de nailon había desaparecido.