Feral 3 #2
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Actualizó los datos del NeuroTrace, el programa que él mismo había creado más de diez años atrás, y se secó el sudor de la frente con el antebrazo.

F-04 marcaba prácticamente la misma ubicación que tres horas atrás, con pocos metros de diferencia.

Cuando se revisaran las marcas de tiempo y el historial de ubicaciones (y se haría, de eso no tenía ninguna duda), parecería que el sujeto no se había movido del lugar en toda la tarde.

Joder, aquello debería importarle tres pares de cojones. Jamás debería haberse involucrado sentimentalmente. Era un científico, no un psicólogo ni mucho menos un niñero.

Pero era humano. Y había sido testigo de tantas atrocidades entre aquellas paredes de hormigón armado y plomo que había sentido que, si no hacía algo, por ínfimo que fuera, no podría volver a ver a su familia con la cabeza en alto.

La puerta del laboratorio se deslizó y una mujer baja y delgada entró. El cuerpo de Dominic se tensó automáticamente. La doctora Ravena Moreau estaba quitándose unos guantes de látex completamente ensangrentados. Su bata blanca también estaba salpicada de rojo.

Tiró los guantes con fuerza en la papelera biológica junto al panel de comunicaciones. Su gesto no expresaba nada, pero su aura... Joder, era como si emitiera ondas negras y aceitosas. Algo que te gritaba que no te acercaras.

—Otras tres semanas de trabajo a la mierda —murmuró.

La piel de las mejillas estaba llena de cráteres por la viruela, y el cabello gris estaba cortado simétricamente a la altura del mentón.

Era una mujer enjuta, de manos firmes y con una paciencia sádica.

El currículum ideal para aquel trabajo, por eso se había convertido en la directora de todo el proyecto.

—¿Ha muerto? —preguntó Dominic, sonando poco interesado.

Mientras, cerró el programa, al que solo tenía acceso él dentro del laboratorio.

Pero, a pesar de que Dominic no quería tener a una mujer como ella de enemiga, debía seguir así.

Debía continuar pareciendo competente y fiable para el señor Kovalenko, convenciéndolo de que no hacían falta más opiniones que la suya. De lo contrario, todo se desmoronaría.

Tras deshacerse también de la bata, Moreau se acercó al área de limpieza y desinfección.

—Como una puta rata. Lo cual es jodidamente gracioso, si lo piensas —dijo, aunque no había una sola gota de humor en su voz—. Nutrias, ratas, cobayas. Son todas lo mismo.

Dominic no opinaba igual, pero no pensaba decirlo.

—Creía que ibais a dejarlo descansar unos días para evitar el colapso.

—Si no forzamos los límites, no llegaremos a ningún lado.

—Moreau tomó unas toallas para secarse y se giró hacia él.

Se apoyó en la encimera de acero inoxidable y, aunque miró a Dominic, sus ojos estaban un poco empañados.

Todavía estaba dentro de la sala de examen, probablemente rodeada de vísceras, tripas y bisturís—.

Estaba intentando regenerarse de las múltiples incisiones y amputaciones, y parecía que iba bien.

Ya había sobrevivido a la inhibición de los factores de crecimiento celular con radiación.

¿Y sabes por qué ha decidido morirse, el muy imbécil?

Por exceso de potasio. —Sus labios, pálidos y delgados, esbozaron una sonrisa un tanto desquiciada—.

Ese va a ser un informe divertido de redactar.

Una bestia que puede regenerar un miembro perdido en cuestión de días, muerta por ser incapaz de redistribuir minerales.

—Hiperkalemia severa —murmuró Dominic. Una imagen parpadeó en su mente: el cambiaformas nutria completamente aterrado, encadenado a la camilla mientras lo trasladaban de las celdas de contención en el menos siete a la sala de examen del menos tres.

Tenía el cabello castaño y un rostro joven deformado por el pánico.

Pidió ayuda y piedad a gritos durante los tres primeros días.

Al cuarto solo suplicaba que lo mataran.

Y de eso hacía dos semanas y media—. Imagino que sufrió una parada cardiaca por arritmia.

Moreau hizo un gesto vago con la mano.

—El caso es que estiró la pata. Y ahora necesito un sujeto nuevo, pero no puede ser un maldito roedor. Sus cuerpos no son tan fuertes, no resisten las pruebas.

«Tal vez las resistirían si tú no disfrutaras tanto cortándolos», pensó Dominic.

—Pues te deseo suerte con eso. —Una vez apagado su ordenador, recogió su maletín, su teléfono y su chaqueta—. Los reptiles son presas escurridizas.

De hecho, en todos los años que él llevaba allí, solo habían capturado un cambiaformas serpiente. Y se había inoculado veneno a sí mismo para morir antes de que lo torturaran o utilizaran.

—No estaba pensando en reptiles ni anfibios. Ni en ningún mamífero herbívoro.

Aquello hizo que Dominic se detuviera junto al ascensor. Moreau tenía la boca ligeramente entreabierta y los ojos le brillaban.

—Eso limita bastante tus opciones.

—¿Por qué? Hay una amplia variedad de bestias ahí fuera.

Dominic sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo.

No supo muy bien por qué. Ya conocía a aquella mujer, era uno de los brazos ejecutores favoritos de Kovalenko.

Sin conciencia, sin remordimientos, sin limitaciones morales de ninguna clase.

Pero pensó que ya había hecho mucho por aquel día.

Se había asegurado de que F-04 continuara dentro de los parámetros exigidos, sin hacer sonar ninguna alarma.

Eso ya era más de lo que requería su puesto.

No podía preocuparse también por las ideas locas de sus compañeros. Aquel era el primer permiso para ver a su familia que le concedían en más de un año.

Así que, tras una última mirada a las pintitas de sangre que todavía persistían en el pecho del jersey de Moreau, subió al ascensor y pulsó el cero.