F*ck Romance: Me cago en el amor Retorno a los rallys
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Retorno a los rallys

De la misma manera en que nadie decía nada sobre mi fama de calentona en el trabajo, volver el lunes después de aquel KO en la terraza supuso que mis compañeras casi me sacaran a hombros. Faltaba la voz del ring announcer diciendo «the winner and new champion of the world...».

Yo no lo sabía, había estado muy desconectada de los chismes del pueblo (quién lo diría trabajando en un salón de belleza, donde los cotilleos vuelan) pero el tipo tenía una fama de salido que tiraba para detrás.

Vamos, que había sido poco menos que una heroína para alguna de las chicas, que lo había sufrido.

—Tía, ¿qué quieres que te diga? Si follamos, todas unas guarras; si no follamos, calientapollas… ¿No puedo quedar con un chico sólo para tomar algo?

—Di que sí, Tricia—, me dijo la encargada.

Ese día me sentí empoderada. Había noqueado a un baboso y resulta que no era otro que el que, inexplicablemente, siempre tenía con quién quedar aunque ninguna repetía por las manos tan largas que gastaba.

Aún así, con esa aura de heroína y todo, decidí alejarme de la noche y volver a los rallys.

Hacía demasiado que no corría (al menos sin temer los controles de la Guardia Civil) y tampoco tenía nada mejor que hacer con mi tiempo.

No pasó más de un mes hasta que estaba en mitad de la nada, mientras los del equipo preparaban el coche, repasando el trazado en mi memoria para no tener que escuchar demasiado al copiloto.

Aunque estaba acostumbrada, me hacía reír ese chico que hablaba tan rápido: «curva a la derecha, ras, izquierda derecha gira...

». Era todo un ejercicio de control mental aislarme en mi cabeza y oír su voz como si fuera música de fondo, sólo para tenerla de apoyo si me quedaba en blanco o pasaba por algún tramo que no recordara.

Me gustó mucho haber vuelto y sentir de nuevo esas sensaciones que cambiaban según estuviera en el tramo o en el camión esperando.

El café y las chocolatinas eran mi alimento, lo justo para no dormirme y no tener las tripas rugiendo.

Además, mostraba una pericia al volante que parecía que nunca me hubiera ido: la adrenalina y todo lo pasado me daban una especie de rabia que estaba volcando en la conducción, esa carrera era una lección de pilotaje.

Todo me daba igual, quería coger cada curva apurando cuanto fuera posible cada frenada, pisar a fondo en cada recta como si quisiera traspasar la chapa del coche con el pie…

En el último tramo, la última recta antes de la meta, pegué un volantazo tirando de freno de mano, apuntando a la línea de llegada con el culo del coche, entrando a la remanguillé …

sin embargo, lo mejor vino al computar los tiempos: gané.

El podio fue una sensación que volvía. Hacía años de la última vez que subí a él y, en mi regreso, no lo estaba viendo desde el público. Aparte de que, por una vez, no estaba follando con nadie mientras se entregaban los premios. Todo cambia…

La celebración no tardó en llegar. Fue un regreso por todo lo alto, después de disfrutar de una carrera como nunca la había corrido.

Todo el cabreo, todas las frustraciones, esa maldita sonrisa de Alberto…

todo estaba presente en cada maniobra, en cada frenazo o en cada acelerón.

Era como si me importase tres cojones la vida misma, aunque sabiendo qué hacer para no jugármela.

Por no hablar de las carcajadas, de esas a boca abierta como para que te vean la campanilla desde Camariñas, viendo lo pálido que estaba el copiloto después de cada tramo; se bajaba del coche, besaba el suelo como el Papa como si diera las gracias al cielo por sobrevivir…

y luego vomitaba como si llevara dos días de fiesta conmigo en aquellos años de los festivales.

La prensa local no había perdido el tiempo o algún conocido se habría ido de la lengua, pero el caso es que estaba de copas con los de la escudería cuando el móvil sonó. Era un mensaje que no esperaba en absoluto:

«Enhorabuena, campeona. Alberto».

También estoy segura de que él no esperaba mi respuesta:

«¿Te alegras? Pues lo celebras con la pedorra esa o con tu puta madre, que lo mismo da».

Puede que fuera una respuesta desproporcionada, pero también había que ponerse en mi lugar.

Era como si supiera cada paso que iba a dar.

La reacción del pub, el dolor por su sonrisa punzante, el retorno a los rallys hasta el punto de enterarse del resultado casi en tiempo real, como si hubiera estado siguiendo la carrera por la prensa local minuto a minuto o tuviera a alguien mandando mensajes al final de cada tramo.

Me había destrozado, me había humillado… ¿Por qué coño no me dejaba en paz?