F*ck Romance: Me cago en el amor Y no quiero sufrir
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Y no quiero sufrir

¿Te puedes creer que a Alberto no le sentó bien mi respuesta a su mensaje?

Vaya piel fina que gastó el machote después de haberme humillado en el pub.

Ahora me río y me lo tomo a broma. En aquel momento, me sentó como una patada en el culo que me bloqueara.

Bueno, eso y la resaca de la mañana siguiente a celebrar mi triunfo en la carrera.

Aún resonaban en mi cabeza los cantos regionales (penúltima etapa de una borrachera de manual):

El vino que vende Asuncióóóóóóónnn…

Aquel domingo fue una especie de retorno desde el infierno de Dante.

De hecho, sentía el frío de las aguas del Cocito, las dentelladas de Lucifer (y eso que el noveno círculo no era para mí, que había sido la traicionada)…

vamos, que fue uno de esos días de peli, mantita y sofá.

Y comida ligera, agua, ibuprofeno… Por un lado, me daba una infinita pereza preparar las cosas para el trabajo; por el otro, estaba deseando pasar aquel día anodino y volver a mi rutina, a reírme con mis compañeras y con alguna clienta ocurrente…

NOTA DEL AUTOR: Sí, puede sorprender la mención de Tricia al infierno de Dante, pero es que en su momento dijo que le había dado por leer. Joder, que no escuchamos a la gente. En fin, sigamos con la historia...

Quedaban un par de semanas para el siguiente rally y la vuelta al trabajo supo a gloria (no a la jardinera del pueblo, sino a gloria bendita).

Los primeros días, con la típica euforia compartida por aquel regreso a las carreras con primer puesto incluido; los siguientes, con bromas más cotidianas, eran como siempre.

La verdad es que ese trabajo, que había cogido para no escuchar gruñir a mi padre, se había convertido en un medio de vida que a la vez era terapia.

También fue muy comentado lo de que Alberto se fuera a tomar por culo o, por lo menos, hubiera salido de mi vida con ese bloqueo.

La respuesta a su mensaje había sido para ellas como un epic win , incluso alguna decía que ojalá ella hubiera podido hacer algo así con su ex.

Otra se indignaba por ese «ni come ni deja comer», cual perro del hortelano (ver la nota del autor de hace un momento) de Alberto.

Paquita, la octogenaria viuda que venía cada semana a ponerse los rulos para charlar un rato, sentenció con una frase lapidaria:

—Mejor sola que mal acompañada.

Y en ese momento lo entendí todo. Entendí que Alberto había sido mi amor durante estos años.

Comprendí que yo lo había amado con todo lo que era capaz de amar, mientras él sólo lo había hecho de forma selectiva: mientras bailé a su son, todo fue bien; cuando quise poner también mi música, tardó medio parpadeo en buscarme sustituta.

Yo me había negado a mí misma mientras él no era capaz de ceder un poco.

Paquita tenía razón. Para ser infeliz por complacerlo a él, mejor era que se fuera al carajo y sin billete de vuelta.

Claro que lo quería, que no se quiso en una hora ni se dejó de querer en dos.

Pero me había demostrado que era un gilipollas.

De buena gana, habría repetido el soplamocos del restaurante, contundente y delante de mucha gente, combinado con el puñetazo que se llevó el baboso del otro día.

Así, quizá, pudiera estropearle la cara lo suficiente para que no me pusiera tan cachonda.

Los días fueron pasando y llegó la siguiente carrera.

Además, era mi favorita, puesto que se disputaba en un pueblo cercano: era lo más parecido a «jugar en casa» que iba a experimentar en la temporada.

Estaba nerviosa, quizá más que de costumbre, sabiendo que habría paisanos viéndome correr.

La única tranquilidad era que, a esas alturas del campeonato, no me jugaba nada.

Había vuelto demasiado tarde para tener alguna opción

El primer tramo transcurrió con normalidad.

No quise preguntar cómo iban los tiempos ni nada de eso.

Prefería correr a mi aire, sin pensar en la competición, disfrutando de la carrera.

Siempre había pensado que, si vas conduciendo con la rigidez de la presión y pensando en los puestos de la carrera, te la pegas.

Como decía, no me jugaba nada y decidí disfrutar de la velocidad, del pilotaje y del riesgo.

Las estrategias, en las carreras y en la vida misma, no estaban hechas para mí.

Mientras el equipo ponía el coche a punto para seguir, salí a tomar el aire. Craso error… o no.

Mientras estaba fumando por los alrededores, un chico salió de un camión cercano.

Se quitó el casco y una media melena, rubia y lisa, llamó mi atención.

Sus facciones eran de revista, con un perfil que parecía esculpido por el mismísimo Miguel Ángel.

Al verlo así, tan bello y níveo, moviendo la cabeza y haciendo danzar su cabello, me pasaron dos cosas: la primera, que me imaginé la voz en off de un anuncio de champú; la segunda, que agradecí lo ajustado del mono ignífugo que llevamos en estas pruebas para que no se me cayeran las bragas solas.

Me acerqué al desconocido, llena de curiosidad y también con mariposas en el papo (lo del estómago es hambre, y ya había tomado mi chocolatina y mi café).

Cuando oyó mis pasos y se volvió, ya era tarde: vi en su mono el emblema del equipo donde corría Alberto.

¿Pero es que ese mamón no me iba a dejar en paz ni siquiera cuando no estaba?

Sin embargo, habría quedado un poco idiota si me hubiera dado media vuelta.

—Hola, soy Tricia.

—Hola, soy Roberto.

—Encantada. ¿Es la primera vez que vienes a correr?

—Sí, no...— «ya empezamos con los acertijos», pensé. —La primera vez desde que volviste a correr.

—No me andarás persiguiendo, ¿no?—, pregunté con sonrisa entre pérfida y arrogante.

—No, sólo que cuando volviste no pude correr. El curro, ya sabes… Llevo en el equipo unos meses, desde que un tal Alberto dijo que ya no volvería a correr.

—Bueno, él se lo pierde. A mí estas carreras me dan la vida.

Me quedé con dos palmos de narices. No habría equipos, puestos ni gente en general para venir a dar con el sustituto de Alberto. Pero tampoco me pareció mal lo que se me vino a la cabeza.

—En fin, luego hablamos. Si quieres sustituir del todo a Alberto, ven a buscarme después de la carrera—, le dije guiñando un ojo.

No, no me había enamorado ni nada de eso: pero ya que ocupaba el sitio de mi ex para correr contra mí, quizá lo ocupase también para correrse conmigo. Muahahahahaha...