Feral
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Prólogo
Faye Hace catorce años Corvallis, Oregón
Tenía ocho años y llevaba semanas soñando con lo mismo. Fuera, en el jardín de mi casa, aparecía un jaguar.
No tenía ningún sentido porque sabía que no había cambiaformas cerca del hogar de los Kovalenko, y los más próximos eran no depredadores.
Los peligrosos vivían en sus propios territorios: en los bosques, ríos y montes más profundos del país.
En lugar de pueblos o capitales, denominaban a sus hogares guaridas.
Según mi padre, cuevas, árboles y suciedad era lo más apropiado para aquellas bestias.
En la tele había salido una mujer que aseguraba que su prima de diecinueve años se había emparejado con un oso.
Por voluntad propia. Y que era muy feliz.
Nadie la creía, se decía que en realidad a su prima la habían secuestrado y asesinado, porque esas eran las historias que pululaban sobre los cambiaformas.
Daba igual que muchos ejercieran trabajos comunes, como guardias, políticos, ingenieros o administrativos. Daba igual que pudieran asistir a las mismas escuelas o universidades por ley. O que relacionarse con ellos no estuviera prohibido.
«Humanos y cambiaformas son especies distintas», repetía mi padre siempre. Tenían secretos oscuros, garras, colmillos y ojos brillantes. No eran civilizados, no querían integrarse y veían a los humanos como comida parlante en el mejor de los casos.
Pero yo no paraba de soñar con aquel jaguar. Noche tras noche. Hasta que me despertaba sintiendo el tacto de su pelaje en las yemas de los dedos y me parecía que notaba sus bigotes haciéndome cosquillas en las piernas.
Al final, una noche, cuando mi padre y todo el servicio dormían profundamente, me escapé al jardín. Para aquel momento ya sabía cómo evadir el sistema de seguridad de la casa y a los múltiples empleados. No descubriría por qué era tan buena haciéndolo hasta más adelante.
Fui hacia la estatua de Perún, el dios eslavo del trueno, la rodeé y esperé.
Debería aparecer en cualquier momento justo por allí, entre los setos perfectamente recortados que delimitaban los jardines.
Más allá estaban los altos muros y las cercas electrificadas que protegían mi casa de.
.. Bueno, de todos esos monstruos que acechaban a los humanos.
Y de todos ellos, los que más preocupaban a mi padre eran los Colmilloscuro.
Se suponía que Willamette, su bosque, estaba a muchos kilómetros de Corvallis. Pero las carreteras, áreas de servicio e incluso el río que quedaba en medio eran un terreno neutral poco amigable. No se debía ir porque estaba demasiado cerca de ellos . O eso decía mi padre.
Los minutos se convirtieron en horas mientras esperaba y, al final, arrastré los pies de regreso a casa, desalentada.
La luna llena proyectaba mi sombra con nitidez.
Además, llevaba un pijama de flores poco apropiado para finales de primavera.
Siempre demasiado pequeña y delgada para mi edad, herencia de mi madre.
Algo que tampoco le gustaba a mi padre. Él decía que. ..
Contuve el aliento cuando me di cuenta: había luna llena, pero en mi sueño siempre era creciente.
Más animada, volví a la cama y, cuando soñé con el jaguar, me fijé en detalles más precisos. Y cuando la luna tenía exactamente el mismo aspecto que en mis sueños, regresé al jardín y rodeé de nuevo la estatua. Apenas diez minutos después, él apareció.
No sabía cómo tenía tan claro que era un él , pero así era. Del mismo modo que no debería haber sido capaz de distinguirlo de un jaguar salvaje. Y, sin embargo, no había ningún atisbo de duda en mi interior: era un cambiaformas macho y muy joven.
Me separé de la estatua y supe que lo había pillado por sorpresa por la forma en que se agazapó y se quedó totalmente inmóvil. Era grande y, desde la distancia, parecía negro. Pero podía deberse a la oscuridad de los setos, que hacía que los ojos verdes le centellearan como si tuvieran luz propia.
Aquello era cosa de cambiaformas. Se llamaba «mirada áurea» y era sumamente peligrosa. Los morfos jugaban con la química de los cerebros humanos a través de su mirada para hacerlos dóciles.
Aquel debía ser demasiado joven o de una jerarquía baja, porque no sentí nada distinto.
—Hola —dije a toda prisa, esperando no ahuyentarlo—. Te estaba esperando.
Él no movió ni un músculo. Y la verdad era que yo no había meditado mucho aquel asunto. Estaba obcecada en comprobar si mi sueño podía ser, de algún modo, real. Y ahora que sabía que lo era...
Bueno, debía ser resolutiva. Era una Kovalenko. Éramos importantes, respetados.
—No voy a hacerte daño, ¿vale? Puedes estar tranquilo.
Hubo un ligero parpadeo, pero nada más. Decidí que sentarme en el suelo podría ser una buena estrategia. Así él parecería más grande y se sentiría más seguro.
...Que era justo lo contrario que recomendaban cuando un humano se encontraba con un cambiaformas desconocido. Pero yo me sentí valiente, lista y poderosa al ir contra las normas.
—He estado soñando contigo —le confesé—. Con este momento. Eres...
Me quedé sin palabras. ¿Qué le decía? ¿Que parecía más amenazante en persona? ¿Que el pelaje le brillaba como la seda?
El jaguar olisqueó una, dos, tres veces. Luego, tras pensarlo unos segundos, se sentó sobre los cuartos traseros y me miró fijamente. Intenté no sentirme intimidada. Si se transformara sería más fácil hablar, pero supuse que él no confiaba lo suficiente en mí como para mostrarme su otra piel.
—¿Cómo has entrado? —Sin respuesta. Solo un par de enormes ojos verdes escrutándome con intensidad—.
Habrás escalado el muro. He leído que los jaguares trepan superbién.
Y también nadan. Pero ¿por qué eres un jaguar?
Los morfos más grandes de Oregón son alces, osos, coyotes y pumas.
¿O eres un puma negro? No sabía que existían. ..
Él inclinó la cabeza hacia un lado, con las orejas estiradas. Al menos parecía estar prestándome mucha atención. Recogí las piernas contra el pecho y lo estudié. Era igual que en mi sueño y me moría de ganas por tocarle el pelaje, pero algo me decía que era mejor que no lo intentara.
—Me gustan tus ojos —declaré sin ambages—. Parecen esmeraldas.
Conseguí un pestañeo perezoso que sentí como una gran victoria.
Me dediqué a contarle todo lo que me fascinaba sobre su especie, todas esas cosas que jamás me había atrevido a decir en voz alta y mucho menos donde mi padre pudiera oírme.
No se lo había dicho ni a la profesora que me daba clases en casa, porque si nadie creía que una mujer pudiera casarse con un oso y ser feliz, ¿qué pensarían de mí y de mi interés por los cambiaformas?
Pero yo no sentía ni una pizca de miedo. Si estiraba el brazo podría tocarlo.
—Voy a intentar adivinar tu edad. ¿Ocho, como yo?
Sus bigotes se erizaron y asomó un colmillo. Eso parecía un no rotundo.
—Uf, entonces eres más pequeño...
La cola dio un latigazo indignado en el suelo. Solté una risita.
—Vale, eres mayor. Tienes...
De pronto, el jaguar cambió de actitud. Se agachó y mostró todos los incisivos, gruñendo. Una sombra me cubrió y, al girarme, descubrí a mi padre. No pude adivinar su expresión: la luz de la luna quedaba a su espalda.
Me puse en pie de un salto.
—¡ Papa 1 ! Es... es un cambiaformas. Pero ¡no es peligroso! —me apresuré a añadir—. He estado hablando con él y...
Un pequeño pop sonó desde alguna parte y algo difuso y pequeño pasó velozmente a mi lado. El jaguar gruñó y se revolcó por el jardín. Con el corazón alborotado, vi el pequeño dardo sobresaliéndole del lomo.
Tres personas se acercaron, vestidas de negro y armas en ristre. Empleados de mi padre. Todos apuntaban al jaguar, buscando una línea de tiro clara.
—No... ¡No, no le hagáis daño!
Intenté acercarme para ayudarlo, pero mi padre me lo impidió. Aunque me resistí, no podía hacer nada contra un hombre adulto. Tras varios intentos infructuosos de quitarse el dardo con los dientes, el jaguar me lanzó una mirada y vi un claro sentimiento en aquellos ojos verdes: traición.
Salió corriendo entre los setos justo cuando empezaron a sonar disparos mucho más fuertes y bruscos. No eran dardos.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
— Papa , por favor...
Hubo un borrón y de repente estaba tirada en el suelo y me ardía la mejilla.
—Ni se te ocurra llorar por esa bestia —me sermoneó con un tono de voz completamente calmado—. ¿Hablar con él? ¿Cómo? ¿Ahora gruñes y das mordiscos, acaso?
Cerró una mano dura como el acero en torno a mi brazo y prácticamente me levantó en el aire. Grité, pataleé y supliqué. Me salían lágrimas sin parar, como si algo se hubiera roto dentro de mí. A lo lejos oía las voces y los pasos de la persecución, además de algún disparo ocasional.
Una vez en el despacho de mi padre, me golpeó las palmas de las manos con el bastón del bisabuelo, sin parar de repetir que lo hacía por mi bien. Que había estado preocupado por mí. Que no era consciente de los peligros que acechaban allí fuera para las niñas humanas debiluchas como yo.
No fui capaz de dejar de llorar. Me apreté contra la pared mientras mi padre se acuclillaba frente a mí y me observaba de una forma muy extraña.
—¿Qué viste en los ojos de la bestia?
Estaba confundida y destrozada, no entendía su pregunta.
—N-nada...
—¿No brillaban? ¿No te temblaron las piernas o se te aceleró el corazón? Piénsalo bien, Faye.
No sabía qué contestarle y menos bajo el escrutinio de sus profundos ojos azules, tan oscuros como el río Willamette en invierno. Mi mente era un caos.
—Bueno, parece que las cosas por fin empiezan a tener sentido —susurró; no estaba segura de que estuviera dirigiéndose a mí—. Interesante.
Fue hacia su escritorio y me ignoró. No me dijo que podía retirarme, así que me quedé donde estaba mientras el pecho se me sacudía por el hipo.
Un rato más tarde, la puerta principal se cerró con fuerza a lo lejos y dos de las personas de antes entraron en el despacho.
Eran un hombre y una mujer de su equipo personal, formado por doce personas que según él estaban siempre cerca para protegernos.
La mujer se adelantó.
—Corrió como un demonio y lo perdimos de vista un par de veces, pero conseguimos atraparlo justo al otro lado del muro. Mordió a Oleg en el cuello, pero eso lo puso a tiro.
—¿Está muerto?
—¿Oleg?
Mi padre suspiró con fuerza irritado.
—No, la bestia.
—Sí, señor. Yo misma la eliminé. —Me quedé sin respiración—. Ahora tiene una nueve milímetros bien alojada en su cráneo peludo.
—Qué desperdicio.
La mujer se quedó perpleja.
—¿Señor?
Mi padre suspiró dramáticamente y rodeó el escritorio. Tenía en la mano esa pistola que tanto le gustaba, la Makarov. Me había explicado muchas veces lo especial que era para él... y yo le había visto emplearla otras tantas.
Su equipo también. Por eso la mujer perdió todo el color del rostro.
—El daño en el tejido blando ha debido ser devastador. —Mi padre acarició la culata un par de veces, pensativo. Luego se giró hacia el hombre—. Encargaos de Oleg y su familia de la forma habitual.
Él inclinó levemente la barbilla y se apresuró a marcharse. Para ese momento, tanto la mujer como yo temblábamos violentamente. Incluso así, ninguna nos atrevimos a movernos. Ni siquiera cuando el mecanismo secreto de la pistola se activó y la sangre salpicó la alfombra y la repisa de la chimenea.
Mi padre me observó durante mucho tiempo aquella noche, más que en toda mi vida.
Antes hubiera dado lo que fuera para obtener su atención y ahora solo quería que volviera a fingir que no existía.
Al final, tomó su teléfono móvil y abandonó el despacho murmurando para sí mismo.
Solo entendí «pruebas» y «sistemáticamente».
Me dejó allí sola con el cadáver toda la noche.
Al día siguiente, con los ojos y las manos hinchados y la cabeza llena de una presión abrumadora, me vendó los ojos y me llevó al laboratorio.
Estaba entusiasmado, como si fuéramos de excursión.
Yo caí en un bucle de terror porque pensaba que ya nunca más me llevaría a aquel lugar, que aquellas pruebas y experimentos habían terminado.
—Dijiste que ya no hacía falta que regresara —susurré apretándome el abdomen con fuerza.
Me acarició la cabeza, sonriendo con condescendencia.
—Eso es porque había perdido la esperanza contigo. Pero tú me vas a demostrar lo mucho que vales y que te esfuerzas, ¿verdad, mi dochka 2 ?
No fui capaz de contestarle, porque para aquel momento ya era consciente de que mi padre valoraba cosas que yo ni entendía del todo.
Con el paso de los años, deseé volver a soñar con el jaguar de ojos verdes, pero desapareció de mi subconsciente junto con su muerte.
Sin embargo, a veces me parecía sentirlo.
Me daba la vuelta en el estudio de baile o en mi dormitorio, con el corazón desbocado, y juraba que estaba a mi lado.
Era una presencia helada, por dentro y por fuera, con una furia desgastante que corroía todo su ser y me erizaba el vello del cuerpo.
Juraría que una vez sentí sus labios de granizo en la nuca y la ansiedad me duró horas.
Una parte de mí creía que era mi castigo por ser la causante de aquella muerte inocente.
La otra, en cambio, estaba convencida de que todo había sido producto de mi imaginación.
Producto de la enfermedad .