Fénix Destinado (Los Guardianes Fénix nº 5) 13. Jackson #2
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13. Jackson #2

Tideus le masajea los hombros a Lukos. —Calma. Sé que estás emocionado.

Lukos se aparta de él, y no puedo evitar notar cómo las yemas de los dedos de Tideus se enganchan momentáneamente con los de Lukos cuando sus manos se rozan al separarse.

—No te burles de mí, Tideus —dice con un suspiro.

—¿Yo, burlarme de ti? —responde Tideus con una sonrisa.

—Has dejado claro cómo te sientes al respecto.

—Nunca dudé de la existencia de tu Destructor. Solo cuestioné el propósito de perseguir a este fantasma durante tanto tiempo.

Lukos resopla con enojo. —No soy como tú. No perdono tan fácilmente. —Se da vuelta hacia la puerta.

—¡Hay una diferencia entre el perdón y la aceptación, Lukos!

Pero Lukos ya se fue, y la puerta se cierra de un golpe detrás de él.

Tideus cruza los brazos sobre el pecho y mira la puerta fijamente, con una sonrisa que esconde lo que en realidad pueda estar sintiendo ante lo que acaba de pasar. Los demás omegas en la habitación retoman sus quehaceres, que en su mayor parte consisten en lanzarme miradas de desprecio.

—Qué tipo amargado —digo.

—Tú también lo serías si cargaras con el peso que carga él —dice—. La mayoría de la gente aquí fue moldeada por lo que hizo el Destructor.

Dios, ese nombre suena ridiculísimo. —Su nombre es Airos, ¿de acuerdo? Y lo que hizo fue defensa propia. Sé que eso no lo justifica. Pero, por Dios… Son piratas. De alguna manera dudo que ustedes estén libres de pecado.

Tideus ladea la cabeza mientras me observa. —Tus palabras son extrañas.

—Sí, es que no soy exactamente de por aquí —digo—. Pero tú tampoco, ¿verdad? Tu ropa es diferente.

Su estilo, me doy cuenta, es similar al de las figuras de los murales: vibrante, un poco extravagante, con los mismos patrones a lo largo de los bordes.

—No. Nací esclavo en Al'Phaer. Todo lo que llevo encima marca un pedazo de mi vida. —Toca uno de los aretes en forma de hoja dorada—. Estos fueron saqueados del mismo barco que me transportaba cuando me rescataron.

—¿Lukos te liberó? —digo, conectando los puntos.

—Por eso estoy aquí —responde con una sonrisa.

—Vaya, qué romántico —digo.

—No, no, no. Nosotros no somos… Él no es mi compañero.

—No tienes que ser compañeros para acostarse, bro.

Tideus suelta una carcajada un poco más sonora de lo necesario y me hace señas de que lo siga a la cocina. —Debes de tener hambre.

Hay tres omegas adentro horneando pan, y claramente no están contentos con mi intrusión, ni con la idea de darme comida. Uno de ellos lleva un bebé atado a la espalda y está amasando una bola de masa sobre una tabla de madera.

—No puedes hablar en serio, Tideus —dice—. Tenemos suficientes bocas que alimentar y ¿quieres que también alimentemos la de él?

—Sé que escuchaste lo que dijo Lukos, Dryche. Es nuestro huésped.

—Nunca dijo «huésped» —replica Dryche con brusquedad.

—Pues yo lo estoy diciendo. —Tideus agarra una hogaza de pan humeante de la pila y la parte por la mitad.

Vierte aceite de oliva en un pequeño plato de terracota y coloca a un lado varias aceitunas gordas, higos y champiñones cocidos.

Luego, para la frustración y desaprobación de todos en la habitación, me entrega la mitad del pan—.

Huésped. Y se quedará con nosotros. Lukos quiere que esté a salvo.

—Ehhh. Yo digo que lo dejemos vagar por ahí —dice uno—. Que descubra lo que su compañero ha causado.

Tideus me saca de la cocina. Pasamos junto a la fuente y seguimos el camino del agua que gotea por el canal en el piso hasta otro patio interior al costado del edificio, bordeado de jardineras elevadas de piedra repletas de palmeras datileras achaparradas, hinojo, cebollas y otras verduras.

Aquí dentro está fresco y tranquilo, lejos de los demás.

Me invita a sentarme con él en el suelo.

—Adelante —dice, pero vacilo. Come una aceituna y escupe el hueso al jardinero—. Está bien. Nadie te va a hacer daño.

—Quisiera creer eso —digo, y le doy un mordisco a un higo. No me caigo muerto, así que pruebo unas aceitunas y emposo un poco de aceite en el pan. Me sorprende el sabor: ligeramente picante con un toque herbáceo. No tenía idea de que el aceite de oliva podía ser tan bueno.

Tideus sonríe. —Come más. No les hagas caso a los demás. El mar sigue proveyendo, gracias a los dioses. Hubo una buena pesca, y hoy habrá pescado a la parrilla. —Arranca un pedazo de pan y lo come con un bocado de champiñón.

—¿Hay algo malo con el resto de la isla? —pregunto entre bocado y bocado, y entonces recuerdo lo que dijo Lukos—. ¿Qué fue eso de ser devorado?

—Mm. Podrías suponer que lo dijo para evitar que intentaras escapar, lo cual sería verdad. Pero también es verdad que hay un monstruo anidado aquí, bajo la montaña.

—¿Un monstruo? —No lo dudo. Soy muy consciente de que cuando la gente en este mundo habla de monstruos, en serio se refieren a monstruos.

—Me contaron que apareció tras la destrucción de Lestikos.

Al principio se quedaba en la montaña, donde tiene su nido.

Pero se volvió codicioso. Los al'faerenses habían ocupado los pueblos del oeste y los habían convertido en campos de trabajo.

Cuando el monstruo empezó a llevarse gente de allí, abandonaron Tassos casi por completo.

Hemos aprendido maneras de mantenerlo a raya, pero— —Se interrumpe—. No debería estarte contando todo esto.

Estoy pensando en Airos y los demás. ¿Van a toparse con esa cosa?

¿O esa cosa va a ir tras ellos?

—Parece que ustedes deberían salir a buscar a Airos, entonces.

No querrías que el monstruo se lo lleve antes de que puedan hacerlo ustedes.

—Solo lo digo a medias en serio. Mi idea es que si salen a cazar a Airos, quizás me lleven también.

Lo que pase cuando se vean cara a cara es un puente que cruzaremos cuando lleguemos a él. Solo quiero saber que está bien.

—Me costó mucho esfuerzo convencer a Lukos de no hacer eso. Es un hombre muy terco.

—Creo que él quiere encontrar a Airos más que yo.

Esto hace reír a Tideus, y sus aretes tintinean como delicados carillones.

En realidad me cae bien este tipo, y eso va en contra de todo mi entrenamiento.

Puedes respetar a tu enemigo. Pero puede ser peligroso permitirte que te caiga bien, sobre todo en una situación como esta.

Tienes que operar desde un lugar de desconfianza, asumiendo que todo lo que dicen y hacen está destinado a engañarte.

Pero, ¿somos realmente enemigos?

—Dios —digo, casi para mí mismo—. Ojalá pudiera mostrarles lo que he visto. Airos no es la persona que creen que es. No debería ser el blanco de su odio.

—¿Entonces quién debería serlo?

Niego con la cabeza. —No lo sé. Pero lo que sí sé es que los al'faerenses han estado llevándose gente de este lugar por mucho más tiempo del que ustedes parecen creer. Airos fue víctima de eso. No es un monstruo.

—Los humanos no mueven montañas —responde. Una quieta intensidad llena su voz—. Solo los dioses, o los monstruos.

Me invade un repentino arrebato de rabia.

Quiero arrancar un ladrillo suelto del jardinero con mis poderes y estrellárselo en la cara.

¿Me estás llamando monstruo, hijo de puta?

Es la misma sensación que me aprieta el pecho que me invadía cuando alguien me acusaba de ser gay.

Lo sofoco rápidamente. No voy a dejar que mis emociones me dominen.

Y definitivamente no voy a mostrarle mis poderes. No soy un completo idiota.

—Bueno, quizás es un dios —digo sarcásticamente—. Ese no es el maldito punto.

—No sé si lo que dices sobre los al'faerenses es verdad. Yo no estaba aquí. Tú tampoco. Pero aunque lo fuera, dudo que cambiara los sentimientos de mucha gente sobre tu compañero.

—¿Y los tuyos?

—No quiero ser prisionero del pasado. Aferrarse tan fuerte a algo que no puedes cambiar solo significa perderse en ello.

Hay un matiz de tristeza en su sonrisa, y de inmediato tengo la impresión de que Tideus lleva mucho tiempo intentando que Lukos suelte esa carga.

Airos tampoco ha podido soltar esa carga jamás.

Los dos han sido profundamente marcados por ese momento.

Los une un dolor en común. Duele saber que Airos ha cargado con esto oculto dentro de sí mismo.

Me destroza aún más porque sé perfectamente lo que es tener esa clase de espina en el corazón, enterrada tan jodidamente profundo que ni siquiera sabes si es posible arrancársela.

La sientes cada maldito día.