F*ck Romance: Me cago en el amor La otra carrera
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La otra carrera

Mientras veía trabajar a Juan, embelesada por esa pericia que exhibía, Roberto se dio una vuelta por mi mente.

Sabía que estaba hecho polvo, recuperándose del accidente, pero no me quitaba de la cabeza las ganas que se me habían quedado de repetir lo del árbol de forma más extensa.

También sabía que, habiendo una atracción tan fuerte desde un principio, repetir demasiadas veces o con poco tiempo entre ellas podría ser el camino hacia la intervención de la parte emocional; así que, bien mirado, no había venido mal esa pausa aunque fuera sólo por no meter la pata encoñándome demasiado.

También me pregunté por qué se dice «encoñarse»: ¿ellos también se encoñan o se «empollan»?

¿O ellos se encoñan y nosotras nos «empollamos»? Ay, yo qué sé, de verdad…

Y, de repente, ahí estaba yo en aquel descampado en el que por fin me lié con Alberto cuando se me averió el coche; en esa playa donde nos reencontramos, en el fin de semana de sus padres o en el coche aquella noche…

Vaya viaje mental me estaba pegando sólo porque estaba viendo al mecánico nuevo hacer las virguerías con el coche que ellos habían hecho conmigo.

─Ya está listo el coche─, dijo Juan a mi mirada ausente.

Volví ipso facto a mi cuerpo, mientras agradecía que su voz me hubiera sacado de ese trayecto extraño por mis recuerdos entre la mancha de mora de Alberto y Roberto, la mora que me la quitó. Al no responder, Juan insistió:

─Que ya tienes listo el coche. Corre, que empieza el siguiente tramo─, dijo levantando un poco la voz, como asegurándose de que lo oyera. ─Esto… lo siento, Tricia.

Parecía como si hablar un poco más alto le causara la sensación de faltarme al respeto o algo. Era tan mono… Si se había puesto colorado y todo, madre mía. De repente el tipo rudo se había sonrojado y me parecía tierno…

─No te preocupes, me pillaste en Babia─, respondí sin darle importancia. Más que nada porque quería que se le pasara la vergüenza y volviera a su semblante duro, que verlo titubear me estaba bajando la libido un poco. Que luego si se ponía demasiado adorable íbamos a tener un problema…

─Ah, vale─, dijo aliviado ─espero que no te haya sentado mal.

─Tranquilo, no pasa nada─, dije con una sonrisa malévola ─tú sólo ten el coche a punto y piensa cómo ponerme a punto a mí si gano.

Juan no contestó. Se puso tan rojo como pensaba yo ponerle el glande más tarde, aunque eso no me pareció tan raro.

A veces soy tan directa que echo para atrás, pero es culpa de ellos: si no anduvieran creyendo que todas tenemos que ser princesitas de cuento, no les subiría el pulso, la tensión y hasta la bilirrubina de Juan Luis Guerra cuando suelto alguna burrada.

Me pareció todo lo adorable que quería evitar unos minutos antes y eso era malo: no quería que me tocaran la fibra sensible, sólo el coño y a ratos.

Pero sí, me estaba gustando un poco más y eso era justo lo que yo no quería.

Acabado el segundo tramo, estaba al frente de la tabla con diferencia.

No sabía qué había hecho el manitas de Juan pero parecía haber devuelto al coche la potencia que había ido perdiendo con los años.

La velocidad y la conducción me habían llevado al límite de mis sensaciones y, en cuanto paramos para comer, hice lo de siempre: comer algo ligero, sin cambiarme de ropa ni nada, para aprovechar el tiempo del parón a mi aire.

Si él era lo suficientemente listo, no tardaría en seguirme; si no lo era, habría que tirar migas de pan, mandarle un mensaje con la ubicación o, directamente, una foto con las bragas en la mano. A saber…

Sí que fue espabilado, sí. Había llegado a un claro cercano, donde otras veces había acampado, y ahí me estaba esperando. Esos detalles le hacían tener muy buena pinta para amenizar los tiempos muertos de cada carrera. Yo me hice la encontradiza:

─Vaya, ¿y tú por aquí?─, fingí con descaro.

─No iba a esperar a que me clavaras los pezones en la espalda─, dijo queriendo aparentar seguridad aunque con un ligero tartamudeo. Estaba más nervioso que en un cadalso con el verdugo preparado.

─Chico listo… ¿pero cómo sabía que vendría aquí?

─Es el único sitio apartado y que además es cómodo. He acampado aquí alguna vez…

─Ah, ¿sí? Yo también.

─Y ahí tengo la prueba…

Juan señaló a una tienda de campaña que había montado poco antes de que yo llegara. Ni dos minutos nos llevó meternos dentro y despojarnos de toda ropa e impedimento. Y me llevé una buena sorpresa…

No era cuestión de lo dotado que estuviera (que tampoco estaba mal), porque he visto piezas de museo que sólo servían para eso, para exhibirse en un museo.

Lo que me sorprendió fue la destreza en el manejo…

de la lengua y las manos. Además, con una parsimonia y delicadeza que no eran usuales en mis citas desde que estuve con Alberto.

Oooops… «cagunlaputa»… También se notaba su mente de piloto en los cambios de velocidad, de ritmo, de intensidad y en cómo jugaba con lo que mi experiencia creía predecir.

Creo que me sacó más orgasmos con eso que con todo lo demás y eso que, por esa parte, no había absolutamente nada que objetar…

Lo mejor era que no le entraban las prisas al terminar.

Me trataba con mimo, me besaba y acariciaba con una ternura que desarmaba cualquier panoplia.

Yo, que había echado un candado al corazón, empezaba a notar pequeñas fisuras y aperturas.

Y, como se había vuelto habitual en mí, pensé que sería mejor cortar el flujo de miel: me vestí a toda velocidad y eché a andar hasta el camión de las asistencias.

─Oye, que te has dejado las bragas aquí.

Me detuve por un segundo. Volví la cara con la sonrisa más pérfida que podía mostrar, teniendo en cuenta que aún me temblaba el clítoris pese al rato que había transcurrido desde el último éxtasis carnal.

─Luego me las das. Te quedas en el hostal, ¿no?

Creo que a Juan ese día lo vinieron a ver los Reyes Magos, porque sonrió como un pequeñajo cuando lo emplacé a buscarme de nuevo.

Lo cierto es que había estado muy a gusto y muy cómoda con él.

Había disfrutado mucho de su compañía y buen hacer (orgasmos aparte, que también).

Pero ahora había que centrarse en el rally y dejarse de fisuras de cerrajería cardíaca: o sea, dejar de comerme la cabeza porque ese hombre había sabido tocarme el corazón aparte de la pepitilla.

Lo cierto es que lo poco que hablamos después del sexo me había llamado la atención.

Él pilotaba rallys cuando yo todavía iba al colegio, hasta que un accidente le provocó lesiones en la espalda.

Decidió no correr más y no jugarse la movilidad pero, por otra parte, necesitaba seguir en el ambiente de los equipos, las carreras y esa adicción a la gasolina quemada que sólo los que conocemos ese mundo comprendemos.

Por eso fue que aprendió a reparar coches y el resto sería cosa de su talento natural (eso ya lo supuse yo, no lo dijo nadie).

Más o menos como a la hora de hacerme tocar el cielo desde una tienda de campaña…

Al acabar el día, el resultado de la carrera fue lo de menos (pero gané). Lo mejor vino después en la celebración. Nada que a nadie le pudiera sorprender después de lo que había pasado aquella tarde… Y ya sólo quedaba esperar a comenzar la siguiente temporada.