2. Airos
AIROS
Las rocas amarillas y la arena se elevan como una gran ola congelada contra el cielo, y nuestra humilde nave celeste asciende para atravesar la cresta de esta barrera que separa el reino del mar del vasto desierto.
Me dirijo a la popa para echar un último vistazo.
Las nubes de tormenta del Shimat lucen casi calmas desde aquí.
Derivan lentamente sobre la tierra, sus aguas fluyendo como libaciones sobre ese mundo reseco.
Es un espectáculo que corta la respiración, ahora que estamos lejos del peligro de la tormenta. Me quedo mirando largo tiempo, deseando que esta imagen se archive en lo más profundo de mi memoria. Esta tierra es donde descubrí algo más maravilloso que cualquier cosa que un ser divino pudiera crear.
Lo oigo llamar mi nombre y me doy vuelta para verlo en lo alto de la estrecha escalera de la popa.
Se aferra al pasamano de bronce y se sube a la plataforma.
Me resulta evidente que su embarazo ha avanzado desde que salimos del desierto.
Su ropa, ya de por sí ajustada, ahora se tensa en las costuras, y es un milagro que no se haya desgarrado.
—Te conseguiremos un quitón adecuado cuando lleguemos a Kausos —le digo—. No creo que tu ropa gaeana aguante mucho más.
—¿Me estás llamando gordo, cabrón? —La falsa indignación de Jackson se desvanece en una sonrisa burlona—.
No, tienes razón. Ya ni puedo abrocharme el pantalón.
No puedo decir que me entusiasme andar con falda.
—Mira por encima del hombro para ver si los otros están observando.
Tyler y Kalistratos no se ven por ningún lado.
Empuja su trasero contra mi entrepierna—. Pero… facilita el acceso.
—Estamos solos —le digo mientras deslizo el brazo sobre su pecho y lo estrecho contra mí. Él inclina la cabeza para mirarme, exponiendo un lado de su cuello, y aspiro su aroma.
—Mmm. Quizás deberíamos habernos quedado escondidos en ese desierto. Piénsalo: tratados como realeza, sin que nadie nos molestara. Y tú podrías cogerme todo el día.
—Puedo hacer lo mismo aquí —le digo al oído.
—No. Tenemos una misión que cumplir.
—En efecto.
Jackson suelta una risita. —Los dos somos hombres que no pueden quedarse de brazos cruzados cuando el mundo se va al carajo. No cuando hay algo que podemos hacer al respecto. —Me provoca con un lento movimiento circular de caderas.
—Y así, aquí estamos —digo, hundiendo el rostro en su cuello y rodeando con el otro brazo la curva de su vientre. Mi verga pulsa contra mis ropas, erguiéndose rápidamente hasta su máxima firmeza. Si llevara puesto un quitón, ya estaría dentro de él.
—¡Jackson! ¡Airos! —Tyler nos llama desde el otro extremo del volador.
Jackson me dirige una mirada de disculpa mientras se aparta. —Lo siento —articula en silencio.
Inclino la cabeza en señal de que comprendo su incomodidad.
Delante de los demás se contiene, sin permitirse la muestra de afecto que me prodiga a puerta cerrada y en los rincones privados de nuestro nuevo hogar volador.
Entiendo por qué. Escapar de una prisión de la mente no es tan sencillo como abrir la puerta de la jaula y salir.
Lleva tiempo. A veces toda una vida. Y eso no me inquieta.
—¡Chicos! —vuelve a llamar Tyler, y su cabeza asoma por la entrada de la escalera—. Aquí están. ¡Kalistratos! Están arriba en la cubierta de guardia.
Él y Kalistratos suben y se unen a nosotros. Tyler lleva a Eggy —su huevo— envuelto con ternura en su espalda. Cuando se gira para mirar por sobre la barandilla, noto algo en el cascarón: un pequeño símbolo dibujado con lo que parece ser pintura —dos puntos y una línea curva debajo de ellos.
—¿Qué es eso? —pregunto.
—Es una carita feliz —dice Tyler, como si fuera algo obvio.
Kalistratos se inclina y entrecierra los ojos para verlo mejor. —¿Cómo?
—Está sonriendo. ¿Ves? Ojos, boca. —Tyler traza los puntos y la línea con el dedo.
Jackson ya está sonriendo. —Es algo de nuestro mundo —nos explica.
Lo miro de nuevo. Supongo que, haciendo un esfuerzo de imaginación, puedo verlo.
—Tenemos que hablar del plan —dice Kalistratos.
—Anclamos fuera de Kausos y seguimos el rastro de Alyx hasta la ciudad. —Me vuelvo hacia Tyler—. ¿Dices que pasó por aquí?
—Creo que sí. Todavía estoy aprendiendo esto. Lo único que sé es que ahora tengo una lectura más clara de Dustin. Puedo captar su rastro con un poco más de nitidez que el de Alyx.
—Quizás porque hace tiempo que no ves a Alyx —sugiero—. Si es su energía de fénix lo que estás rastreando, el rastro es más débil.
—Entonces… ¿no es como un GPS? —pregunta Jackson.
—Jeepee… —repite Kalistratos—. ¿Qué?
—Ojalá fuera tan sencillo —responde Tyler, ignorándolo—. Creo que es más bien como un rastro de olor. Se adhiere a las cosas. Queda suspendido en el aire. Pero se degrada, y ahora mismo el rastro de Alyx es muy difícil de detectar.
—No espero encontrar a Alyx en Kausos, pero si pasó por esta dirección, estoy seguro de que habrá parado aquí. Deberíamos seguir el rastro y no demorarnos más de lo necesario.
—¿Sabemos cuánto tiempo toma cruzar el mar hasta Al'Phaer? —pregunta Tyler.
Kalistratos frunce el ceño. —Nunca he cruzado el agua. Pero sé que la Isla de Tassos queda entre los dos reinos.
Me estremezco al escuchar el nombre e intervengo de inmediato. —No queremos pasar por Tassos. Hay un camino mejor. Más rápido, quizás, si el viento nos favorece. Lo conozco por mis investigaciones. Nos lleva hacia el norte, rodeando la isla. Nuestros enemigos no habrán usado esa ruta.
—Lo que nos da el factor sorpresa —completa Tyler—. Perfecto. Entonces probablemente ese sea el camino a seguir. Jackson, ¿qué piensas? Tú tienes el entrenamiento.
—Eh, sí. Es tácticamente sólido.
—No me agrada la idea de una travesía de mar sin interrupciones —murmura Kalistratos—. Pero si eso significa acortar el viaje, es lo que debemos hacer.
—Entonces está decidido —digo.
Tyler aplaude. —Genial. Bueno, qué bueno haber resuelto eso. ¿Qué tal si comemos algo? Me muero de hambre.
Él y Kalistratos abandonan la cubierta de guardia.
—¿Y qué hay en Tassos? —pregunta Jackson cuando volvemos a estar solos.
Fingir ignorancia no es una opción. Él sabe que me estoy guardando algo.
Inhalo profundo, aunque eso hace poco por aliviar la tensión en mi pecho. —Nada que nos ayude en nuestra misión —le digo, tomando sus manos entre las mías—. Tassos es mi lugar de origen, y un lugar al que nunca voy a volver.
—¿Me vas a decir por qué?
—No importa —digo.
—A mí sí me importa. Algo me importas tú.
Lo rodeo con los brazos y presiono mis labios contra su sien. —Tus expresiones gaenas son a la vez confusas y divertidas.
—Está bien. Si no quieres explicar, lo dejo así.
—Lo siento.
Jackson niega con la cabeza. —No lo sientas. Cuando estés listo, estarás listo. Eso lo sé mejor que nadie.
No es cuestión de estar listo. Los fantasmas del pasado a veces es mejor no provocarlos.
Y Tassos es un lugar lleno de ellos.