¿Y ahora qué? Ostras, pedrín
Lo primero era decírselo al autor material del crimen (sí, se me notaba la «ilusión»).
Juan ya sospechaba que algo no iba bien cuando le dije que quería tomar un café con él y que no haría falta reservar habitación.
Quedamos en un pueblo cercano, lejos de ojos ávidos de cotilleos.
Yo quería charlar con tranquilidad y él ya estaba bastante nervioso.
Más tarde comprendí que no era por quedarse sin follar ese día.
—Juan, tengo que contarte algo. El otro día tuve náuseas… y vomité—, dije señalándome la tripa.
—Bueno, suele pasar después de las náuseas. ¿Estás enferma o algo?
Sí, Juan a veces era tan inocente que resultaba adorable. Pero en situaciones como aquella, me parecía que más bien era tontísimo.
—No, al menos no que yo sepa. Digamos que mi «enfermedad» me la has provocado tú.
—¿Yo? Pero si estoy más sano que un roble—, dijo e hizo dos o tres posturitas mostrando los músculos de su brazo. Yo estaba dudando ya si decírselo o no: quizá fuera mejor tener el crío sola…
—¡¡Que estoy embarazada, idiota!!—, dije dándole una colleja.
—Emb… embarazada… ¿cómo ha podido pasar?
—¿Te acuerdas de aquella vez que jugamos al parchís? Pues ese día no fue—, dije con sorna y muy cabreada —¿Como quieres que pase, alma de cántaro? Nos pusimos juguetones, me metiste…
—Ya, ya sé cómo se hacen los niños—, me interrumpió.
—Menos mal, ya me estabas asustando…
—Ufff, y yo creyendo que me ibas a decir que ya no querías quedar conmigo…
Esa muestra de alivio con la que se nos venía encima me sacó de quicio.
Pero, al mismo tiempo, me causó esa ternura de las primeras veces.
De algún modo, era bonito que su mayor miedo fuera que quisiera dejarle.
Aunque, técnicamente, no podía hacerlo: no estaba con él.
Estábamos quedando asiduamente, eso sí, pero no teníamos compromiso ni éramos pareja.
—Y ahora… ¿qué hacemos?—, preguntó de repente. Por primera vez en esa tarde, me pareció escuchar a un adulto.
—No tengo ni idea—, le dije. Era verdad, había pensado tanto en decírselo a quienes tenían que saberlo que no tenía ni idea de qué quería hacer.
—Hostias, un niño… un niño...—. Juan entró en bucle y, aunque el embarazo me hubiera alarmado, lo cierto es que resultaba reconfortante verlo así de ilusionado. Al menos no saldría corriendo como hicieron algunos. Y eso lo sabía por algunas vecinas que se quedaron solas para parir…
—Bueno, sólo quería contártelo. Creo que debes saberlo.
Me despedí de él, emplazándolo a vernos en unos días.
Me fui a casa, agotada mentalmente por aquel día.
Sabía que, al menos, Juan estaría ahí. Es cierto que habría tenido la opción de abortar, pero ni se me pasó por la cabeza.
En su día me habían dicho que tenía no sé qué en los ovarios y que sería difícil que pudiera ser madre, así que tampoco estaba la cosa como para dejar pasar la oportunidad.
Me miré la tripa, con una sonrisa tan dulce que me resultaba desconocida.
—Perdóname por haberte visto sólo como una mala noticia. En realidad, eres una oportunidad en la vida. Gracias por estar aquí—, dije a mi vientre imaginando la cara del querubín que crecería ahí dentro.
Sin embargo, aún quedaba otro trance y algo me decía que no sería tan sencillo de pasar como con Juan.
Me quedaba hablar con mis padres y, siendo tan tradicionales, prometía ser una conversación bastante tensa: sin novio conocido, aparecía con lo que en unos meses sería su nieto.
La verdad es que me había consagrado como una especialista en cagarla y meterme en líos.
También tenía prisa por salir de aquel embrollo como fuera y que pasara lo que tuviera que pasar.
Esa noche, apenas unas horas después de despachar a Juan, quedé con mis padres para cenar.
La cena resultó tensa desde el principio.
Mi madre, el instinto hecho persona, notó que algo pasaba dentro de mí.
Mi padre, de estrictos y anticuados principios morales, me escrutaba con la mirada como si sus ojos buscaran el motivo de aquella cena.
Desde que me fui al piso, iba los domingos a comer: el hecho de que fuera un día entre semana y para cenar le descuadraba.
Sea como fuere, los dos estaban esperando una noticia que fuera un auténtico impacto y yo sabía que no les defraudaría…
la noticia, yo probablemente sí lo hiciera. Acabando los entrantes, no pude más:
—Mamá, papá, tengo que deciros algo…
—Lo sabía, te han echado del trabajo. Seguro que has contestado mal a alguna clienta—, dijo mi padre.
—Manolo, no seas así. Deja hablar a la niña. Dinos, hija, ¿por qué te han echado?
—No me han echado—, dije malhumorada. La «confianza» de mis padres en mí era abrumadora.
—¿Entonces?
—Carlota, deja hablar a la niña—, respondió mi padre con ironía.
—¡¿Os queréis callar de una vez?!—, pregunté cada vez más enfadada. —Estoy… estoy embarazada.
—Lo sabía. Sabía que iba a ser algo así.
—Manolo, déjate de historias que tú creías que la habían echado del trabajo.
—Mamá, no te hagas la digna, que tú lo creías también.
—A mí no me contestes así—, respondió mi madre. Encima…
—¿Pero cómo ha podido pasar?—. Mi padre se echaba las manos a la cabeza.
—No le voy a explicar a mi padre como se hacen los niños—, respondí para hacer visible mi enfado.
—¿Quién ha sido? Yo lo mato—, respondía mi padre.
—Quieto, león, que se va a hacer cargo.
El silencio concedió una pausa a aquel trepidante intercambio de frases punzantes. Hablar de estas cosas con mis padres nunca fue fácil pero, como adulta que era, tenía que hacerlo. Lo aprendí cuando empecé a echar cabeza estando con Alberto (lo que me faltaba, acordarme de ese imbécil).
—¿Tienes novio y no nos lo habías dicho?—, preguntó mi madre con voz de regañina y ojos de ilusión.
—Por lo menos va a portarse como un hombre. Conociéndote, esperaba a cualquier mascachapas.
—No es mi novio, aunque estábamos quedando a menudo. ¿Que conociéndome qué?
—Hija, ya sabes cómo son las cosas. Os casáis.
—Tiene razón, Tricia. Un hijo necesita unos padres casados.
—Pero yo…
—Pero hostias. Que te casas y punto— ahora era mi madre la que se ponía estricta.
—Haberlo pensado antes de dejarte deshonrar—, dijo mi padre. Ni mis abuelos hablaban así cuando vivían.
—Mañana estoy llamando a Don Amalio para pedirle fecha lo antes posible.
—Hola, estoy aquí. Papá, mamá, eeeeeeeeeooooooo.
—Que te calles. Y el domingo lo traes a almorzar. Quiero conocer al marido de mi hija.
—¿Al marido de quién?
—Qué bruto eres, Manolo. Al padre de nuestro nieto, hija, ya sabes.
—Al que te ha empotrado, ¿prefieres así?—, soltó mi padre. Si es que lo bruta que soy ya sé de qué casta me viene.
—Está bien—, claudiqué. Sí, efectivamente, mis padres son mi punto débil. Siempre he ido de superwoman por la vida y estos dos carcamales son mi kryptonita.
—Y ay de ti que no aparezca.
La mirada de mi padre amenazaba más que sus palabras.
Menos mal que soy su favorita (también es verdad que soy hija única) y no llegará la sangre al río.
También es verdad que no conviene contrariarles, que con todo lo que tienen mis padres podría retirarme cuando ellos no estén y yo lo herede todo.
Sí, suena a interés puro y duro… porque lo es.
Al poco tiempo, estábamos organizando la boda. Roberto, ya recuperado, sería mi chófer nupcial. Mi madre se encargó de los adornos de la capilla, mi padre buscó el restaurante para el banquete y los del equipo de rallys se encargaron de preparar el coche y ponerle los adornos para la ocasión.
Sólo unas semanas más tarde, era el día que tanto temía.
Roberto me esperaba mientras yo bajaba del piso para enfilar el camino del matadero.
Mis amigas me dejaron en el coche y se fueron camino de la iglesia.
Mis padres ya esperaban allí. Íbamos intencionadamente sobrados de tiempo, así podríamos disfrutar un poco del coche y de algún tramo antes de dar el «sí quiero» que no quería.
—¿Lista para los últimos tramos?
—Lista, por supuesto—, dije sonriente.
—Estoy pensando…
—...que no he tenido despedida de soltera, ¿verdad?
—Chica lista.
—Para eso quise que fueras mi chófer.
—Qué cabrona…
—Calla y dale gas, que hay que aprovechar el tiempo.
Y, efectivamente, así lo hicimos. Pedal a chapa y a toda pastilla para llegar al trazado que había ahí cerca. Curiosamente, donde corrimos el rally en el que nos conocimos. ¿Qué pasó después? Vuelve a leer el primer capítulo.