Feral 5
8%

5

Faye

Si te preocupan los lobos, protege tu espalda. En cuanto a los felinos, mira hacia arriba. Con los osos, despreocúpate; es poco probable que les intereses.

Creencias populares

Cuando me quité los auriculares inalámbricos, eran las ocho y media de la noche y llevaba más de diez horas ininterrumpidas de baile. Notaba los muslos ardiendo y las articulaciones pidiendo descanso a gritos, pero eso era buena señal. Significaba que había llegado al límite.

Eché un vistazo alrededor, aunque no era necesario.

Sabía que nadie había entrado al estudio mientras estaba concentrada.

Aparte de perder contacto con la realidad, dejar de ser dueña de mi propio cuerpo y otros tantos detalles maravillosos, mi enfermedad tenía ciertas «ventajas» (entre muchas muchas comillas).

Estaba el hecho de ser capaz de hacer contacto visual con cualquier cambiaformas, independientemente de su especie o jerarquía (que era lo que me había jodido la vida a los ocho años), y también un sexto sentido en lo que a aquella especie se refería.

Podía sentirlos. Incluso a los más indefensos o poco agresivos, como las aves pequeñas, los anfibios y peces de agua dulce. Daba igual que estuvieran entre un mar de humanos, embutidos en medio de una multitud: mis ojos los encontraban sin vacilar.

Lo asumía como una... vibración. El aire se movía diferente a su alrededor, como si las leyes de la física no se atrevieran a intentar doblegarlos. O como si mi mente rota plegara la realidad a su antojo, lo cual era más probable.

Obviamente, la vibración era mucho mayor cuando se trataba de cambiaformas de gran tamaño, en especial los depredadores que estaban en lo alto de la cadena alimentaria.

En esos casos, mi piel se comportaba como la mitad de un imán reaccionando a la proximidad de la otra mitad.

A veces, sentía la atracción. Otras, el irrefrenable impulso de alejarme.

«El caso es no tener control sobre mí misma», pensé.

Me incliné para coger una botella de agua de la mininevera que había en un rincón, uno de los pocos muebles del lugar.

El Hana había cerrado hacía más de veinte años.

Antes de eso, había sido un lugar de encuentro para bailarines.

Con música en vivo, talleres, visitas de celebridades de otros estados e incluso otros países.

Las madres se habían tirado de los pelos para que sus hijos pudieran estudiar allí y quienes habían pisado por primera vez sus suelos pulidos se habían echado a llorar de la emoción.

Daba igual que las jornadas fueran de más de diez horas diarias de entrenamiento o que admitieran a menos del quince por ciento de los aspirantes... graduarse en el Hana había sido sinónimo de prestigio y te abría todas las puertas del sector.

Cuando cerré la mininevera, todo quedó a oscuras excepto la lámpara de pie del rincón y las luces de los establecimientos al otro lado de la carretera, que se colaban entre el entablado.

Casi era de noche, pero no iluminaron nada excepto el suelo de madera de arce, los espejos que ocupaban todo un lateral y la barra de acero.

Me quité los calcetines antideslizantes y la falda de nailon rosa, y me quedé con el maillot y las medias; había traído ropa de repuesto para mi escalofriante cita.

Me bebí más de la mitad de la botella de una sola sentada.

Luego cerré los ojos y disfruté del bendito y efímero cansancio.

Si estaba lo bastante consumida y sobrestimulada, podía sentirme como una persona normal durante al menos una hora.

Si una hora de paz ya era un sueño...

¿Cómo sería un día entero?

Una semana, un mes, incluso no tener que volver a pensar en que el horror me alcanzaría de nuevo.

Eso sería...

Un potente escalofrío se me deslizó desde la coronilla, pasando por la nuca, recorriéndome toda la espalda y haciendo que el vello de todo el cuerpo se me erizara. Como si un dedo de escarcha me hubiera tocado desde arriba, congelándome.

Abrí los ojos de golpe. No estaba sola.

Me giré como un resorte hacia el rincón más oscuro, donde se encontraban la puerta hacia la sala contigua, el pasillo y las escaleras a la planta alta.

De allí, de las mismísimas sombras, surgió un gruñido que habría hecho que cualquier otra persona se quedara paralizada por el miedo. Era el sonido de una bestia mostrándose, comunicando a su presa que estaba allí y que era mejor que no hiciera tonterías.

Era un macho. Y no se trataba de un miembro cualquiera de los Colmilloscuro, porque había sido capaz de escurrirse hasta allí sin que lo percibiera antes.

—¿Cómo has entrado?

—Creía que habíamos quedado aquí.

El impacto de aquella voz, ronca y profunda, me dejó momentáneamente sin aliento. Estaba llena de autoridad, de órdenes, de subyugación.

«El alfa. El jodido alfa de la manada».

—Y yo creía que llamarías a la puerta y serías puntual.

Emitió un murmullo, ni asentimiento ni negación, y entonces dejó atrás el rincón.

La penumbra, en lugar de empequeñecerlo, pareció abrazarlo.

Hizo su figura más grande y aterradora, con aquella cabeza de pelo oscuro rapado, unos hombros anchos embutidos en negro y botas pesadas que hacían crujir la madera. Debía rozar los dos metros de altura.

Era... una auténtica bestia. Que podía moverse con el sigilo de un gato. Con cada paso hacia delante que daba, yo retrocedía otro. La lámpara estaba al otro lado de la sala y no alcanzaba a ver sus facciones, que me parecieron un mosaico. Había algo allí...

Tardé unos segundos en darme cuenta de que estábamos ejecutando una especie de danza, tanteándonos.

Estaba acechándome . Sus movimientos no eran humanos, por supuesto.

Eran demasiado fluidos, potentes y rítmicos.

Había visto cambiaformas pumas de lejos en Corvallis alguna vez, sabía lo hipnóticos que podían ser, pero él. ..

«En eso consiste ser un alfa», supuse. En aunar todas las características de la especie y elevarlas a la máxima potencia.

Apoyé la parte baja de la espalda en la barra y enredé las manos allí, afianzándome. No tenía sentido que huyera. Si quisiera matarme... daba igual lo que hiciera.

—Eres Callahan —solté como una afirmación.

Hubo un destello verde en su rostro, la mirada áurea activándose. Bajé la vista. Lo último que necesitaba era que mis extrañas habilidades se sumaran a lo que iba a contarle.

El cambiaformas se detuvo a unos cinco metros, con los ventanales y la lámpara a su espalda.

Me esforcé por desentrañarle el rostro esquivándole los ojos.

Tenía la mandíbula definida y estaba segura de que le faltaba un trozo de la oreja derecha.

Era de los machos más grandes que había visto, un contraste irrisorio con mi altura.

«Respira, ya lo sabías. Sabías que esto podía pasar.

»Ya no hay vuelta atrás».

Su voz retumbó.

—Como pareces saber quién soy, me gustaría que fueras educada y te presentaras.

Ya había valorado también aquella posibilidad y llegado a la conclusión de que no pasaba nada por decirle mi nombre de verdad. En el propio bar habían deducido que no me llamaba Ana y no tenía más carnés falsos.

Además, yo no existía. Apenas era real.

—Faye.

Un sonido atravesó de nuevo la sala... Era un gruñido tan bajo que se sentía como si un altavoz estuviera tronando. Hizo que mi propio pecho zumbara y me aceleró el corazón.

—Qué injusto. Tú sabes mi apellido y yo solo tu nombre.

—Creía que te llamabas Callahan. Eso es lo que dice todo el mundo.

—Preferiría que no te tomaras en serio lo que se cuenta por ahí —murmuró y supe sin necesidad de verlo que estaba sonriendo. No lo confundí con cordialidad, no era tonta. Los animales mostraban los dientes como señal de advertencia—. Puedes llamarme Remi.

¿Remi? ¿Aquel alfa que parecía salido de un cuento de los hermanos Grimm tenía el nombre de un ratoncito con ínfulas de chef?

—Y yo sigo siendo solo Faye.

La tensión se acumuló y se espesó en el silencio que siguió a mis palabras. No le había gustado mi respuesta, pero tenía claros mis límites. Si no moría a manos de aquel ser, debía permanecer firme.

El ambiente se aligeró un poco cuando se cruzó de brazos. Inclinó la cabeza hacia un lado y... sí, el borde de la oreja estaba incompleto. Le faltaban unos centímetros de carne.

—Muy bien, solo Faye. Anoche captaste la atención de varios miembros de mi manada. Dijiste que buscabas a una chica rubia y que era urgente. ¿A quién te referías y cuál es el mensaje?

Bien, había llegado el momento. Tenía que lanzarme al vacío. Si me creía o no... eso ya era otro asunto.

—Se llama Summer. Es alta, debe tener entre quince y diecisiete años, rubia, con...

—Sé quién es. —Su tono se había enfriado, tornándose hostil—. ¿Cómo la conoces?

—No lo hago. No en persona, ni... Bueno, eso no es lo importante. Yo...

—A mí me parece que sí lo es. Nuestros cachorros son lo más sagrado del mundo y, por muchas razones, controlamos sus relaciones.

—Cada vez sonaba más seco y contundente—.

Summer no conoce a nadie como tú y eso hace que me pregunte qué podrías tener que decir sobre ella como para arriesgarte a pisar nuestro territorio. Tú, que no...

—Está en peligro.

Equivocadas. Palabras equivocadas. Las había dicho demasiado pronto y de sopetón a pesar de que había ensayado el discurso decenas de veces.

Las sombras parecieron reunirse alrededor de la figura del alfa. Dio un paso hacia mí. El perfil de su nariz quedó iluminado por el reflejo de las luces en los espejos. Había algo negro allí. ¿Tinta?

—Será mejor que te expliques, florecilla.

¿Qué...? ¿Florecilla? Ah, el maillot. Era lila con flores negras.