F*ck Romance: Me cago en el amor Entre dos po… aguas, dos aguas
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Entre dos po… aguas, dos aguas

Efectivamente, ahora viene la parte en que Roberto volvió a aparecer.

Le dije al autor que escribiera como me expreso yo y no soy nada buena ocultando spoilers , dejando cliffhangers y todas esas palabrotas en inglés: vamos, que se me da como el culo dejar a alguien con la intriga y ser impredecible.

Los días pasaron después de aquel último rally de la temporada y había quedado algún día más con Juan para repetir lo de aquel día.

Bueno, repetir, lo que se dice repetir… más bien para follar directamente.

Ni fue en un claro de un camino, ni fue en una tienda de campaña…

básicamente fue en el coche o en algún hostal (le dije que en mi casa o en la suya, ni de coña).

Pero volvamos a la historia que, por lo que sea, me disperso.

La cuestión fue que me acerqué un día a ver a Roberto.

Estaba bastante mejor, pero aún no debía moverse demasiado.

Me contó que pronto podría caminar y conducir, pero que todavía quedaba mucho para que pudiera volver a los rallys.

Se agobió tanto con eso, con tener que estar un poco más sin una de sus grandes pasiones, que no pude evitar abrazarlo.

Se quejó un poco, porque el abrazo le dolió un poco, pero poco a poco se notó que no todo lo tenía roto.

Exacto, apenas con un abrazo se le había puesto lo suyo como el brazo de Stallone (el de los ochenta, no el de ahora).

Si se había empalmado así con un abrazo, no me quería imaginar si me ponía traviesa…

No es que fuera con esa idea, pero la atracción mutua hizo su labor.

Charlando teníamos buena química, no puedo obviar que Roberto estaba buenísimo y que yo algo habría de tener para gustarle a él igualmente.

Fui tanteando el terreno, mostrando mi lado más travieso, comprobando hasta dónde podría ser prudente y resistir mi tentación o hasta qué punto le podrían compensar los dolores subsiguientes...

Me quité el top y me recogí la melena para estar más cómoda.

Sabía que él no podía moverse demasiado, pero eso no implicaba que no fuera a hacerlo yo.

Efectivamente, quise darle el placer que mi boca sabía darle, alternando con el roce de mis pechos para darle un poco más de vidilla.

No hay nada peor que estar hecho polvo y que eso no te permita ni echar un triste ídem…

Pronto se notó que llevaba tiempo sin tener relaciones, porque noté cómo su glande se hinchaba y cómo mi boca se llenaba de él y no precisamente por pronunciar su nombre. Bien pensado, habría tenido su gracia decir «Pamplona» o «Zaragoza» en ese instante…

Después de aquel tórrido pero breve arrebato, nos quedamos charlando un rato.

La química entre nosotros era bestial, la atracción no hacía falta definirla a tenor de la mamada que le hice y las ganas de volver a lo del árbol cuando estuviera recuperado.

Pero, en ese momento, pensé también en Juan.

Bajo esa apariencia tosca, se escondía un tierno osito de peluche que también sabía explotar su delicadeza en el terreno menos sentimental.

Y aún así, no me sentía preparada para empezar nada con nadie, aún sangraba la herida que me dejó Alberto…

Otra vez, ¿qué hacía pensando de nuevo en ese gilipollas?

En realidad, tampoco hacía falta empezar nada ni decantarme por ninguno de los dos; siempre podía quedarme como estaba, sin compromisos, y disfrutar a lo grande.

De hecho, eso fue lo que decidí hacer. Total, como dije tantas veces, si ellos coleccionan «trofeos» o muescas en el revólver en forma de encuentros con mujeres diferentes, ¿por qué no podía yo hacer lo mismo?

Que sí, que ya había empezado la moda del bodycounting , de considerar el valor de las mujeres en función de con cuántas personas ha estado…

pero esas cosas me daban completamente igual: yo sabía y sé lo que valía y valgo, al igual que sabía que esos que restan valor a las mujeres libres son los mismos que darían media vida por que les hiciéramos caso durante, aunque sea, cinco minutos.

En fin, decidí que para revólver el mío, para muescas las que yo pusiera y que vida no había (ni hay) más que una, que no creo en el más allá.

Ya no se trataba sólo del despecho por Alberto («sal de mi cabeza, puto imbécil», solía repetirme) ni el miedo a sufrir de nuevo, ni siquiera el no sentirme preparada para correr ese riesgo una vez más; era hartazgo de tanta ñoñería, de tantas lágrimas, de un mundo infectado por el «virus Disney» en cuanto a las relaciones de pareja que exige conductas determinadas para calibrar el amor que se siente o si se está «amando bien».

Si tienes ansia de estar con la persona todo el tiempo, bien; si eres capaz de abrir la relación para romper la rutina o porque te apetezca, mal; si tienes celos pero te los callas, bien; si no puedes estar un segundo sin tu pareja o si aguantas lo que sea por el bien de la relación, bien…

Al final, nos han metido en la cabeza que el amor es una mezcla de apego ansioso, posesión, sumisión y dependencia emocional.

Si eso es amor, pues me cago en el amor.

Lo dicho, decidí que para estar en esa mezcla tóxica para la salud mental de cualquiera, prefería disfrutar de la compañía que tuviera en cada momento, pasármelo bien sin complicaciones y, en vez de muescas en el revólver, coleccionar orgasmos.

Al menos, si me iba a preocupar por los números, que fuera para cuantificar lo disfrutado.

De poco sirve tener una vida socialmente aceptable si ello no te hace feliz a ti, que eres quien va a vivir tu vida.

En fin, que me voy por las ramas: decidí que me quedaría a gusto entre dos aguas…

o entre dos pollas. Y, si aparecía una tercera que también me gustara, pues entre tres. Mira tú qué problema...