F*ck Romance: Me cago en el amor Epílogo
100%

Epílogo

Han pasado cinco meses desde que me casé y por fin salgo de cuentas.

Es otoño, ya en sus semanas más tardías y a punto de que venga el invierno.

Eso aquí, en esta parte del país, equivale a mucho frío y lluvia.

Supongo que por eso este melón tarda tanto en salir, se está más calentito dentro de mamá.

Al menos, aunque dormir sea incómodo y tenga dolores que mi madre dice que son normales a estas alturas, sé que mi pequeño va a salir tan espabilado como la madre.

También será igual de cabroncete, al menos ya me vaciló con una falsa alarma hace dos semanas.

Tenía un dolor increíble, tanto que creía ponerme de parto en casa y sin tiempo para ir al hospital.

Mi madre por teléfono me decía que empujara…

y vaya cara que puso Juan cuando le tocó levantarme para limpiar el mojón de la cama.

El pobre de mi marido está pasando el embarazo peor que yo.

Ha cogido algo de peso, porque mis antojos los hace suyos.

Reconozco que, aunque sea un gañán, es bonito verlo tan atento conmigo y acompañándome hasta para comer tapas de ensaladilla que prepara con resignación, sabiendo que la madrugada va a traer el antojo de ese bocado acompañado de unas anchoas.

Entre eso y los cambios de humor, que cualquiera me aguanta según manden las hormonas, tiene una parcela de cielo ganado.

Por eso, mientras el embarazo lo permitió, tenía remordimientos por quedar con Roberto mientras él estaba trabajando o preparando la ensaladilla.

Que sí, que quedaba igualmente y me lo pasaba en grande con el rubio, pero luego me daban esos momentos de mala conciencia.

Ahora el parto está cerca y, nunca mejor dicho, no tengo el chichi para farolillos.

Reconozco que también he pensado en Alberto.

No engaño a nadie, sigo enamorada de él y herida por él.

Es cierto que yo lo dejé, que a lo mejor podríamos haber vuelto ahora o cuando acabase la puta carrera, pero esa sonrisa en el pub fue una puñalada demasiado honda en mi ser y en mi orgullo.

Antes me metería una docena de cangrejos vivos por el culo que volver marcar su número.

No te lo vas a creer, pero acabo de salir del baño, de quedarme la mar de a gusto después de una caudalosa meada.

Sin embargo, noto presión en la vejiga como si me la estuviera pisando el cocinero del burguer del pueblo, que no es una sílfide precisamente.

Noto que una cascada sale de mí, pero no huele a pis.

Tampoco es un squirting , que ahora mismo estaba pensando en cualquier cosa menos en sexo.

—Ahí va, Tricia. ¿Has roto aguas?

—No, hombre, que me apetecía mearme en las bragas. ¿Serás gilipollas?

—Voy a ponerte las zapatillas y nos vamos al hospital.

—¿No se te olvida algo?— hago una pausa a ver si se da cuenta por sí mismo. Bah, a tomar por culo, se lo suelto ya. —Déjame lavarme un poco, ¿no?

Juan conduce camino del hospital como lo haría yo misma en un rally cualquiera.

De hecho, para seguir con las ironías prenatales, al bajarme del coche he soltado una vomitona al más puro estilo de mi copiloto.

Hablando de todo un poco, ¿qué habrá sido de él?

Bueno, ya preguntaré otro día que, a todo esto, estoy a punto de ser madre.

Nunca he visto a un hombre tan nervioso como está el pobre de mi marido ahora mismo.

Ha entrado como los camilleros de urgencias de las películas americanas: «mujer, veinticuatro años, nueve meses de gestación y parto inminente».

Nadie le ha hecho ni puñetero caso y mi mente, propensa a imaginar gilipolleces en momentos como este, imagina sonidos de grillos y un celador mirándolo con cara de «¿qué hace este imbécil?

». Pero no puedo reírme: no porque le pueda molestar, que me da igual, sino porque la combinación entre las contracciones y la risa duele mucho.

Esta vez la cosa va en serio. Duele de un modo indescriptible, las contracciones ya están en su punto, según dice el doctor y quienes le asisten (no me voy a preocupar ahora de saber cómo se les llama)…

y a Juan ha habido que sacarlo del paritorio porque está más histérico que yo.

De hecho, lo he agradecido porque me estaba costando empujar y, a la vez, sostener la vergüenza ajena que me estaba dando…

Nunca imaginé que un llanto sería sinónimo del mayor alivio que había sentido en mi vida.

Y no sólo el de mi pequeño, sino el mío.

No puedo describir lo que siento: me duele hasta el alma, pero al mismo tiempo noto que todo va mejor.

Se han llevado a mi bebé para lavarlo y no puedo esperar a tenerlo por fin conmigo.

Ese contacto piel con piel… Además, mis padres están de camino.

Eso me tiene un poco tensa todavía, son impredecibles.

Pero agradezco ese poco de tensión, estoy tan agotada que si no fuera por eso estaría roncando como el ceporro de mi marido.

Mis padres han entrado a la habitación y mi madre me abraza como hacía años que no lo hacía. Mi padre trata de esconder su emoción, ya se sabe cómo son estos hombres de la vieja escuela.

—Tu marido está ahí fuera todavía. Me ha dicho que se ha puesto histérico como una adolescente en un concierto de Bad Bunny—, dice mientras niega con la cabeza. —Con lo fuerte que se le ve y lo moñas que me ha salido…

Por fin, Juan entra en la sala. Está nervioso, pero al menos no chilla como Ned Flanders en el Vaticano.

Supongo que la mirada de desaprobación de mi padre lo ha atemperado un poco.

La enfermera entra con el bebé en brazos y toda la familia en la habitación.

Reconozco que somos una panda de anormales, pero al mismo tiempo no tendría jamás a nadie mejor para compartir este momento.

—Aquí tienes a tu pequeño—, me dice la enfermera con una voz tan dulce que, si no estuviera hecha polvo por el parto, me pondría muy cachonda.

Sólo quien ha sido madre entiende lo que he vivido por dentro cuando he sentido la piel de mi bebé y su calor en mi pecho.

Respira suavemente, con una calma contagiosa, mientras reprimo el impulso de achucharlo porque verlo tan pequeño y vulnerable me hace creer que voy a espachurrarlo.

Le beso la frente, lo sujeto con la firme suavidad de quien trata de protegerlo desde el primer minuto.

Creo que hasta le he gruñido a Juan cuando se ha acercado con intención de cogerlo…

—Bueno, ¿qué nombre le vais a poner?—, pregunta mi padre.

—Eso, ¿habéis pensado alguno?

Se hace el silencio, la verdad es que no lo teníamos claro. Pero, sin pensar, contesto:

—Alberto. Se va a llamar Alberto.

Juan no reacciona. No es que se haya quedado helado, sino porque no sabe de qué va el cuento.

Mis padres tampoco, pero ya suponían que no seguiría la tradición de poner el nombre del abuelo o de algún familiar relevante.

De hecho, de haber sido así, le habría llamado Diego como mi primo (el del festival, ¿te acuerdas?).

Pero no he podido evitarlo, se llamará Alberto.

¿Por qué? Porque sólo mi niño podrá quitarme de la cabeza a ese hombre al que amo aunque lo odie.

Él me hirió, pero lo sigo queriendo; aunque lo aparté de mí, lo recuerdo sin querer; aún casada con Juan y con Roberto como amante (y ya veremos con la enfermera qué pasa), lo tengo presente.

Sólo el orgullo me salva de una locura que me mande el corazón.

Sí, mi niño se llamará Alberto porque así podré recordar ese nombre con una sonrisa y sin dolor.

Hasta en mi parto lo he tenido presente. Me cago en el amor...