Feral 1
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Faye

Viridis , verde.

Eon , tiempo.

Vireon Corp pone la evolución al alcance de todos.

Mejorar o desaparecer.

Propaganda de la empresa Vireon Corp

En 1970, un hombre fornido, de melena desordenada y con manos temblorosas irrumpió en la Asamblea General de la ONU en pleno debate sobre la descolonización africana.

Se arrancó la camisa de cuajo y se transformó en oso delante de cientos de testigos emperifollados, cámaras prehistóricas y una mujer de la limpieza que cayó redonda al suelo.

Así fue la revelación al mundo de la existencia de los cambiaformas. Rápida. Contundente. Innegable. En especial porque eran los años setenta y nadie había oído hablar todavía de los efectos especiales digitales, la IA ni las fake news .

Más de medio siglo más tarde, yo pagaba el pato de la decisión de Lars Jensen.

El cambiaformas oso que, en medio de la crisis de los cuarenta, cambió el orden mundial.

A veces le odiaba. Su foto aparecía en los libros de historia.

Bueno, sus dos fotos. Una del momento en el que había puesto un pie en el estrado de la sede de Nueva York, y otra de su gigantesca forma osuna mirando mal al delegado angoleño que se aferraba al atril como si su vida dependiera de ello.

Cuando tenía trece años, destrocé la imagen de Lars Jensen a base de bolígrafo. En sus dos formas. Lo había garabateado hasta hacer un agujero.

Ahora que tenía veintidós, fantaseaba con que, si lo tuviera delante, le cantaría las cuarenta por cambiar las estructuras de poder sin consultarlo con nadie y afectar a las siguientes generaciones.

Porque si Lars Jensen se hubiera quedado quietecito en su casa, bosque o guarida, mi vida sería muy distinta.

Los cambiaformas no se habrían revelado al mundo, nadie sabría de la existencia de manadas como los Colmilloscuro o los Tierrasangre, y mi padre no se habría obsesionado con descubrir cómo salvar las distancias biológicas entre morfos y humanos.

Por ende, yo no habría pisado su laboratorio en la vida y acabado loca.

Y, siendo un poco más concreta, ahora mismo no llevaría una peluca rubia, una gorra de los Ducks y la sudadera más ancha que había encontrado bien impregnada de un perfume sofocante.

Incluso a mí me picaba la nariz, así que no me quería ni imaginar qué haría con las sensibles pituitarias de los cambiaformas.

Camuflar mi aroma, esperaba.

«No debería estar aquí.

»No debería estar aquí.

»Es la peor idea que he tenido jamás.

»Y en realidad no odio al pobre Lars Jensen. Hizo lo que creyó que era correcto por su especie».

Mi mente era un caos absoluto cuando me bajé del taxi y pisé la gravilla del aparcamiento. El aire nocturno de Oregón era fresco a mediados de septiembre, pero esa no fue la razón por la que un escalofrío se me coló bajo la sudadera.

Mis ojos, bien escondidos tras lentillas marrones, se clavaron en el edificio de madera que había al otro lado de un buen puñado de furgonetas desvencijadas, pickups y motos.

Un cartel de neón azul rezaba L ANDON’S .

Toda la luz y el sonido provenían de allí y, a aquellas alturas, me parecía que los farolillos y la música latían y hacían vibrar la atmósfera de alrededor.

Como si el bar de estilo cabaña estuviera vivo y tuviera un corazón.

Y me estuviera llamando.

Me aferré al bolso para disimular el temblor de las manos.

El taxista debía ser un buen hombre porque, aunque no le concernía, asomó la cabeza por la ventanilla.

—¿Estás segura de que esta es la dirección?

—Como no le contesté, el hombre insistió.

Era humano y se llamaba Harry. Había sido amable, pero había estado tan cohibida durante el trayecto pensando en lo que ocurriría que apenas había murmurado respuestas vagas.

Lo cual seguramente había inquietado más al hombre—.

Sabes qué clase de lugar es este, ¿verdad?

El estómago se me habría revuelto de no ser porque hacía unas veinticuatro horas que no probaba bocado.

—Sí, es aquí —traté de sonar firme y segura. Esbocé una sonrisa alegre—. No tardaré mucho, se lo aseguro. ¿Recuerda lo que le comenté?

Todavía parecía dudar, pero asintió. Yo no dejaba de ser una mujer adulta.

—Te espero justo allí. Estaré atento a... cualquier cosa. Ten cuidado, ¿quieres?

«Es la primera vez que me alejo tanto de casa. Hoy no estoy teniendo nada de cuidado».

Mejor no decirle eso al pobre hombre.

El taxi dio la vuelta y me esperó carretera abajo, por donde habíamos llegado. Tampoco había otra dirección hacia la que ir porque, a pocos metros a la derecha del bar, el asfalto terminaba abruptamente.

Más allá solo estaba el profundo e impenetrable bosque de Willamette, el flanco occidental de la cordillera de las Cascadas.

Un cartel indicaba que los vehículos debían dar media vuelta porque la carretera se cortaba en dos kilómetros.

A partir de allí, estaba prohibido el paso.

.. Porque era parte del territorio de dos de las especies cambiaformas más letales de todo Oregón.

Allí, entre los valles, lagos y cañones de belleza salvaje, estaban las guaridas de los Colmilloscuro y los Tierrasangre. Los primeros eran la manada de pumas más poderosa de todo el país; los segundos, los osos más herméticos y públicamente antihumanos.

Ya estaban allí antes de que se revelara la existencia de los cambiaformas y, tras los pactos y distintos tratados políticos, se habían convertido en propietarios a partes iguales de un terreno que abarcaba más de seis mil kilómetros cuadrados.

Eran los dueños y señores de todo lo que ocurría en su interior.

Ninguna jurisdicción humana podía actuar más allá de sus fronteras y tampoco eran válidas las leyes de otras manadas.

También se rumoreaba que ambas manadas eran enemigas y que no se perdonaban un palmo de tierra entre sí, pero, si fuera cierto, ¿quién lo sabría? Los que habían sido tan tontos como para intentar colarse en Willamette no habían vivido para contarlo (aunque eso era otro rumor).

Había oído y leído toda clase de cosas sobre los Colmilloscuro, a cada cual más espeluznante.

A lo largo de mi vida me había empapado de todas las noticias, rumores y bulos acerca de los cambiaformas pumas, sus miembros, sus normas y sus habilidades.

Había poca información aparte de ciertos datos públicos, puesto que las manadas depredadoras eran conocidas por ser muy reservadas.

Así era como habían sobrevivido y se habían fortalecido antes de la revelación de su existencia, durante y después.

En especial después, cuando gran parte de la población humana había querido negar su existencia o exterminarlos. Cuando habían nacido las asociaciones antimorfos a lo largo y ancho del mundo.

Algunos miembros de los Colmilloscuro y los Tierrasangre ejercían trabajos en Sweet Home, Corvallis, Eugene e incluso Portland.

Y nada ocurría en su territorio sin que sus temibles alfas lo supieran.

El de los Tierrasangre se llamaba Lachlan Northwood y era conocido por un par de apariciones públicas espontáneas en las que había aterrorizado a los humanos paseándose en su forma de oso, y por un par de fuertes declaraciones ante la prensa que no habían hecho sino aumentar su mala reputación.

El de los Colmilloscuro, en cambio, era todo un misterio. Macho, hembra, edad, el tiempo que llevaba en el cargo, si lo había heredado o ganado... No se sabía nada excepto un nombre: Callahan.

Nada más, ni siquiera un detalle sobre su apariencia aparte de unos inquietantes rumores sobre que su beta era una bestia horripilante llena de cicatrices que se bebía la sangre de sus víctimas humanas (de verdad, las redes sociales estaban llenas de información absurda).

«Por tanto, no hay manera de que me cruce con él esta noche», pensé.

Mi vida era un caos, pero no podía tener tanta mala suerte. Además, ¿qué haría un alfa como aquel en un bar en el límite de su tierra? Seguro que él y Lachlan Northwood tenían cosas más importantes que hacer.

Caminé hacia el bar, acercándome al sonido de cristales rotos y una algarabía de voces y risotadas, y supe que había cometido un terrible error en cuanto abrí la puerta de madera.

De repente había decenas de ojos felinos examinándome. Era muy intimidante tener la atención de todos ellos, incluso si no estaban en su forma animal. No había humanos lo bastante estúpidos como para ir allí porque no había nada en aquel lugar para nosotros.

Fijé la vista en la barra, al otro lado de la amplia estancia, y me marqué como objetivo llegar hasta allí. Parecía viable.

Ignoré las presencias grandes, los murmullos y algún gruñido ocasional que cruzaba el aire.

Una televisión estaba emitiendo un partido a todo volumen y de fondo sonaba I walk the line .

Joder, en cualquier otro momento me hubiera reído.

¿Un grupo de cambiaformas con fama de hooligans que escuchaban a Johnny Cash?

La mayoría de los morfos se apartaron para dejarme paso, seguramente espantados por mi peste a perfume barato.

Sentí su recelo, pero no hicieron nada por detenerme.

No hice contacto visual con nadie, a pesar de que no estaba captando vibras de alfa por ninguna parte (yupi por mí).

Un humano normal no necesitaba estar ante lo más alto de la jerarquía de los cambiaformas para que sus hormonas empezaran a alborotarse, y allí dentro había bastantes como para achantar al más bravucón.

El problema era que yo no era una humana normal.

Alcancé la barra justo cuando una lanza de dolor agudo me atravesaba la cabeza de lado a lado. Medio segundo más tarde, un par de manos curtidas se plantaron en la superficie de madera, que estaba llena de marcas de zarpazos y abolladuras.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó el camarero con más amabilidad de la que esperaba.