Feral 2 #2
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Pensaba que lo de los cachorros iba a ser la historia de la noche, pero Willard me demostró que me equivocaba y me recordó que el trabajo de un alfa nunca acababa.

Era un exguardián, había formado parte del círculo de mi madre y era uno de los machos más respetados de la manada.

A pesar de sus cincuenta y un años, todavía mantenía el ritmo de los más jóvenes en las cacerías y yo tenía muy en cuenta sus consejos.

El macho hizo un resumen de lo que había presenciado en Landon’s.

—Se refería a nuestra Summer, estoy seguro.

—¿De qué la conoce?

Summer y Noon, igual que la mayoría de los cachorros, asistían a una de las pocas escuelas de Oregón que no discriminaba entre humanos y cambiaformas, en Corvallis.

Incluso así, la mayor parte del alumnado era morfo.

Era la pesadilla de vivir en uno de los estados menos inclusivos del país, por más propaganda promorfo que ventilara la gobernadora.

—No lo dijo, en cuanto Landon empezó a hacer preguntas se puso nerviosa y se fue. Pero había algo en ella que no estaba bien.

—¿Qué quieres decir?

—Ven a verlo tú mismo, alfa. Estamos en la ruta 20, casi entrando en Sweet Home.

Cerré los ojos con fuerza. Joder, y yo que solo quería una cerveza.

—Decidme que no habéis puto secuestrado a una humana.

—No exactamente.

Busqué a Juniper, que estaba organizando a los cachorros y no había perdido detalle de la conversación. Los ojos castaños se le llenaron de preocupación.

Asintió.

—Llevaos el coche. A los Goonies les vendrá bien el paseo de regreso.

Medio siglo atrás, Sweet Home era una población, en apariencia, mayoritariamente humana.

Ahora, al estar tan cerca de Willamette y de dos manadas tan infames, más del ochenta por ciento de su población, unos ocho mil habitantes, eran cambiaformas pumas.

Había una pequeña comunidad de osos que, por sus propias razones, no querían vivir en la profundidad del bosque.

Estaba a unos quince minutos en coche del inicio oficial de nuestra frontera, pero era vox populi que era parte de nuestro territorio.

La policía humana ya ni se molestaba en patrullar las calles de un lugar que no iba a seguir sus reglas.

El último sargento que había intentado detener a un puma por mostrar los colmillos un Cuatro de Julio había acabado con unas esposas rotas, los pantalones meados y la dignidad por los suelos. Y eso fue en el noventa y tres.

A casi un kilómetro de la entrada del pueblo, descubrimos el Hilux plateado de Willard y, justo delante, un taxi que parecía haberse detenido apresuradamente en el arcén.

Las marcas de las llantas en el asfalto describían una curva irregular.

El taxista estaba hablando con Willard y su hermano, Elias.

Percibí el aroma del humano en cuanto bajé del Wrangler. Un olfateo discreto me dio muchos datos: humano, mediana edad, sano, nervioso. Justo después, se me estrelló contra la nariz un olor penetrante y repulsivo. Debía ser el perfume.

¿Intentaba ocultar su identidad y sus emociones mientras husmeaba en territorio cambiaformas? No era trigo limpio.

—¡Por Dios! —exclamó el taxista cuando nos vio a Micah y a mí aproximándonos.

No sabía qué lo aterrorizaba más, si mis casi dos metros y los kakiniit 1 del rostro, o el tejido cicatricial que subía por el cuello de Micah.

Para quienes no estuvieran acostumbrados, nuestras apariencias y envergaduras podían ser alarmantes—.

Pero si ya os lo he dicho, no he hecho nada malo.

Di media vuelta mucho antes de llegar al bosque.

Willard, de pie frente al humano, suspiró con pesadez. Parecía que llevaban un buen rato teniendo la misma conversación.

—Estoy seguro de eso, pero no tanto de la agenda privada de tu clienta.

Elias me tendió un bolso. Aunque no había formado parte del círculo anterior, el macho tenía la suficiente sangre dominante como para haberse entrenado como guardián y haber servido muchos años en patrullas.

Tenía un zarpazo en la espalda cortesía de un enfrentamiento con un oso Tierrasangre del que siempre presumía.

—Es de ella. A ver si hay algo que os sorprenda.

Había un carné de identidad claramente falso de una tal Ana Stroud con la imagen de una mujer rubia de rasgos difusos, demasiado estándar.

Me pegaría un tiro en el pie si esa foto no estaba hecha con IA.

Pero el plato fuerte fue el móvil, que parecía haber hecho un viaje en el tiempo.

Era un modelo con tapa de hacía al menos veinte años, negro y poco llamativo.

Aunque Juniper era nuestra experta en ciberseguridad y electrónica, sabíamos qué teníamos entre manos.

Micah lo examinó con una sonrisa sarcástica.

—Un comunicador de malla cifrada. Y bien escondido, debo decir.

Compartimos una mirada.

—¿Qué te apuestas a que, si Jun intenta intervenirlo, se destruirán los datos?

Luego escrutamos el taxi. Aquello había dejado de ser una simple visita extraña.

Rodeé el vehículo. Tanto la puerta del conductor como una de las traseras estaban abiertas. La peste a químicos de mala calidad hizo que me picaran un poco los ojos. Micah esperó a unos metros.

Un par de zapatillas desgastadas asomaban desde los asientos traseros. Un cuerpo menudo estaba tendido allí, inmóvil.

—No ha hecho nada malo, ¿verdad? —Al taxista le temblaba la voz—. Parecía buena chica, me dijo que solo tenía que entregar un mensaje rápido. Él... Él... —Supe que me estaba mirando sin siquiera darme la vuelta—. Por favor, no le hagáis daño.

Elias suspiró.

—¿Qué clase de cuentos tenéis los humanos en la cabeza?

—Sois... Sois de la manada Colmilloscuro, ¿verdad?

Willard soltó una risa baja.

—Míralo, si hasta nos distingue de otros cambiaformas.

—He visto a un par de alces y nutrias en Portland, no son como vosotros. Sus ojos... —La voz del hombre vaciló cuando me incliné dentro del taxi, conteniendo el aliento para no asfixiarme—. Muchacho, por favor...

Las botas de Micah golpearon el suelo con rapidez. Seguramente se había interpuesto entre el hombre y yo.

—Cuidado. No es un muchacho, es nuestro alfa. Si lo sorprendes por la espalda, no puedo prometerte que regreses a tu casa intacto.

Apenas presté atención a la inspiración brusca del taxista al descubrir que estaba tratando con una figura llena de especulaciones en Oregón. Dejé que mis hombres se encargaran de todo mientras me cernía sobre aquella humana que tanto se había esforzado por confundir los sentidos cambiaformas.

Estaba tumbada de costado, desmadejada, como si hubiera perdido el sentido antes de poder acomodarse bien.

Mechones de un rubio sintético se le aferraban a la mejilla, ocultándole los rasgos.

Con cuidado, le empujé el hombro para ponerla bocarriba.

El movimiento hizo que la peluca se saliera de su sitio y revelara el nacimiento del cabello, tan negro como el cielo sobre nuestras cabezas.

A la humana se le escapó un gemido suave que hizo que el jaguar en mi interior se agazapara, atento. No percibía peligro, pero tenía las orejas en ristre.

La estudié. Era... guapa. Jodidamente guapa.

Su rostro era redondeado, de cejas oscuras y gruesas, con espesas pestañas y la piel olivácea más perfecta que había visto en la vida; claramente de ascendencia asiática.

No había una sola mancha, peca o lunar. Sus labios, entreabiertos y voluptuosos, tenían las comisuras elevadas. Casi como en una sonrisa involuntaria.

Estaba soñando con tanta intensidad que los ojos no paraban de revolotearle tras los párpados cerrados. Según la descripción de Landon, eran oscuros.

Sentí el impulso completamente absurdo de verlos por mí mismo y comprobarlo.

Inhalé en profundidad, intentando llegar más allá de la peste, pero no conseguí captar su aroma ni averiguar si estaba drogada o enferma. Pero había algo mal en ella, sin ninguna duda.

Por lo que sabía, había entrado por su propio pie al bar y, conforme hablaba con Landon, había empezado a debilitarse. Willard afirmaba que apenas había podido meterse en el taxi.

Identidad falsa, intenciones poco claras, comportamiento extraño... y el aspecto de un ángel desvalido.

Nada concordaba.

Trasladé la mirada hacia su cuello, parcialmente oculto por la sudadera, repasando mis opciones. No iba a ser capaz de memorizar su esencia sin destrozarme la nariz hasta que se duchara. Y, hasta donde ella sabía, había llegado a salvo al taxi.

Su pulso estaba más acelerado de lo normal. Su carótida palpitaba como loca. ¿Y si...?

—Remi.

La voz de Micah me detuvo la mano a medio camino. La aparté y maldije en voz baja. ¿Qué narices iba a hacer? ¿Tocar el cuello a una chica inconsciente como si no pudiera evitarlo? Entonces sí que daríamos argumentos a los antimorfos sobre nuestro incivismo.

Me distancié del taxi y de su turbia pasajera. Despierta había sorprendido a la manada y dormida me había descolocado a mí.

El taxista, obviamente, continuaba hecho un manojo de nervios.

—Debo llevarla de vuelta. Me hizo prometer que estaría de regreso en menos de tres horas. Parecía... Parecía muy importante para ella.

Asentí.

—Bien.

Micah me dedicó una mirada suspicaz.

—¿La vas a dejar ir sin interrogarla?

—Nos dio un número para que nos pusiéramos en contacto con ella, ¿no? Seguro que no querría que tanto esfuerzo fuera en vano. —Miré al humano, que tardó tan solo un suspiro en bajar la vista con un jadeo—. ¿Cómo te llamas?

—Harry Miller.

—Muy bien, Harry. La llevas sana y salva hasta donde acordasteis, asegurándote de que está despierta; luego regresas a casa y no le comentas a nadie lo que ha ocurrido. Y sí, lo sabré si abres la boca más de lo debido. ¿Entendido?

El humano hizo una mueca casi de dolor.

—Sí, claro, yo solo... Madre mía, menuda noche.

Era un buen hombre. No exudaba ni un poquito de maldad o inquina. Ni siquiera parecía particularmente en contra de los cambiaformas, solo tenía en mente la clásica mierda sobre los monstruos en las sombras que a la prensa le encantaba esparcir y que a nosotros nos convenía muchísimo.

Harry giró el cuerpo hacia el taxi, pero vaciló. La tercera vez que abrió y cerró la boca sin decir nada estuve a punto de poner los ojos en blanco.

—Escúpelo ya.

—Eres Callahan, ¿verdad? —No dije nada—. No... no pensé que el alfa de los Colmilloscuro fuera tan joven.

Micah se removió con incomodidad, lanzándome una mirada de reojo, y Willard y Elias de pronto encontraron muy interesantes las luces lejanas de Sweet Home.

Joven .

Hacía una puñetera barbaridad de tiempo que no me sentía joven. No como podrían serlo otros cambiaformas de veinticinco años, centrados en estudiar, encontrar profesiones y puestos en la manada y, por qué no, viajar para encontrar pareja.

Pero hacía todavía más tiempo que no me planteaba lo que era o dejaba de ser.

Pestañeé con lentitud.

—Creía que tenías prisa.

Harry no necesitó más indicaciones. Recogió el bolso de la falsa Ana con todas sus pertenencias, se apresuró a colocarse tras el volante y arrancó. Seguro que revisaría el espejo retrovisor cada medio segundo.

—¿Vuestras parejas me van a gritar mucho si llegáis un poco más tarde? —pregunté a Willard y Elias.

Ambos hermanos esbozaron amplias sonrisas.

—Oh, sí, cuenta con ello. —Elias me guiñó un ojo—. Vamos, Will, nos toca vigilancia. Como en los viejos tiempos.

Ambos se subieron al Hilux y siguieron la estela del taxi. En aquella zona y a aquellas horas, las carreteras estaban desiertas, pero una vez que cruzaran Sweet Home podrían camuflarse entre el tráfico.

Moví el cuello, haciéndolo crujir.

—A Jun le habría encantado meter las narices en ese comunicador —musitó Micah.

—A mí me habría encantado la maldita cerveza.

—Todavía estamos a tiempo.

Suspiré largo y tendido.

—Nah.

Aquel momento había caducado.

El jaguar seguía alerta, un poco confundido y con la imagen de esa humana clavada en el fondo de la mente.

Algo no dejaba de dar vueltas en mi subconsciente, como un puto pez de feria al que no había manera de atrapar.

Algo que se había sentido visceral y desazonado cuando el taxi se había alejado con ella dentro.

Y fuera lo que fuera, lo averiguaría. Nada amenazaba a los Colmilloscuro.