El giro y la curva
Tras la entrega de premios, me fui con los del equipo a tomar unas copas. Había una victoria que celebrar y más tras el susto de no haberla perdido por un pelo de sobaco. Sin embargo, ese día estábamos especialmente cansados y nos fuimos pronto al hostal a dormir… o algo así.
Evidentemente, yo había quedado con Roberto esa noche.
Lo del río se me había quedado corto, la verdad.
La prisa era real y el tiempo apremiaba, pero tenía ganas de más desde el momento en que las piernas dejaron de temblarme.
Al llegar al hostal, me fui a la habitación y me di una ducha.
Esperé un tiempo prudencial, estuve donde habíamos quedado a la hora convenida… Roberto no llegó.
Allí estuve un buen rato, esperando ilusionada, hasta que me cansé de esperar.
Sabía que algo tenía que estar pasando, no me entraba en la cabeza que me fuera a dejar plantada.
Esa forma de besar, ese encanto natural, la manera en que me follaba…
estaba segura de gustarle de verdad. Me fui a la habitación, pensando que ya me avisaría cuando llegara.
Pero el mensaje nunca llegó. Me quedé dormida pensando qué podría haber pasado.
Me desperté sobresaltada con los golpes en la puerta.
Aún en tetas y medio dormida, abrí la puerta.
La cara del mecánico del equipo era un poema.
Después de empujar su mentón hacia arriba para que pudiera cerrar la boca, le pregunté qué pasaba.
Se acababan de enterar: Roberto había cogido mal una curva camino del hostal y se había estampado con un árbol.
No corría peligro, estaba en observación, pero también estaría unos meses fuera de combate por un par de fracturas.
Para un tío buenorro que viene a correr…
Unas horas después, ya tocaba volver a casa. Leí, escuché música y descansé cuanto pude: había que trabajar al día siguiente. Una vez más, aparcaba la parte deportiva y volvía a la vida real: el trofeo queda precioso como adorno para el mueble del salón, pero no paga alquileres ni facturas.
De vez en cuando, preguntaba por Roberto. No iba a verlo, sabía que no le gustaba que lo viera tan hecho polvo. En el trabajo, seguía pasándomelo bien con mis compañeras y las clientas. Así fue pasando el tiempo y llegó el siguiente rally.
Cuando llegué, me sentía algo desmotivada.
Era la última carrera, no me jugaba nada por mi regreso tardío…
y, para colmo, el tío buenorro con el que me había liado en la anterior carrera se había josconciado con el coche.
En fin, supongo que podría haber sido peor y haberse puesto a llover.
Pero, una vez en el camión, volvió esa rutina de siempre y a la vez los nervios de una primera vez: el día que dejara de sentir eso, habría llegado el momento de dejar los rallys para siempre.
Yo, mientras el equipo terminaba con lo suyo, tomaba mi primer café con unas chocolatinas.
A veces también las cambiaba por nubes, que me encantaba quemar un poco antes de comerlas.
El caso es que, mientras tomaba el café y masticaba lo que fuera, repasaba mentalmente el trazado e imaginaba qué haría para hacer más divertida cada maniobra.
Y en esos pensamientos estaba cuando los del equipo vinieron a buscarme después de la puesta a punto del coche.
Al verlos, me hice una pregunta: ¿y este quién es?
Había un chico nuevo en el equipo. Era moreno, con perilla y con aspecto fuerte a pesar de su barriga.
No era de esos cachas de tableta y pedos oliendo a avena, sino de los de trabajo en el campo, huevos fritos con chorizo y un aspecto tosco pero atractivo al mismo tiempo.
O puede que, en realidad, fuera la novedad lo que me atraía (spoiler: a día de hoy sé que era esto último).
—Hola, soy Juan.
—Hola, soy Tricia.
—Lo sé, te he visto mucho en los periódicos.
¡Ouch! Primer jaque mate del nuevo. Después de la media temporada que estaba haciendo, ¿cómo no me acordé de que había salido en la prensa de la zona en cada carrera?
La verdad es que me recordó a aquel reencuentro con Alberto donde me comí unos zascas como panes.
Y me dio rabia, la verdad: ¿qué cojones hacía pensando en ese idiota?
Mientras tenía la gota de sudor asomando por la frente como los personajes de anime cuando hacen alguna estupidez, llamaron a los pilotos para comenzar el tramo.
La verdad es que fue un alivio, me solía bloquear mucho después de momentos como ese.
Ahí estaba de nuevo, con el casco, el mono, al volante de mi Ford Sierra y con el copiloto empezando a palidecer.
La verdad es que nunca entendí que volviera carrera tras carrera para echar los higadillos entre tramo y tramo…
Acabé el primer tramo con solvencia, dejé al copiloto vomitando de nuevo y me fui al camión a por el segundo café.
Y ahí estaba Juan preparando la caja de herramientas y algunos repuestos por si acaso.
No podía negar que su aspecto rudo y esa destreza que mostraba durante su trabajo me llamaban la atención; y, en ausencia de Roberto, estaba segura de que sería un buen sustituto.
Se marchó a la parte de atrás, donde acababan de traer el coche, y me quedé sola.
Y al salir, con mi café en la mano y los ojos curiosos, me encontré a mi capricho rústico llevándose por delante todos los ajustes él solo.
Daba gusto verlo apretar acá, mirar allá, coger esta herramienta y aquella pieza…
Sin duda, parecía un buen fichaje. Si metía mano a la piloto como al coche, era para hacerle contrato fijo.
Lástima que fuéramos un equipo aficionado...