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Remi
La tierra tiembla cuando un Tierrasangre avanza. Pero, ay de tu alma, si es un Colmilloscuro quien te alcanza.
Refrán popular en Oregón
–Yo los perdonaría —murmuró Micah, el segundo al mando de los Colmilloscuro y mi beta, de pie a mi izquierda—. Mira esas caras.
A mi derecha, Juniper suspiró con dramatismo.
—Sí, ¿a quiénes me recuerdan?
Arriba, desde las ramas intermedias de un abeto, Fabian emitió un bufido que hizo que los cuatro cachorros frente a nosotros se encogieran un poco más.
Sus zarpas rascaron la madera de forma inquietante, algo que estaba seguro de que estaba haciendo a propósito para acojonar aún más a nuestros jóvenes prófugos.
Yo, por mi parte, me limité a observarlos fijamente. Lo cual sabía que, de por sí, podía llegar a aflojar las vejigas de los adultos de la manada.
Como aquellos cuatro eran tontos, pero no kamikazes, no levantaron la vista de sus pies desnudos y llenos de tierra.
Me concentré en el mayor, Johnny, vestido solo con unos holgados pantalones de deporte.
Era bastante alto para sus dieciséis años, una mezcla de huesos largos, músculos en desarrollo y pies muy grandes.
Nadie dudaba que crecería mucho más en todos los aspectos, en especial desde que había empezado a exudar la esencia de los alfas el año pasado.
Por eso no me extrañaba que el chico tuviera las manos apretadas en puños.
Aquello ya estaba hablado con mi círculo y con los ancianos.
En cada generación nacían uno o dos cachorros alfas que requerían medidas y precauciones especiales.
Queríamos guerreros y protectores, no dominantes sin propósito.
La manada protegía a sus miembros a toda costa.
A cada lado de Johnny estaban Summer y Noon, las mellizas de quince años.
Parecían haberse intercambiado prendas y, entre las dos, eran un puzle de vaqueros con vestidos superpuestos.
Su primo Dax, de tan solo doce, llevaba unos pantalones cortos rosas con margaritas cosidas que apostaría lo que fuera a que pertenecían a Inaya.
Era evidente que todos habían tomado la ropa que habían podido de los paquetes para emergencias que había por todo el bosque mientras Micah, Juniper y yo llegábamos tras el aviso de Fabian.
No lo habían hecho por pudor, ya que los cambiaformas estábamos acostumbrados a pasar de la piel al pelaje constantemente y la ropa a veces no era prioritaria.
Lo habían hecho porque sabían que, si además de liarla se presentaban en pelotas ante su alfa, no habría miembro de la manada que no hiciera fila para darles un copón.
Tras repasarlos a todos con la mirada, suspiré para mí mismo.
Cuando era cachorro, antes de Nunavut, me encantaba el inicio del otoño.
El pelaje se aligeraba, no hacía tanto calor, los ríos eran menos caudalosos y perfectos para baños espontáneos, y las noches se acortaban entre luciérnagas y lunas llenas.
El terreno seco era perfecto para entrenamientos arduos con los guardianes, que se solían sentir generosos y pacientes con los cachorros, y había vigilias casi todas las noches en las que la manada se reunía en torno a uno o varios fuegos y disfrutábamos de los lazos que nos unían.
Seguía amando todas aquellas cosas, pero ya no era un cachorro.
De hecho, estaba empezando a detestar a cualquier cambiaformas menor de dieciocho años, en especial desde que era el alfa.
Me crucé de brazos.
—Hace diez minutos estaba de camino a tomarme una cerveza bien fresca y merecida en Landon’s.
—Estábamos —remarcó Juniper.
—¿Quién de los cuatro me va a decir por qué os habéis escabullido de la guarida a deshoras, haciendo una paradita para sisar cosas de la cocina, y estabais tan cerca de la frontera con los Tierrasangre?
Las mellizas se quedaron heladas. Sí, probablemente estaban llegando a la conclusión más obvia: sus padres también las habían pillado.
Ambos trabajaban en las cocinas y yo había recibido una llamada de su muy cabreada madre hacía cinco minutos, cuando no las había encontrado en su habitación, y había seguido su rastro.
Elena se habría preocupado de no ser porque había visto que faltaban cuatro panes de bellota, termos de chocolate y una tarta de arándanos completa.
Según sus propias palabras: «No conozco a ningún secuestrador que sea tan amable como para tomar también sus aperitivos preferidos».
Noon fulminó a Dax con la mirada. Tanto el niño como sus primas compartían el pelo rubio y las naricillas respingonas de la familia Becker.
—No debiste coger la tarta. Te lo dije, iba a ser muy obvio.
—¿Y el chocolate no?
Summer chistó, mandándolos callar.
Observé de nuevo a Johnny. Tan callado, tan contenido. Con los ojos oscuros tan clavados en el suelo del bosque que era obvio que estaba haciendo un esfuerzo titánico para no...
Alzó la vista. Ah, allí estaba. Aquellos ojos rebeldes se encontraron con los míos durante varias milésimas de segundo antes de que el cachorro no pudiera resistirlo más.
Micah enarcó las cejas con incredulidad.
—Buen intento, chico. ¿Quieres probar de nuevo o hay algo de sesera debajo de todo ese pelo?
Le hice un gesto a mi beta. Me acerqué hasta que mis botas entraron en el campo de visión de Johnny.
—Tú eres el mayor, así que entenderás por qué te hago responsable de lo ocurrido.
—Me aseguré de impregnar de autoridad la voz.
Los otros tres notaron tanto el peso que sus hombros se hundieron.
Johnny se esforzó por aguantar—. Ya has comenzado tu entrenamiento y eres el que mejor conoce los riesgos de merodear por el bosque sin supervisión, sin avisar y acercándoos demasiado a la única puta zona en miles de kilómetros a la redonda de la que tendría problemas para sacaros.
El muy tunante tuvo el descaro de bufar.
—Todavía estábamos lejísimos. Fabian se ha pasado, no íbamos a...
Gruñí.
Era un sonido de baja frecuencia e inaudible para cualquier oído, excepto el de un cambiaformas, y tenía una cadencia única. Los únicos con la capacidad de resistirse a mi gruñido eran otros alfas adultos, mi círculo y los sanadores.
Mi paciencia tenía un límite y el cachorro debía entender las consecuencias. No se criaría con responsabilidad si se aferraba a su orgullo y a su sangre dominante por encima del sentido común, la manada y la obediencia.
Así que imprimí más castigo en cada una de mis palabras, que restallaron como látigos.
—Noon y Summer todavía son chiquillas, por no hablar de Dax. ¿Qué habrías hecho si os hubierais encontrado con vigilantes de los Tierrasangre? Voy a ser optimista y creer que no habríais cruzado la línea. ¿Qué hay de los osos y coyotes salvajes?
Vi cómo la realidad de lo que habían hecho se asentaba sobre él poco a poco.
Aleccionábamos a los críos sobre la realidad de vivir en un bosque desde que tenían capacidad de entendimiento e incluso antes.
Éramos parte de Willamette, pero no éramos la bestia más poderosa allí fuera ni debíamos pretenderlo.
Nuestra fuerza residía en un delicado equilibrio y nadie respetaba a quien atentaba contra aquello.
Había otros peligros ahí fuera que hacían que me pusiera de los putos nervios pensar en los cachorros merodeando por ahí solos, pero no tenían por qué saberlo.
Por fin, la postura de Johnny menguó. Se le deshicieron los puños.
Le temblaban los dedos.
—Lo siento, alfa. No... no lo pensé.
—Eso es evidente.
Se oyó un zumbido. Micah se sacó el teléfono del bolsillo y se apartó para atender la llamada.
Respiré hondo. Iba a acostarme con migraña. Lo presentía.
—No seré yo quien determine vuestro castigo.
Será Fabian, que ha abandonado su perímetro para haceros de niñero, y los encargados de la cocina, a los que habéis robado alimentos sin permiso.
—Al ver la barbilla temblorosa de Dax, solo quería retractarme.
Pero aquellos eran el momento y el lugar perfectos para sentar las bases que los convertirían en adultos con dos dedos de frente y no en gallinas sin cabeza—.
¿Entendéis por qué estamos enfadados y preocupados?
—Sí —musitaron todos al mismo tiempo de forma lastimera.
Desde el abeto, Fabian giró la cabeza dorada hacia el tronco. Probablemente para ocultar una sonrisa llena de incisivos.
Fingí que mascullaba algo y luego abrí los brazos.
—Venid aquí.
Todos se me apretujaron contra el pecho al instante.
Inhalaron mi aroma y yo los suyos, algo necesario y vital para crear y estrechar vínculos en la manada.
Me aseguré de murmurarles con calma y de frotar la nuca de Johnny con cariño.
Sus energías me envolvieron y me llenaron de una forma que no sabría explicar.
Eran parte de mí, aunque no fueran mis cachorros biológicos.
Todos los miembros de la manada lo eran.
Intercambié una mirada por encima de sus cabezas con Micah. El rostro de mi mejor amigo se había ensombrecido.
Juniper, atenta a todo, dio unas cuantas palmadas. Balanceó la melena color lila, recogida en una coleta alta.
—Vamos, vamos, recoged todo. Os toca arrastraros de manera vergonzosa hasta la guarida, donde vuestros exaltados padres os están esperando.
—Prima Jun... —lloriqueó la melliza más sensible, Noon.
Juniper era la guardiana más sanguinaria de mi círculo, pero también era una Becker. Nariz respingona incluida. Puso los ojos en blanco.
—Si es que os lo habéis buscado. ¿A quién se le ocurre? —Hizo una pausa—. ¿Os queda chocolate?
—¡Sí! —se apresuró a exclamar Summer, corriendo hacia las mochilas apiladas en la base del abeto en el que estaba subido Fabian—. Perdón, guardián —susurró.
Fui a dar con Micah.
—¿Qué ocurre?
—Willard y su hermano estaban en Landon’s y dicen que han recibido una visita muy peculiar. Humana, de unos veinte años. Utilizaba un disfraz cutre y mucho perfume, y dijo algunas cosas bastante... —Su teléfono volvió a iluminarse—. Es Willard. Habla tú mismo con él.