Feral 3
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Faye

Informe de observación, hace quince años

Informe de observación, hace seis años

Al día siguiente de todo lo sucedido me levanté hecha una piltrafa. Por dentro y por fuera. Me sentía como si fuera una muñeca y un niño caprichoso hubiera jugado conmigo, apretándome, golpeándome contra el suelo, tirándome del cabello y, cuando se había aburrido, lanzándome lejos.

Planté los pies en el frío suelo de mármol, deseosa de salir de la cama. Cuando me encontraba mal siempre me parecía que el colchón, las sábanas y el edredón de plumas eran manos pegajosas que querían atraparme y hacerme desaparecer.

Aquella vez había llegado al límite. Había quedado inconsciente, completamente desvalida.

Tenía sentido. La visión de Summer se repetía cada noche en bucle de forma incansable, un martillo pilón con un único propósito.

Me despertaba exhausta tras vivir la pesadilla de aquella cambiaformas, sin apetito, sin fuerzas, con la culpabilidad cayendo como una manta pesada y opresiva sobre mí.

Podía oler la sangre y sentir el miedo agarrotándome los músculos del estómago, por lo que cualquier cosa que ingiriera volvía a salir rápidamente por el mismo sitio.

Aquel era el ciclo constante de la enfermedad.

Había sido así desde la visión del jaguar de ojos verdes.

Tras su muerte, ni una sola de mis visiones había sido apacible o controlable.

Me consumían hasta que el evento ocurría.

Siempre había sangre y muertes involucradas y todas pesaban sobre mi conciencia.

Todas, menos la de Summer. Ella todavía podía salvarse, aún no había llegado la luna creciente. Por eso había cometido una absoluta locura y había acudido al único local en el que sabía que alternaban los Colmilloscuro. Allí alguien tenía que conocerla, alguien podía advertirla.

Tambaleante, crucé la lujosa habitación hacia el baño que tenía para mí sola.

A tientas, con los ojos entrecerrados, accedí a los medicamentos que me habían dado creyendo que eran para paliar los efectos de los experimentos del laboratorio.

Y, sí, me ayudaban mucho cuando los científicos me dejaban hecha una mierda.

Pero me eran mucho más útiles para esconder síntomas que nadie debía averiguar.

Me eché a la boca un Ondansetrón para las náuseas, una pastilla con cafeína para la somnolencia y un ibuprofeno para la migraña.

Me lo tragué todo con un sorbo de agua del grifo y luego intenté ocultar las ojeras y la fatiga.

Me apliqué mentol bajo los ojos para despertar la mirada, algo que había aprendido a los dieciséis.

El bálsamo me hizo lagrimear y levantar la vista hacia el espejo. Al hacerlo, se me escapó un grito y di un paso atrás horrorizada.

«Dios mío, no. No, no, no...».

Había vuelto a desintegrar las lentillas. Mis ojos naturales estaban a la vista, el izquierdo tan monstruoso como siempre. ¿Por qué esta vez solo habían aguantado una semana? Se suponía que aquella versión estaba mejorada con material genético modificado...

Los del laboratorio podrían preguntar por qué había gastado tan rápido aquel lote de lentillas y podrían informar a mi padre. Pero ¿qué pensaba? Informarían a mi padre, sin ninguna duda.

Y él, de ninguna manera, podía saber lo de las visiones.

El problema era que eran cada vez más frecuentes y fuertes.

Con cada año que pasaba era peor, la enfermedad había crecido conmigo.

Habían pasado de ser meros sueños vívidos, una marea que se estrellaba contra mi subconsciente lenta e insistentemente, a convertirse en una tormenta embravecida.

Como olas de varios metros de altura que me engullían por completo.

Para que no me pillara en presencia de otras personas, tenía que hacer un esfuerzo titánico y trasladar las imágenes a las capas internas de mi psiquis.

Las empujaba con fuerza, como quien esconde ropa sucia en el fondo del armario y luego cierra las puertas a duras penas.

El efecto rebote cuando finalmente las liberaba era brutal, pero no pasaba nada. Aceptaba el dolor, la debilidad y la sensación de morirme siempre que sucediera cuando estaba a solas.

A veces huía tanto de aquellas imágenes que no era capaz de captar nada con claridad. Solo padecía las emociones, el terror y el siempre tajante final para aquellas víctimas sin rostro. Pero la de Summer... era muy clara. No podía ignorarla como había hecho con las otras.

Así que unos días atrás había tomado una decisión loca: debía intentar detenerla.

Impedir que la visión se cumpliera. Tal vez por eso veía todas aquellas desgracias, ¿no?

Debía de haber una razón. Probablemente era absurdo creer que lo que me pasaba tenía alguna connotación positiva.

Que si le hacía caso y seguía las pistas que me mostraba, me dejaría vivir en paz.

Tal vez no. Tal vez solo estaba destinada a morir en sueños desde las pieles y los pelajes de otros seres, a sufrir constantemente y ya.

Hubiera un motivo o ninguno, no podía seguir así. Por eso me había arriesgado tanto. Dios, menos mal que el taxista había seguido mis instrucciones y no me había llevado a ningún centro médico. Eso habría llegado a oídos de mi padre en cuestión de minutos.

Mientras me observaba, me toqué el esternón. Me dolía. Pero no sabía si era por mí misma y por la evidencia física de que me estaba rompiendo, o por los sentimientos ajenos que acumulaba durante las visiones.

Supuse que daba igual. El caso era que estaba jodida.

Tomé unas lentillas de repuesto y me las coloqué. Marrones de nuevo, como los ojos de mi madre. Como los míos al nacer. En el pasado, había sido capaz de llevarlas durante meses antes de que el material desapareciera.

Ahora...

Aparté la vista del espejo. Quería sentirme bien por una vez en la vida. Bien en mi piel, conmigo misma, incluso poder estar en silencio sin sentir que miles de pensamientos me bombardeaban.

¿Era mucho pedir?

Tal vez sí.

Regresé a la habitación y comprobé la hora. Era cerca del mediodía. Mi padre volvería al día siguiente por la noche de un congreso en Portland, aunque eso no significaba que estuviera sola. Siempre dejaba...

La puerta se sacudió violentamente. Alguien intentaba abrirla desde el otro lado. Me dio un vuelco el estómago.

Tras tres intentos infructuosos, se detuvo.

—Señorita Kovalenko... estaba seguro de haber sido claro respecto a encerrarse.

Esa voz. Esa maldita voz conseguía que las entrañas se me entumecieran y todos y cada uno de los músculos del cuerpo entraran en tensión.

Ivan el Dragón Demidov. A ojos de todos, el secretario eficiente y reservado de mi padre.

Para mí...

—Y yo estaba segura de haberte aclarado que este es mi espacio personal.

Oí el ladrido despectivo que era su risa. La tenía clavada en el cerebro.

—Eso es muy gracioso por muchas razones. Entonces, ¿no me abrirás?

Me senté en la cama.

—No.

Sabía que él tenía que estar en media hora en las oficinas centrales. También sabía que siempre encontraba el momento y el lugar para que no pudiera evitarlo.

—¿Estás segura?

—Sí, por si el cerrojo no te había dado una pista.

Hubo una pausa.

—Como quieras. Queda anotado.

Se esforzó por que oyera que sus pasos se alejaban sobre el suelo enmoquetado del pasillo. Tardé unos cuantos minutos en serenarme lo suficiente, echando a golpes los pensamientos sobre las consecuencias de aquello.

Luego me arrodillé junto a la cama y palpé los tablones hasta encontrar el comunicador. Incluso cuando llegaba hecha polvo, todavía recordaba que debía esconder el aparato.

Desplegué la desgastada tapa y me sorprendí al descubrir que tenía un mensaje. Era de un número desconocido. El corazón se me aceleró como loco.

Abrí el mensaje con dedos temblorosos y la vista un poco borrosa.

H OY A LAS 21 EN H ANA A TELIER. V EN SOLA, SIN TRUCOS NI DISFRACES.

El número del remitente estaba oculto, pero sabía a ciencia cierta quién lo había enviado.

Los Colmilloscuro.

Y conocían el estudio de baile. ¿Alguien del bar había seguido al taxi hasta el Hana? No pasaba nada, había tenido en cuenta que podía resultarles sospechosa. Por eso había tomado el taxi desde allí y al volver, cuando me había recuperado lo suficiente, había tomado precauciones hasta casa.

—Lo he conseguido —susurré—. Lo he conseguido.

Me escucharían. O me matarían. En cualquiera de los dos casos, me quitaría aquel peso de encima.

Me sorprendió tener ganas de vomitar incluso a pesar del Ondansetrón.

El doctor Dominic Drummond respiró aliviado frente a la pantalla del ordenador. Luego echó un vistazo discreto alrededor, comprobando que el resto de los doctores y científicos continuaban muy ocupados con sus propios asuntos, dentro de sus cubículos y módulos de bioseguridad.

El hombre, de cuarenta y seis años y con más de media vida de experiencia en biotecnología y genética comparativa, no sentía ninguna necesidad de llamar la atención en aquel lugar.

De ser posible ya habría abandonado aquel trabajo, pero esa no era una opción.

Ojalá hubieran sido más sinceros cuando hizo la entrevista de trabajo, pero, claro, ¿qué iban a decirle?

«Bienvenido a Black Edge, la división experimental y ultrasecreta de Vireon Corp.

Firma aquí, aquí y aquí y estarás vinculado legal y físicamente a nosotros por el resto de tu vida.

Si tenemos la más mínima sospecha de que planeas traicionarnos, te trituraremos como a un pedazo de hamburguesa y todo lo que podrá recoger tu familia serán tiras gelatinosas».

Cuando había empezado en aquella multinacional de gran prestigio, recién graduado y con tantos sueños y expectativas, se había sentido un maldito privilegiado.

Ahora, con una esposa y tres hijos, dos de ellos universitarios con grandes cargas económicas, no veía mucha diferencia entre él y un preso de la Penitenciaría Estatal.

Bueno, sí que la había: un condenado sabía exactamente cuándo era el fin de su pena. Dominic no.