El pis que cambió los planes
Seguí quedando de vez en cuando con Juan y, a ratos, yendo a ver a Roberto.
Con este último, eran más los cafés y las charlas que otra cosa, amén de algún intento sexual que se frustraba por el dolor y que tenía que paliar con una mamada en condiciones.
¡Qué trabajo le habría costado tomar bien aquella curva!
Mi mecánico favorito se estaba quedando en eso, en mecánico favorito.
Me había acostumbrado ya a esa forma suya, tierna y con cambios de ritmo impredecibles, hasta el punto de empezar a predecir esos cambios que me volvían loca.
Me lo pasaba bien, pero ya no era lo mismo del principio.
Tampoco es que tuviera muchos más recursos amatorios, el pobre mío…
Por estas cosas, justamente, entiendo a las personas que prueban otras formas de relación y dejan la monogamia sólo para las apariencias.
El sexo puede no ser fundamental en una relación, pero es importante: si falla eso, empieza a agrietarse la relación en sí misma.
Es cuando se empieza a formar el clásico batiburrillo mental de «ya no me desea como antes», «aparecerá alguien mejor y se irá con ese alguien», «¿por qué hoy viene más tarde de lo habitual? » y todas esas mierdas.
Precisamente, se lo estaba contando a mis amigas un viernes cualquiera, unas semanas después de aquella visita a Roberto, cuando cada una empezó a dar su opinión.
Eran las mismas que me ayudaron a salir del bache cuando pasó lo de Alberto (vade retro, Satanás), pero cuando no había problemas que pudieran requerir su apoyo, sus opiniones eran más variopintas: no es lo mismo decir «no importa qué pensemos, todas a una para sacar a Tricia del hoyo» que opinar sobre una situación que, al menos por el momento, no era un problema per se .
─Tía, no sé, se te veía tan bien con… vale, ya me callo─, decía alguna.
─Pues ojalá tuviera yo el valor de hacer lo mismo que tú─, decía otra.
─Yo es que lo de los liberales esos… lo veo como cuernos con permiso─, decía una tercera.
─Si es con permiso, no son cuernos─, dije yo.
Efectivamente, acababa de leer Ambiente swinger o liberal , de Luis A.
Beltrán Grau y había aprendido mucho sobre ese ambiente que soporta tanto tabú de quienes osan opinar sin conocer.
Y lo cierto es que la premisa me gustaba: si las partes están de acuerdo y pactan sus normas, no había nada de malo.
Lo difícil sería encontrar a alguien que pudiera compartir ese mundo en un pueblo donde todavía se estilaba eso de verse a hurtadillas y de madrugada para poder trincarte al vecino sin que nadie te crucifique al día siguiente…
Aunque tampoco me iba a poner yo en plan digna con el tema liberal, que no pocas veces participé en unos cuernos a sabiendas.
El caso es que aposté sobre seguro y seguía quedando con Juan, que por lo menos se le veía venir: vale que el sexo empezaba a ser monótono y que, aunque me causaba ternura, no me hacía sentir tanto como para embarcarme en algo más que, además, no me apetecía demasiado; pero, al menos, era un hombre con el que sabía que no iba a tener ningún problema como el del baboso aquel que tuve que noquear.
Bien era cierto que tenía genio y empaque para salir airosa de esos lances, que no pocas veces le soné los dientes a alguno, pero tampoco era cosa de terminar alguna cita con un mal rato sin necesidad.
Roberto, por su lado, quiso esperar a estar más recuperado para volvernos a ver.
Decía que se frustraba de no poder hacer más que sentarse y dejarme hacer.
Ya estaba en rehabilitación, se iba moviendo mejor, pero quería estar en plena forma la próxima vez que nos viéramos.
Así que, cuando más libre me sentía para hacer lo que me saliera del papo, estaba quedando sólo con Juan…
bueno, y con una compañera del trabajo. Cosas de salir de fiesta un día, dejarnos llevar después de unos mojitos y aceptar por fin la bisexualidad que llevaba negándome desde el mismísimo instituto.
La cosa es que me lo estaba pasando muy bien y, por otra parte, estaba descubriendo más de mí misma.
Incluso llegué a pensar que, quizá, me iría mejor si estaba con una chica y la convencía para meter a algún chico entre nosotras de vez en cuando…
En resumen, parecía que venía una etapa de tranquilidad que se agradecía bastante.
El último año había sido bastante movido y una temporada de armonía me hacía falta como el respirar.
Sin embargo, un día tuve náuseas sin venir a cuento.
No había bebido, había conducido despacio…
Pensé que era por el asco que me daba tener, todavía, tan presente a Alberto.
Pensar en él, aunque fuera para despreciarlo, era dejarle ocupar mis pensamientos de vez en cuando.
Sin embargo, la chica con la que estaba quedando me hizo palidecer sacando un test de embarazo.
Después de vomitar de nuevo, aproveché el viaje al baño para hacer pis y esperar.
Traté de calmarme, intenté convencerme de que era imposible, pero el runrún seguía sacudiendo mis entrañas. Unos minutos después… ¡Oh, mierda!
En ese momento, pasaron dos cosas: por un lado, se me vino el mundo encima pensando en cómo decírselo a Juan (las cuentas salían solas) y a mis padres; por el otro, la chica que me había dado el test me dijo que prefería no seguir quedando conmigo.
Al carajo la calma con la que empezaba a contar…
Pensándolo con la mente más despejada un rato más tarde, me pareció irónico: llevaba toda la vida poniéndome el mundo por montera, siendo libre e independiente, sacando fuerzas en los peores momentos…
para que todo se fuera a la mierda en lo que dura una meada.