Feral 1 #2
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El macho era alto, como todos los cambiaformas depredadores.

Paseé los ojos por debajo de su nuez y capté una barba canosa, unos hombros anchos y luego todo desapareció con un destello fugaz.

Las mismas manos curtidas se sacudían con fuerza, como si estuviera espantando algo.

Una de ellas salpicaba sangre por todas partes.

«¡Me he cortado, joder!», gritaba.

Pestañeé y las manos volvían a estar sobre la barra. Intactas.

¿Por qué todas las visiones tenían que estar relacionadas con sangre y muerte desde aquella noche?

La cabeza me daba martillazos. La inanición me consumía.

«Actúa con rapidez o todo se irá al garete».

¿Qué se suponía que pedía la gente en los bares? ¿Y los cambiaformas beberían lo mismo?

Opté por el humor de mierda que me metía en más problemas de los que ya tenía. Pero si había tenido una tabla de salvación en la vida, había sido esa.

—¿Qué tiene que hacer una chica para que le pongan una copa aquí?

A mi espalda, el bar había recuperado el alboroto anterior.

—¿Tienes edad legal para beber, cielo?

—Uf, por poco, pero sí. Tengo veintidós. —Como no dijo nada, añadí—: ¿Necesitas ver mi identificación?

Había ido preparada después de recrear en la mente mil conversaciones distintas, escenarios e imprevistos.

El silencio se alargó tanto que acabé levantando la vista.

Me encontré con un par de ojos color avellana con pupilas muy muy muy pequeñas.

Un puma. No era un alfa, pero desde luego tampoco era un sumiso.

Si regentaba o trabajaba en aquel bar, que era famoso en varios condados, debía ocupar un lugar intermedio en la manada.

Así que fingí que solo podía aguantarle la mirada dos segundos.

—Lo siento —murmuré.

Gruñó con irritación por encima del jaleo.

—Es mejor si eres sincera y me dices qué quieres realmente.

Vale, contaba con eso. Estaba demasiado fuera de lugar como para fingir que había ido hasta allí a tomarme una cerveza. Y él era tan buena opción como cualquier otro.

—Estoy buscando a una chica.

—Te sorprendería la cantidad de chicas que hay en el oeste de Oregón.

—Es alta y rubia, de unos quince años. Tiene los ojos castaños y la nariz respingona, y lleva la marca de los Colmilloscuro en las costillas. Es un puma entrelazado con un...

Me detuve cuando me di cuenta de que la había cagado. El cambiaformas ahora me observaba de un modo completamente distinto.

Y eso que no había mencionado el nombre de la chica: Summer.

—¿Cómo te llamas?

—Ana.

—Tú no te llamas Ana.

El corazón me iba tan rápido que me acojonaba que aquel ser pudiera percibirlo. Si bien los pumas no tenían el mejor oído de todos los cambiaformas (los lobos los superaban), sí eran la especie con mejor pabellón auditivo de Oregón.

Sonreí con fuerza.

—Mi abuela se llevaría un disgusto muy grande si te oyera, porque me llamo como ella.

—Luego suspiré hondo, con lástima—. Oye, no pasa nada, entiendo que soy una desconocida y que quieras proteger a tus clientes y amigos.

¿Qué te parece si te dejo mi número y, si conoces a alguna chica que encaje con mi descripción, le dices que me llame? Es urgente.

—Urgente —repitió.

«Bastante», pensé con ansiedad. Además de a la preciosa chica rubia, su marca y aquella voz llamándola por su nombre con desesperación (y que todavía no sabía si pertenecía a un hombre o a una mujer, mucho menos humano o cambiaformas), había visto una luna creciente en el cielo.

Sobre las Three Sisters, tres picos volcánicos muy famosos dentro de Willamette.

Y luego sangre.

Muchísima sangre.

Rebusqué en el bolso, que había rescatado de los contenedores de un Fred Meyer. No quería llevar nada que oliera a mí. Mierda, no podía disimular del todo los temblores.

Apunté el número de mi comunicador en la parte posterior de un tique viejo (tampoco mío) y lo deslicé por la barra. El macho no hizo ningún amago de cogerlo, ni siquiera lo miró. Tenía los felinos ojos clavados en mí.

«No puede leerme el alma.

»O la mente.

»Solo desconfía, nada más».

Se me oscureció un poco el borde de la visión cuando también deposité un billete de veinte junto al papel.

—Por las... —Se me fue el aliento. El pecho se me vació por un instante pavoroso antes de que el aire entrara de nuevo. Joder, tenía que salir de allí—. Por las molestias. Y ten cuidado con tu mano derecha.

—Muchacha —gruñó el puma.

Alguien chocó conmigo. Ah, no. Yo me había chocado con otro cambiaformas, que me miraba con el ceño fruncido.

Eran sólidos, como si tuvieran algo más que huesos bajo las pieles, y desprendían mucho calor.

Murmuré unas disculpas pastosas. Las tablas del suelo comenzaron a convertirse en espirales sinuosas.

Ojalá hubiera podido comer algo antes de salir. Ojalá la comida me aguantara en el estómago el tiempo suficiente.

Agradecí el bofetón de aire fresco del exterior. Me interné entre los vehículos aparcados, sosteniéndome aquí y allá para no caer, y la gorra desapareció. No supe cómo, pero llegué hasta el taxi. Aferré la manija de la puerta y el frío del metal me hizo sentir extracorpórea.

Me desplomé en los asientos de cuero desvencijado y oí la voz asustada de Harry llamándome. Todo daba vueltas. El coche, las ventanillas, el cielo de más allá. Todavía escuchaba la música y las voces a lo lejos.

Hice un esfuerzo titánico por hablar.

—Mismo... lugar —musité. Por más que intenté abrir los ojos, estos insistieron en ponerse en blanco—. Lléveme... mismo... lugar.

Luego me rendí, porque al menos lo había intentado.