F*ck Romance: Me cago en el amor La mancha de mora
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La mancha de mora

Al final del tercer tramo, teníamos unas horas para comer y tomarnos un descanso.

Sin embargo, yo comía algo muy ligero y me echaba una cabezada de apenas un cuarto de hora: así me despejaba lo justo, no me despertaba entumecida después de un sueño más largo y tenía más tiempo libre para estar a mi aire.

Los del equipo, cuando ya fuera el momento, dejarían el coche listo para seguir con la carrera.

Hacía un sol de justicia en aquellos andurriales, así que me acerqué al río que había no muy lejos a darme un baño.

A veces me lo permitía, así que no era raro que tuviera una toalla entre mis cosas.

Aún llevaba el mono puesto, para no perder tiempo en cambiarme de ropa más tarde, así que opté por bañarme desnuda.

Total, allí no había nadie y tampoco es que me fuera a impresionar que me vieran a esas alturas.

El frescor del agua era de lo más relajante.

No como para dormirse, pero sí para seguir despejando mi cabeza.

Todavía tenía mucho ruido mental, aún estaba todo muy reciente.

Pero esa caricia del agua era terapéutica.

Me acerqué a la orilla para coger un pitillo y fumarlo ahí, metida en el agua mientras el canto de los pájaros me hacía sentir en el paraíso…

hasta que un chapoteo inesperado me sacó de ese estado de calma en el que estaba.

Miré, curiosa, hacia donde me parecía que estaba el origen de aquel sonido que había perturbado mi trance místico.

Me acerqué un poco, con sigilo, para mirar de cerca.

Una corazonada me decía que la cosa se podía poner interesante.

Reconocí una silueta masculina, con el agua por la cintura y mojándose la cara con las manos como si quisiera refrescarse sin mojarse el pelo.

Me acerqué un poco más, hasta donde podía hacerlo sin ser vista y…

¡Vaya chasco! Donde esperaba encontrar al recién llegado con cabellos dorados y perfil griego, me encontré con el mecánico del equipo.

Decepcionada, volví hacia donde estaba mi ropa con el mismo sigilo con el que había realizado la ida: no fuera a ser que el tipo me viera en pelotas y tuviéramos chisme para lo que restaba de temporada.

Empecé a secarme y me disponía a vestirme. Aún quedaba una hora para comenzar el siguiente tramo y en menos de diez minutos llegaría al camión donde estaban mis compañeros.

—¿Te pillo en buen momento o hay que esperar a acabar la carrera?

Roberto estaba allí mientras yo apenas iba a ponerme las bragas. Entre conocerlo con ese mono apretado y ahora que no me las había puesto, parecía que el destino conspiraba para que no se me cayeran las bragas en su presencia.

—Llegas justo a tiempo—, dije lanzándome a él, que se había vestido de calle para venir a pasear.

Nuestras lenguas parecían conocerse desde siempre, bien coordinadas en su juego como si nos hubiéramos estado morreando toda la vida.

Sus manos eran diestras en el arte de la caricia justa, sin sacarme brillo pero acariciando con intensidad.

Buscamos la sombra de unos árboles y aprovechamos que había matorrales que los rodeaban: no sé por qué me daba cosa inspirar alguna paja del que había visto bañándose en el río.

Roberto, al parecer, se había tomado en serio eso de haber llegado «justo a tiempo»: pasó de más preliminares, me hizo apoyarme de manos contra un árbol y me empotró desde atrás sin más dilación.

Respiraba con fuerza, sin articular su voz, jadeando sin más ruído que el del aire entrando y saliendo.

Yo me mordía el brazo para no gemir mientras él me llenaba de placer: sí, me habría faltado un poco más de juego al principio, pero tampoco eché esos preliminares de menos.

El rubito me estaba clavando un polvazo de semifinales por lo menos.

Por fin me di la vuelta, mirándolo a los ojos mientras me embestía, sintiendo la intensidad de su mirada como una caricia más mientras su boca trataba de alcanzar mis pechos.

Y no tardamos en alcanzar las estrellas: primero por el orgasmo y, segundo, porque las vimos de cerca cuando los dos caímos al suelo.

¡Qué dolor, madre mía! En fin, sarna con gusto…

Nos vestimos y nos fuimos hacia el recinto para continuar la carrera.

Al final no me había servido de mucho el baño en el río para refrescarme, de nuevo tenía más calor que asfaltando una carretera.

Él venía sudando como si hubiera estado en una sauna turca.

Llegamos corriendo, acudimos cada uno a su equipo…

y no tardamos un minuto en vernos de nuevo:

—Perdona, Tricia—, dijo con cierto apuro —creo que mejor será si cada uno corre con su casco—, remachó devolviéndome el mío.

Las risas inundaron el camión de las asistencias y las de su equipo también se oían pese a que estaban bastante apartados.

Por suerte, faltaba poco para empezar el tramo y cada cual volvió a sus tareas para que los coches estuvieran listos.

Mientras, yo pensaba en lo que había pasado entre Roberto y yo apenas media hora antes.

No era un encoñamiento romántico, nada de eso: es que después de semejante polvazo me seguían temblando las piernas. A ver cómo iba a conducir ahora.

El siguiente tramo fue discreto, me costó recuperar el tacto de los pedales al principio.

Después volví a ser la loca al volante de siempre, tan loca como calculadora.

Lo terminé sin grandes alardes, aunque continuaba liderando la clasificación.

Por suerte, tenía una buena ventaja y me había recuperado a tiempo de ese inicio titubeante.

Así, tramo a tramo, llegamos al último de la tarde.

La clasificación estaba apretada, aunque dije a mi equipo que no me dijera mucho más para no andar echando cuentas.

Mi táctica no era otra que disfrutar de la conducción, de la velocidad y de esas curvas apuradas que ponían pálido a mi copiloto.

Sin embargo, cuando Roberto terminó el tramo y me tocaba a mí salir, alguien del equipo se acercó:

—No te relajes demasiado.

Traducción: o había recortado mucho la distancia o la había remontado. Sin embargo, conseguí desterrar los cálculos y los tiempos de mi cabeza: iba a hacer lo que mejor sabía hacer. A mí con cuentas y clasificaciones…

Me dieron la salida y salí sin contemplaciones: pedal a chapa y «dale duro que paga el seguro».

Me encantaba ver la nube de polvo que el coche dejaba al pasar, aunque sólo la disfrutaba con breves miradas de reojo por el retrovisor.

Por lo que sea, no me parecía buena idea entretenerse con eso y perder la vista frontal del trazado.

Tercera curva, apurando demasiado la frenada y…

¡Boooom! El culo del coche estampado contra un árbol. ¡Me cagüen…!

Sin embargo, pisé el acelerador con furia; no sé por qué en ese momento me acordé de Alberto.

La frustración se convirtió en una rabia infinita que volqué, una vez más, en la conducción.

El coche despedía un humo denso por detrás, pero decidí que ya me preocuparía de eso.

Última curva, una recta pisando a fondo… ¡Mierda!

El coche se paró. Habría sido divertido un «trata de arrancarlo» como aquella vez que Carlos Sainz se quedó tirado a pocos metros de la meta.

Sin embargo, después de la carrera que había hecho hasta el momento, mi copiloto estaba ocupado vomitando.

Tiré el casco al suelo, frustrada y hasta con ganas de llorar.

Sin embargo, pronto llegaron los abrazos del equipo.

No entendía nada, acababa de quedarme tirada, ¿qué cojones estaban celebrando?

—Has hecho una carrera espectacular y un poquito de buena suerte—, oí de repente cerca de mí. Era Roberto.

—¿Buena suerte? Se me ha parado el coche, gilipollas—, respondí armando el brazo para soltarle un guantazo. Por suerte, no me dio tiempo.

—¿No te has dado cuenta?—, preguntó con una sonrisa que me apagó la rabia de golpe. Bueno, y me derritió hasta los elastiquillos de las bragas.

—¿Cuenta de qué?

Los del equipo me subieron a hombros mientras abrían unas cervezas (el champán es caro para lo mal que sabe).

—Campeooooooona, campeoooooooona…

Efectivamente, la que se quedó con cara de gilipollas fui yo: se me había parado el coche justo después de cruzar la meta.